La normalidad

“Últimamente me noto una tendencia preocupante a aceptar las cosas tal como son.”

R. Bolaño – Los detectives salvajes, 1998

Hemos llegado a normalizarlo todo. Quizá no como individuos, es decir, no todos, pero sí como sociedad. Tal vez la sobreabundancia de información, de mensajes que nos alcanzan por los cuatro costados, haya terminado por saturar nuestra capacidad de asombro, como el ruido de los sábados en un centro comercial. Y nosotros, tan ocupados como nunca en ir a toda prisa a ningún sitio, orillamos la importancia de las acciones que condenan nuestra libertad. Normalizamos situaciones de infelicidad, aturdidos de tanta mala noticia, con tal de llegar a la cama y descansar.

Normalizamos que vivimos desde hace un año con una represión de libertades intolerable, sometidos a un estado de alarma de seis meses, cuyo espíritu era simplemente el de devolver el orden público pasados unos días, no más de quince, sin excepción en ningún caso. Nos parece normal que así sea, debido a la pandemia, sin aval científico que lo sostenga, en un contexto donde el orden público es más amable que en ningún otro tiempo. Nos pareció bien que así se aprobara en el Congreso, por más que fuera ilegal: ellos hacen las leyes, ellos pueden subvertirlas.

Normalizamos que los gobernantes aumenten la deuda de España hasta niveles patológicos, sin resolver las carencias económicas de los ciudadanos. Ahora ronda los 30.000 euros por habitante, unos 80.000 euros si la repartimos entre las personas activas, que son a fin de cuentas quienes tendrán que pagarla, porque ancianos, niños y desempleados no podrán aportar nada más que su buena fe. Para la mayoría, será suficiente para condenar sus aspiraciones vitales, sus posibilidades de prosperar, sus ilusiones a fin de cuentas de ser feliz. Ante la imposibilidad de soportar el torrente de impuestos y la ausencia de esperanza en una vida mejor, muchos se echarán en brazos del Estado para que les sostenga como pueda. Pero no será bastante, porque de algún sitio habrá que sacar los recursos para costear los bienes y servicios necesarios para la vida, pago de la deuda incluido, y la ruina y la miseria se cebará con nosotros a menos que dejemos de normalizarlo y nos pongamos el mono de trabajo.

Normalizamos que los medios de comunicación sean una simple propaganda de los partidos políticos. No estaban llamados a eso. Y en consecuencia, al periodista que alza una voz independiente y noble, con independencia de cuál sea su pensamiento, se le señala desde arriba y desde abajo con el dedo de insultar, se le censura si es posible, se le cierra el canal si opera en internet y se le tiran los perros de las fake news para que lo devoren. El último informe anual sobre Derechos Humanos del Departamento de Estado de USA denuncia múltiples informes de ataques del Gobierno español sobre periodistas y medios concretos, señalando a Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias, subrayando la gravedad de los ataques por la responsabilidad del cargo que ocupan. Extiende su preocupación a políticos de todo el arcoíris parlamentario, para que que concluyamos nosotros solos que la sede de la soberanía nacional es un vertedero de excrementos. Y pasa por normal y nadie dice nada, aunque se nos desangre la libertad de información por esa herida.

Normalizamos que se falle condena contra el Ministro del interior por cesar a un subordinado que no quiso cumplir una orden que, de haberla satisfecho, habría sido constitutiva de delito. Además, pedirle a alguien, a sabiendas, que cometa un delito es, en sí, otro delito. De tantos que comenten, nos parece normal. Cabe sospechar que los motivos de tal decisión del Ministro eran lo suficientemente graves como para obrar de ese modo, y la sombra de la duda se extiende hasta las manifestaciones del 8M de 2020, la ocultación entonces de información sobre el coronavirus, la irresponsabilidad sanitaria de las órdenes que se dieron desde el Gobierno… Y soportamos con estoicismo el mal olor de todo ello, aunque alrededor nuestro hayan muerto cien mil personas en relación con los hechos. Aceptamos un nivel de corrupción tan grande como para que el Ministro, con la condena que pesa sobre la Administración, siga defendiendo su cargo impunemente. Es un ejemplo, hay cientos, es lo normal.

