La incultura con poder

“La saciedad cría insolencia, y la incultura con poder, insensatez.”

Aristóteles – Protréptico, 350 a. C.

*

Solón, a secas, como los más grandes, que no tienen apellido, fue uno de los Siete Sabios de Grecia. Vivió entre 638 y 558 a. C. y le tocó en suerte gobernar Atenas como arconte epónimo, durante solo un año, que más podría corromper a un santo. Fue admirado por su talento como estadista y legislador y escribió sus ideas sobre la justicia en verso, pues, ante todo, era poeta. De su pensamiento nos llegan vagos recuerdos fragmentarios a través de multitud de autores griegos, entre los cuales podemos destacar a Platón, Diodoro Sículo, Aristóteles, Diógenes Laercio, Clemente de Alejandría y, sobre todo, Plutarco, por citar solo a los más conocidos. Recelaba de los hombres que acumulan poder y así lo reflejó en una de las máximas de su sencillo decálogo: “No te familiarices con los malos.” Partiendo de esa idea sobre el poder y la maldad, dejó una huella que merece la pena observar y que conviene tener siempre presente, habida cuenta de que en dos mil quinientos años no ha perdido vigencia.

A veces se confunde la filosofía de Solón con la de Teognis de Mégara, poeta siciliano del s. VI a. C. Confiaba en los valores personales del individuo, por encima de la colectividad, y defendía los modos de conducta aristocráticos. Entiéndase en el sentido aristotélico, i. e., la prudencia de los mejores, no en cuanto a alcurnia o riqueza, sino en cuanto a virtud. En cambio, sospechaba de los hombres malos que “corrompen al pueblo y emiten sentencias a favor de los inicuos, por mor del provecho personal y del poder.” Del alma de tales hombres, pensaba, nace la discordia, la sedición, la matanza entre ciudadanos y la tiranía. Condensó la idea en estos conocidos versos de sus Elegías:

“El exceso, sin duda, engendra insolencia cuando la prosperidad llega a un mal hombre cuya mente no es perfecta.”

Tenemos la suerte de contar con la erudición de Clemente de Alejandría, 150-215 d. C., y con su rimero ingente de máximas y sentencias para arropar ese concepto con las palabras de autores ilustres. En el libro sexto del Stromata, cita la Medea de Eurípides: “Ningún bien hacen los regalos de un mal hombre.” En la misma línea, el Ajax de Sófocles: “Los regalos de los enemigos no son regalos, ni ningún favor.” Un poco más allá, recoge el pensamiento de Tucídides en la Historia de la guerra del Peloponeso, el cual se acerca a la idea de Teognis: “Muchos hombres, a quienes en gran medida y en poco tiempo llega una prosperidad inesperada, tienden a volverse insolentes.” Y también nos recuerda a Filisto, el de Siracusa, que vivió entre 435 y 356 a. C., cuya historia de Sicilia ya no conservamos: “Aquellos que se encuentran con un éxito inesperado más allá de sus expectativas, en su mayor parte tienden a volverse insolentes.” Filisto, probablemente, conoció los poemas de su compatriota Teognis. Clemente nos revela al cabo aquellos versos de Solon que se perdieron:

“Por exceso, la insolencia se engendra cuando la acumulación de riqueza sobreviene.”

De alguna forma, Clemente une la idea de riqueza inesperada a la de insolencia, y ambas al rechazo que deben producirnos los regalos de los hombres malos, como si sus favores viniesen de una fuente indigna preñada de soberbia y condujesen con gran peligro hacia el infortunio.

Como vemos, crecía desde la antigüedad una idea proverbial sobre el exceso, la insolencia y la consecuente maldad. Contemporáneo de Teognis, Píndaro (518-438 a. C.), el poeta de los gimnastas, nos ofrece una versión interesante del proverbio en su segunda Olímpica a Terón de Acragas:

“Pero el elogio se enfrenta a la codicia, la cual no viene acompañada de justicia, sino que la incitan hombres depravados, ansiosos por farfullar y enterrar las buenas obras de los hombres nobles.”

