Tipos de estrofas castellanas

“Hay en cualquier otro arte grados diferentes, se puede con honor llenar las segundas filas; pero en el peligroso arte de rimar y escribir no hay grados del mediocre al peor.”

Boileau – Arte poética – 1674
Acuarela y diseño de Emequia

El verso, difícil de definir sus límites, es un conjunto de palabras, a veces una sola, donde el autor pone el énfasis en el aspecto fónico del lenguaje. A diferencia de la prosa, tiene una cadencia, esto es, un ritmo, cercano a lo musical. Al verso también se le llama carmen. Proviene de la antigua Roma, de la raíz cantar, y tenía una connotación de hechizo, de plegaria mágica. Algo de mágico siguen teniendo los poemas que no perderán jamás. La estrofa es un conjunto de versos, que con frecuencia se ajustan a medida, para subrayar el aspecto rítmico. A veces también a rima, con el mismo fin. Técnicamente, existe una infinidad de tipos de estrofas, según su extensión, su métrica, su rima, casi tantos como podamos imaginar. Podemos inventar una al vuelo que no se haya hecho antes, y será una estrofa. Indagar en ellas, sistemáticamente, será por tanto estéril, una mera letanía de cifras y nombres. Sin embargo, los poetas han conseguido inmortalizar algunas concretas a fuerza de repetirlas con belleza. Vamos a dar un paseo por esas estrofas inmortales, sin ser exhaustivos, solamente por el placer de leer y recordar.

La estrofa más simple es la de un verso. Un poema, incluso, de un verso solo y nada más. Sin rima, sin limitaciones métricas, pero encerrando su esencia rítmica y una idea completa. No es fácil identificarlo como poema. Podríamos enmarcar en este tipo de estrofa la máxima, el aforismo, la sentencia, cuando son breves y podemos leerlos con cadencia. No obstante, la estrofa de un solo verso se utiliza con fuerza expresiva en algunos poemas. Por ejemplo, el poema Visión, de Rubén Darío, compuesto de veintiséis tercetos encadenados, que rompe con énfasis la estructura en el último verso suelto. Señalo el final:

Ella, en acto de gracia, con la mano
me mostró de las águilas los vuelos,
y ascendió como un lirio soberano

hacia la Beatriz, paloma de los cielos.
Y en el azul dejaba blancas huellas
que eran a mí delicias y consuelos.

¡Y vi que me miraban las estrellas!

Rubén remata el poema con un verso sujeto a rima y métrica, un endecasílabo rimado con el verso huérfano del último terceto. Es habitual en este tipo de composiciones rematar con un serventesio de la misma guisa, pero él prefiere separar el último verso, darle una pausa al lector y ofrecer una imagen reveladora y sorprendente. Pero nos estamos avanzando, vamos a seguir por orden, el pareado.

La estrofa de dos versos, normalmente rimados en consonante y de igual métrica, le debe su popularidad posiblemente al refrán. También es muy frecuente en los estribillos de las canciones y en poemas no líricos. Su eficacia radica precisamente en la sencillez y la fuerza de la rima para recordar la idea, muy habitual en aguda, como una máxima. En la poesía lírica aparece con frecuencia el dístico para rematar una estrofa mayor, como por ejemplo en la octava real. Pero destacaré su uso en la rima XV del Libro de los Gorriones de Bécquer, siempre tan imaginativo. Merece la pena recordarla entera, pues eleva la sencillez del pareado a cotas muy hermosas:

Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz,
eso eres tú.

Tú, sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte te desvaneces
como la llama, como el sonido, 
como la niebla, como el gemido
del lago azul.

El mar sin playas, onda sonante;
en el vacío, cometa errante;
largo lamento
del ronco viento,
ansia perpetua de algo mejor,
eso soy yo.

¡Yo, que a tus ojos, en mi agonía,
los ojos vuelvo de noche y día,
yo, que incansable corro y demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una ilusión!

De tres versos reina el terceto, una estrofa de endecasílabos, rimados en consonante los impares. Si es de arte menor se le llama tercetillo y soleá cuando son asonantes, pero estos quedan ensombrecidos por la fama justa y merecida del mayor. Su gloriosa reputación tiene origen en la terza rima de la Divina Comedia. Aunque esto trate de estrofas castellanas, hermana es la lengua toscana de Dante y no será feo recordar sus célebres tercetos encadenados y la traducción rimada de Ángel Crespo. Escojo dos, del primer canto del Infierno:

E come quei che con lena affannata
uscito fuor del pelago a la riva
si volge a l'acqua perigliosa e guata,

cosí l'animo mio, ch'ancor fuggiva,
si volse a retro a rimirar lo passo
che non lascò già mai persona viva.

Y como aquel que con aliento ardido,
del piélago salido a la ribera,
mira al agua que casi le ha perdido,

mi alma, que fugitiva entonces era,
volvióse a contemplar de nuevo el paso
que no atraviesa nadie sin que muera.