Normalizamos que el debate intelectual sobre la mejor manera de convivir en sociedad quede ensombrecido por el griterío y la descalificación de los analfabetos que invaden los lugares de encuentro de la opinión pública. Políticos, periodistas, tertulianos y gente de esa ralea se afanan por subirse encima del rival, sublimado ya a enemigo, armados con el zasca más ruidoso posible, con la intención de metérselo por la boca para tapársela. Llevado así el debate al barro, los más inteligentes y templados ánimos quedan fuera del escenario. La opinión prudente y reflexiva no tiene sitio. Los sabios se apartan. Y perdemos con ello la oportunidad de mejorar la sociedad, de aprovechar la contribución de cada idea brillante, venga de donde venga, arrinconada como está del susto entre tanto vocerío y muchedumbre ansiosa de sangre. En su lugar, debiera espantarnos que no se escuche a quienes más saben sobre, por ejemplo, las pensiones, el desempleo, la salud o la educación, y que no exista un debate inteligente sobre la prudencia y la conveniencia de tales o cuales decisiones. Y, sin embargo, lo normalizamos.

Normalizamos que haya leyes que discriminan a las personas según el sexo. Nos hemos acostumbrado a que algunos delitos se condenen de forma diferente si el que los cometes es hombre o mujer. Vemos normal que en el acceso a universidades, cargos públicos y privados, puestos de trabajo… no se exijan exclusivamente criterios de mérito y capacidad, sino que se tiñan los baremos con la mácula del sexo. Bajo la ingenua intención de favorecer a las mujeres con el supuesto fin de igualar sus derechos, lo que se consigue es diferenciarlas, someterlas a un estatus de segunda categoría, como si fuesen menos inteligentes para acceder a un trabajo, como si valiesen menos y necesitasen ayuda, como si todas juntas formasen un colectivo de menor calidad que el de los hombres, incapaces de conseguir por sus propios méritos lo mismo que cualquiera. Hay que tener el alma muy sucia o muy confundida para tolerarlo. Cuando a una mujer se le exigen menos requisitos que a un hombre para ser militar, o cualquier otra cosa, se la condena a que todo el mundo piense que valdrá menos en el ejercicio de sus funciones, por muy brillante que sea. Es despreciable hasta la tristeza. Puedo entender que algunos utilicen esa mierda para su propaganda ideológica, pero entre todos hemos llegado a tomarlo por normal, y el daño que se hace a las mujeres, o sea, a todos nosotros, es irreparable.

Normalizamos que no podamos ver a las personas que queremos, que no podamos ir en paz a casa de un amigo o a ver a tu abuela al pueblo antes de que se la lleve el tiempo por delante. O simplemente ir y venir, sin acercarte a nadie, como si al cruzar un río estuvieses destruyendo las leyes que sostienen la armonía del universo. Vemos normal que nos obliguen a llevar mascarilla para siempre, sin criterio, lo mismo paseando a solas por la montaña o tomando el sol en una playa desierta, quizá también buceando o haciendo el amor en el coche, nunca lo sabremos, porque no lo cuestionamos.

Hemos llegado a tal punto de conformismo, que aceptamos con naturalidad que un policía nos pregunte de dónde vienes y tengas que decírselo, a dónde vas, aunque sea un asunto reservado, qué has estado haciendo hasta ahora y qué vas a hacer en tu viaje, como si eso no fuera un asunto de la mayor intimidad. Hasta tal punto, digo, que el policía lo pregunta sin vergüenza y te pide documentación que lo justifique, como si tú pudieses aportar pruebas de que te mueres si pasas un día más sin besar a tu amado.

Y no, no es normal. Lo peor es que normalizar las malas costumbres…

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1 comentario en “La normalidad

  1. Comparto tus preocupaciones, se normaliza el espíritu contrario al que inspiró nuestras Constituciones, esto es, se normaliza la idea de que nosotros debemos entregarnos a los objetivos de nuestros gobiernos.

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