Dejemos un momento suspendida esa idea hasta la conclusión final. Avancemos con los años hasta Heródoto de Halicarnaso (484-425 a. C.), quien cristaliza en la figura del hombre poderoso la idea de insolencia. En el Libro III de su Historia, consagrada a la musa Talía, pone en boca de Otanes esta disertación sobre el peligro de depositar la suma potestad del estado en un hombre. La elocuencia de sus palabras son suficientes:

“¿Cómo no ha de ser por sí misma y peligrosa y capaz de trastornar y sacar de quicio las ideas de un hombre de índole la más justa y moderada cuando se vea sobre el trono? Y la razón es, porque la abundancia de todo género de bienes engendra insolencia en el corazón del monarca, juntándose esta con la envidia, vicio común nacido con el hombre mismo. Teniendo, pues, un soberano estos dos males, insolencia adquirida y envidia innata, tiene en ellos la suma y el colmo de todos. Lleno de sí mismo y de su insolente pujanza, cometerá mil atrocidades por mero capricho, otras mil de pura envidia […] De envidia no puede sufrir que vivan y adelanten los sujetos de mérito y prendas sobresalientes; gusta mucho de tener a su lado los ciudadanos más corrompidos y depravados del estado; tiene el ánimo siempre dispuesto a proteger la delación y apoyar la calumnia.”

Si bien Heródoto habla del monarca, no hemos de perder de vista el concepto subyacente: un hombre investido en exceso de riquezas y poderes sin mérito alguno, sobrevenidos por casualidad, por linaje o por la fuerza de las armas, desprovisto de virtudes, sucumbe siempre a la maldad.

Diógenes Laercio (180-240 d. C.), en su Vida de los filósofos más ilustres, nos recuerda textualmente el decálogo de Solon y cita a su manera el pensamiento del poeta:

“De las riquezas nace el fastidio, y del fastidio la insolencia.”

Conviene recordar que la traducción de insolencia viene del griego υβρῐσ, cuyo significado tiene el sentido de soberbia, violencia, injusticia, injuria, maldad… Como ves, el exceso de abundancia, la insolencia y la maldad están relacionadas desde antiguo. Aristóteles, en la Constitución de los atenienses, recoge con sus palabras la idea de Solon, tan parecida a la de Teognis, y la enmarca en lo que podríamos llamar ya proverbio griego:

“La saciedad engendra insolencia cuando las riquezas acompañan a los hombres cuya mente no está preparada.”

Hay que notar que tanto Aristóteles como Teognis ponen el énfasis no solo en la maldad que engendra el exceso, sino en la falta de inteligencia de tales hombres, que permite su corrupción.

Pero es en el Protréptico donde con mayor profundidad nos alcanza la clarividencia del maestro…

Artículo exclusivo para suscriptores

Para seguir leyendo este artículo tienes que ser suscriptor. Así me ayudarás a seguir creando contenido de calidad de forma independiente. A cambio te ofrezco una serie de ventajas. Puedes verlas haciendo click aquí. Suscríbete por solo 2€ al mes, o haz log in con tu usuario si ya eres suscriptor.

*

BIBLIOGRAFÍA:

Aristóteles, (2006), Protréptico, Madrid: Adaba. Edición bilingüe de Carlos Megino Rodríguez.

Aristóteles, (1984), Constitución de los atenienses, Madrid: Gredos.

Clemente de Alejandría, Stromata, a través de www.newadvent.org.

Diógenes Laercio, (1887), Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, Madrid: Luis Navarro editor.

Heródoto de Halicarnaso, (2015), Historia, e-artnow.

Píndaro, (1944), Odas y fragmentos, Madrid: Gredos.

Teognis de Mégara, (1931), Elegy and Iambus, vol. I, Cambridge, MA: Harvard University Press. Edición de J. M. Edmonds.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close