Irene en el candelero del Supremo

“El mirar zambo y zurdo es delincuente;

vuestras luces izquierdas lo declaran,

pues con mira engañosa nos disparan

facinorosa luz, dulce y ardiente.”

Quevedo

Irene Montero denunció en 2017 el poema De monjas a diputadas, que analicé aquí en 2018. Según ella, el poema mancilla su derecho al honor más allá de la libertad de expresión. En primera instancia fue condenado el autor. El recurso en la Audiencia de Madrid prosperó, consideraba que no había tal daño. Irene interpuso recurso de casación en el Tribunal Supremo, que ahora se pronuncia desestimándolo: el poema es una opinión, una crítica satírica, sobre asuntos de interés general.

Como ya expliqué, el poema no merece más que una lectura pasajera, tanto por el estilo como por lo efímero del contenido. Sin embargo, su fama se acrecienta, no deja de llenar titulares, habida cuenta de la obstinación de Irene en el candelero de los tribunales. Tanto es así que el texto que publiqué entonces sobre el poema tiene cada vez más lecturas y lo tuve que refrescar en el diario Informa Valencia a petición de los lectores. Y tiene cierto sentido que así sea, no tanto por cuestiones literarias, sino por lo que tiene de simbólico el asunto judicial.

El progresismo, la izquierda ideológica, llámese como se quiera, tiene por bandera la libertad de expresión, entre otros caballos de batalla. Es un baluarte que se asienta bien en cualquier postura filosófica liberal, sin el cual se vulnera un derecho natural inherente al ser humano. Desde los partidos políticos como el de Irene, que poco tienen de liberal, se aplauden estas expresiones con las que poetas, cantantes, actores, se revelan contra el poder establecido, con más alegría cuanto más subvierten los buenos modales y más insultan a sus enemigos ideológicos, léase el PP, el rey o Cristobal Colón. Me parece bien, la libertad de expresión ampara que alguien pueda decir de ti algo que prefieres que no diga, porque te duele. Podríamos debatir, incluso, si la injuria debería estar libre de pena, y dejar el límite de ese derecho natural simplemente en la calumnia, esto es, solo en las falsas acusaciones de delitos que no has cometido. Pero ese no es el hueso de cereza de este texto: la situación paradójica resulta del simbolismo que tiene la actitud de Irene, por un lado aplaudiendo las manifestaciones en favor de artistas condenados por lo que dicen y por otro poniendo recursos y denuncias contra todo el que hable mal de ella en términos ofensivos. No es la primera vez que el Supremo desestima estos recursos y le obliga a Irene a pagar las costas de los procesos, lo cual no significa otra cosa que evidenciar que el recurso carecía de fundamento. Lo que molesta, en todo caso, y da para escribir artículos, es la postura incoherente de Irene defendiendo o no la libertad de expresión según le afecte a ella o a sus intereses políticos. Dice poco de su altura moral e intelectual, menos aún cuanto más enfatiza sus explicaciones.

Al hilo de la opinión del Supremo a este respecto, medios como la SER titulan “El Supremo avala un poema machista de una asociación judicial sobre Irene Montero,” que es tanto como insinuar que los jueces son machistas en general. Quizá no sepan que hay más mujeres en la judicatura que hombres, quizá no piensen que son funcionarios imparciales que no se pliegan a otro criterio que el de las leyes vigentes, quizá pretendan desacreditar la institución o quizá simplemente estén tan sesgadamente ideologizados e interesados políticamente que han perdido todo criterio periodístico. Alberto Pozas, el de la SER, escribe que el poema es “satírico y machista,” así, a bulto, evidenciando un analfabetismo literario propio solamente de los periodistas más incultos. Sonroja que los medios de comunicación se hayan convertido en esa basura infecciosa. Pero es ahí donde cortocircuita el pensamiento emocional: ¿libertad de expresión o machismo? Se puede insultar al rey, diciendo que es un putero, pero no se puede insinuar que Irene es ministra por ser la mujer de Iglesias. Es ahí donde cada uno se posiciona a favor o en contra de esta sentencia, olvidando la razón y la justicia.

Cabe recordar que el único verso del poema que alude a Irene en términos ofensivos es “por una inquieta bragueta.” No pensemos que hay insultos y deseos de muerte o cosas por el estilo, de esas que defiende Irene según la filiación política de quien las diga. Es solamente ese verso, ante el cual el Supremo no ve más que una opinión desagradable y grosera, desafortunada. Y no se puede condenar a nadie por su mal gusto poético. Llegados a este punto, me hago la pregunta de nuevo, que sigue sin estar resuelta: ¿qué pasa con Jaime Moralles, el juez de primera instancia que condenó al poeta a pagar 70.000 EUR porque escribió un poema donde vejaba a Irene con expresiones machistas? Una auditoría de su imparcialidad no vendría mal a la salud de los tribunales. Otra, ¿qué dice ahora la asociación de jueces que publicó el poema, que en su día repudió el texto por miedo a represalias, orillando el honor que deben a la justicia? Y la última, ¿qué hay de los guardabosques de Valsaín, que estaban tan indignados con el pseudónimo que utilizaba el poeta, aprovechando su nombre para publicar esos escritos dentro de su libertad de expresión?

La corrección política lleva a tal punto de estupidez el pensamiento humano que empieza a ser difícil razonar sin prejuicios. El sesgo ideológico es tan fuerte que cuesta encontrar una opinión inteligente. La lectura sosegada de los clásicos es el antídoto, y poner la tele en su sitio, junto al contenedor.

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3 comentarios en “Irene en el candelero del Supremo

  1. No conozco el caso, pero me suena la lógica. Es increíble la manera en que se va perdiendo la creencia en el valor de la libertad de expresión, pensando que la autoridad puede y debe gestionar lo que se dice.

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    1. Ni falta que te hace conocerlo, en tu tierra hay ejemplos de sobra, por desgracia.

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