Las lágrimas y la flor

Rocío sobre una brasical. Foto del autor.

Mi abuela las llamaba lombardas, a secas, no col lombarda. Tampoco col morada, que moradas no son. Su color va desde el azul claro al rojo intenso, dependiendo de la tierra que las nutra, cosa de los químicos, yo qué sé. Ya ves, la madre tierra, siempre imponiendo su voluntad por más que nos empeñemos en contradecirla. Ni mucho menos repollos, ella no las llamaba así, ni morados ni leches, decía que era como llamar a los pollos recoles, un disparate. Ni berzas tampoco, que es insulto para los necios, con lo buenas que están. Lombardas, cocidas con patatas, bien de aceite en la sartén y salpimentadas con alegría.

Decía mi abuela que el abuelo de su abuela contaba que un anciano las trajo en barco desde el lago de Como, de un vergel en el que pastaban Amalteas y crecían frutas de colores. Yo creo que me engañaba, pero era divertido. Por eso las llaman lombardas, aunque el hombre era helvético, de Chiasso, y se enfadaba. ¿Has visto las flores de la lombarda?, me decía, porque nadie lo sabe, pero es una magnolia, una muy especial. Sus flores llegan a medir dos metros de altura. ¿Sabes de qué color son? Pues azules, o rojas, o violetas, depende del suelo, tonto. Yo no me lo creía, pero es verdad, lo que pasa es que nunca las vemos, porque las cogemos antes. Es uno de esos seres que vive los ciclos solares de un modo alterno. El primer año engorda, como los terneros, y se convierte en esa roseta carnosa y dulce que tanto le gustaba a mi abuela. Si la dejas vivir, el segundo año le brota una inflorescencia enhiesta y altiva preñada de rizos y volantes, abierta al cielo para que la fecunden, como todo el mundo.

Mi abuela me mandaba a recogerlas en otoño, siempre al amanecer, con el frío que hacía. Así están más buenas, porque están gorditas, hinchadas de agua, me decía mientras mondaba las patatas con un hocino santacruceño. Cómo me gustaba ese cuchillo, con su virola de alpaca y su empuñadura enastada de ciervo, ¿puedo pelarlas yo?, no, que te cortas, trae la lombarda. Se me congelaban las manos al sacarlas del suelo, tan duras y tan prietas, como si estuviera desenterrando bolas de presidiario. El caso es que por la tarde estaban secas, y por la mañana no. ¿Quién las riega por la noche? Pues la titánide Eos, quién va a ser. Tienes que leer más, me reñía, que si no no vas a aprender nada. Yo le seguía el cuento, ¿y por qué las riega? Pues para que beba de ellas su amado Titón. El pobre se convirtió en grillo, de tan viejo, y no tenía otra cosa que llevarse a la boca. Todas las mañanas la dulce Eos llora los campos. De sus lágrimas se nutre la madre tierra en otoño, y también Titón. ¿Por qué llora? Porque ya no es como antes, cuando era joven y hermoso, sino un pequeño grillo arrugado. ¿Y por qué se convirtió en grillo? Porque Eos lo amaba mucho. ¿Por eso? Porque le pidió a los dioses que le concedieran la inmortalidad. ¿Y se la concedieron? Ya ves. Yo también quiero ser inmortal. Eso es una bobada, no seas tonto, te pasará como al grillo, lo que tienes que pedir es la eterna juventud.

Así, las mañanas de otoño, leo mucho y salgo a recoger las lombardas cuando más gorditas están, cargadas de lágrimas de la diosa que luego los romanos llamaron Aurora. Pelando las patatas me acuerdo de mi abuela. Lo hago con cuidado, para no cortarme, con aquel cuchillo que me regaló antes de morir, y le pido a los dioses que me mantenga joven como una flor.

Rocío sobre una brasical. Foto del autor.

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