De aquella simiente, a nuestra lengua trajeron esa estrofa los Boscán y Garcilaso. Cierto es que su máxima expresión la alcanzan los tercetos rematando sonetos, pero les daremos protagonismo más adelante. Ahora es casi obligado recordar esta elegía de Garcilaso dedicada a Boscán, para rendirles el honor que se ganaron. Rescato solamente un fragmento, que es muy larga, donde el poeta alude precisamente al sentir de la poesía:

Mas ¿dónde me llevó la pluma mía?,
que a sátira me voy mi paso a paso,
y aquesta que os escribo es elegía.

Yo enderezo, señor, en fin mi paso
por donde vos sabéis que su proceso
siempre ha llevado y lleva Garcilaso;

y así, en mitad d'aqueste monte espeso,
de las diversidades me sostengo,
no sin dificultad, mas no por eso

dejo las musas, antes torno y vengo
dellas al negociar, y varïando,
con ellas dulcemente me entretengo.

Así se van las horas engañando;
así del duro afán y grave pena
estamos algún hora descansando.

No podemos pasar a la siguiente sin hacer mención del haiku, una estrofa de tres versos de origen japonés muy difundida en la actualidad, que constituye en sí un poema breve completo. Un análisis detallado sobre el origen y las características del haiku excede la ambición de este texto, quizá le dediquemos uno en el futuro, pero base decir aquí unos detalles mínimos, para entender su formalidad, sin la cual tan pocas sílabas podrían convertirse con facilidad en una mera bobada: tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, moras en japonés, sin rima, que expresan una emoción al contemplar la naturaleza, pero sin el yo poético, frecuentemente con una pausa intermedia, uniendo dos imágenes que sobrecogen de algún modo al presentarse juntas, y con una referencia implícita, o textual, a una época del año. El monje budista Matsuo Basho se considera el difusor del haiku en el s.XVII, que en ocasiones acompañaba de un dibujo sencillo. Rescato mi preferido, de Borges, cuya sensible inteligencia no deja de sorprenderme allí donde puso la pluma:

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

Después de Borges cualquier cosa que escriba será peor, pero no obstante te dejo este link por si quieres repasar mis poemas de inspiración japonesa publicados aquí. Reconozco que no siempre consigo apartar el yo poético de los versos, pero es que me gusta darles un sentido humano, sin abandonar la esencia natural que los inspira. Nosotros también somos parte de la naturaleza.

La estrofa de cuatro versos es quizá la más versátil y utilizada, tal vez por su simetría, por su tamaño, suficiente para expresar una idea compleja pero no tan grande como para cobijar una narración. Destaca especialmente en el soneto en forma de cuarteto, endecasílabos con rima ABBA, pero se da también en otras métricas muy trilladas: la redondilla, que es como el cuarteto, pero de arte menor; el serventesio, endecasílabos con rima ABAB, útil por antonomasia, como dijimos, para rematar un poema de tercetos encadenados; la cuarteta, que es la versión de arte menor del serventesio; la copla, de arte menor con rima asonante en los pares; la seguidilla, con estructura 7a 5b 7a 5b… Y así podríamos agotar los usos que han sido y también tu paciencia. Esos son quizá los más comunes, y baste con ellos. Sin embargo, destacaré la cuaderna vía, que nunca ha de llamarse tetrástrofo monorrimo, porque es de un gusto horrible e inapropiado para hablar de poesía. Su origen lo encontramos en la literatura medieval del s. XIII, en el Libro de Aleixandre, germen del Mester de Clerecía. Valga citar el principio, solamente tres estrofas, donde explica lo que yo no sabría hacer mejor que con este ejemplo:

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BIBLIOGRAFÍA:

Bécquer, G. A., (1941), Rimas y leyendas, Madrid: Espasa-Calpe.

Borges, J. L., (1995), Obras completas, Barcelona: Círculo de lectores.

Calderón, P., (1997), La vida es sueño, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Cañas, J. (Ed.), (2013), Libro de Aleixandre, Madrid: Cátedra.

Dante, (2003), Divina comedia, Barcelona: Nueva Galaxia Gutemberg.

Darío, R., (2016), Poesía completa, Madrid: Verbum.

Góngora, L., (1999), Fábula de Polifemo y Galatea, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Góngora, L., (2005), Soledades, Madrid: Cátedra.

Garcilaso de la Vega, (2011), Poesías castellanas completas, Barcelona: Castalia.

de la Cruz, Juan, (2006), Poesía, Madrid: Cátedra.

de León, Luis, (2005), Poesía, Madrid: Cátedra.

Manrique, J., (2002), Obra completa, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Quevedo, F., (2003), Sonetos de Quevedo, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Quevedo, F., (1997), Poesía varia, Madrid: Cátedra.

Ruiz, J., (2012), Libro de buen amor, Madrid: Cátedra.

de Vega Carpio, L. F., (2013), Poesía selecta, Madrid: Cátedra.

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