«No son los costes los que crean el valor; es el valor lo que hace que los compradores estén dispuestos a pagar los costes incurridos en la producción de lo que quieren.»
T. Sowell – Basics Economics, 2000

Salarios dignos, sueldos que permitan la libertad personal. La bondad nos lleva a pensar que habría que regular unos salarios mínimos que garanticen ciertos derechos e impidan la explotación laboral. Es injusto, se dice, que un trabajador no alcance los mil euros mensuales, por decir algo, mientras el dueño de la empresa se está embolsando, por ejemplo, mil millones al año. Sin embargo, las decisiones políticas encaminadas a mejorar la vida de quienes más lo necesitan mediante regulaciones laborales producen siempre pobreza y condiciones de vida más miserables, sobre todo para los que más lo necesitan. Vamos a verlo de la mano de Thomas Sowell y su obra Economía básica.
En el ensayo previo que publiqué sobre este libro tratamos en detalle el significado de los precios, la oferta y la demanda y los problemas que acarrean los controles de precios. Si partimos de ahí, el asunto de los salarios es muy simple de analizar y comprender, pues los sueldos no dejan de ser precios, con su misma función: ayudan a orientar la asignación de recursos escasos en los usos más eficientes. Igual que los límites de precios causan dramáticos problemas de escasez y de despilfarro de recursos, las regulaciones laborales y salariales conllevan inexorablemente a tasas de desempleo más elevadas. No deja de resultar curioso que, por más que resulte evidente, sectores enormes de la población siguen defendiendo una ideología intervencionista del mercado laboral a costa del desempleo y el empobrecimiento de todos, en especial de quienes tienen menos recursos. Lo cual, si me permites la apreciación, no solo es inmoral, sino que es de una crueldad inaceptable.
Las leyes de salario mínimo gozan de muy buena aceptación, en tanto en cuanto se visten de ser leyes más justas que garantizan salarios dignos, apelando a sentimientos con los cuales los corazones sensibles no pueden dejar de enternecerse. Seguro que te suena, “un sueldo que alcance para vivir”. Prometen ayudar a los más pobres, y hay que ser un desalmado para no querer ayudar a los pobres y no permitir que tengan un salario digno con el que puedan vivir. Sin embargo, nada hay más cruel contra los pobres que las leyes de salario mínimo. Tras esa supuesta bondad hay un equívoco que causa pobreza y hambre. Desconocer esa realidad y dejarse engañar por la demagogia de los políticos que defienden los salarios mínimos “dignos” es ser cómplice de muchas muertes. Lo que en realidad significa un salario mínimo es que, por ley, se prohíbe que dos personas acuerden un intercambio libre de esfuerzo y dinero. Concretamente se consigue que si el esfuerzo de una persona no es capaz de rentabilizar lo que cuesta contratarla por ley no encuentre trabajo nunca. ¿Quién sale más perjudicado? Sí, en efecto, los que más lo necesitan. Los trabajadores altamente cualificados, con experiencia laboral, con buenas relaciones sociales, con medios para darse a conocer, no tendrán problemas en encontrar trabajo por encima del salario mínimo. Por ejemplo, un cirujano con veinte años de experiencia no sufrirá, a un fontanero bien reconocido en el barrio no le faltará trabajo, un veterano de Iberdrola seguirá en su sitio… Pero ¿qué hay de ese joven de dieciséis años que todavía no sabe hacer nada? ¿Qué hay de ese inmigrante sin formación que apenas conoce el idioma? ¿Qué hay de esa mujer de cincuenta y cinco años que no ha trabajado nunca? ¿Cómo puede contratar alguien de albañil a un chaval sin experiencia ni conocimientos si el salario mínimo es mucho más alto de lo que puede rendir? ¿Cómo va a encontrar trabajo? Quien más lo necesita, sufre más. En cambio, si se deja que el que no sabe aprenda, que entregue su trabajo a cambio de lo que es capaz de producir, con el tiempo mejorará su productividad y con ello su salario. Este error de concepción se suele sustentar en la creencia de que el empresario es siempre malvado y que los precios se pueden imponer según el deseo del legislador. Ya hemos hablado de la supuesta maldad de las empresas, y no es fácil encontrarla en el dueño de una peluquería o de una frutería, y también de los trastornos económicos que generan los controles de precios, y los salarios no dejan de ser precios. La única manera de subir el salario mínimo de forma beneficiosa para el conjunto de la sociedad es conseguir el pleno empleo, y que sea entonces la escasez de trabajadores la que obligue a las empresas a competir por los empleados, mediante subida de sueldos y condiciones laborales mejores. Poco cuesta comprobar que en los países donde hay más regulaciones laborales, hay más desempleo, y es ahí donde proliferan más leyes de salario mínimo, y es a su vez donde los salarios medios y la calidad de vida es más pobre; en cambio, en los países donde hay menos regulaciones y las leyes de salario mínimo no existen, el nivel de vida supera con creces a los anteriores y el desempleo es irrelevante. Por más que sea un hecho evidente, el desinterés por observar la realidad y el amor por los sentimientos ingenuos de bondad sigue promoviendo leyes estúpidas y causando pobreza a quien menos la merece.

Curiosamente, los sindicatos suelen defender estas posturas, adalides de lucha de las clases trabajadoras. Sin embargo, se obvia el hecho de que sus afiliados ya están trabajando y pueden pagar las cuotas, y que están obligados a protegerlos contra los nuevos trabajadores. Cuanto más sube el salario mínimo más fácil le resulta a los trabajadores sindicados desplazar a los trabajadores sin experiencia. Es una de las tragedias que se suele ignorar, pero los sindicatos no protegen a los trabajadores: protegen a los trabajadores sindicados de aquellos que no lo están, al trabajador consolidado de aquel que busca su primer empleo, al especialista del que todavía no tiene formación. El mecánico experto y sindicado está satisfecho con toda subida del salario mínimo, aunque cobre mucho más que el salario mínimo, porque impide que otros trabajadores novatos puedan empezar en el sector y terminen disputándole el puesto en el futuro. La demagogia está en sostener que cualquier aprendiz debe cobrar un sueldo “digno”, cuando la realidad camina por otro sendero.
No es ningún secreto, hay documentación abundante sobre el tema, por más que se prefiera guardarla en un cajón: donde proliferan las leyes de salario mínimo, los más pobres se quedan sin trabajo. Minorías raciales, jóvenes, mujeres mayores, personas sin cualificación, inmigrantes… todos esos son los que sufren más, ya ves qué ironía. Sowell aporta ejemplos muy tristes. Uno de mis preferidos es el de John L. Lewis, un legendario líder sindical de USA entre 1920 y 1960, conocido por conseguir mejoras salariales para los mineros del carbón. Un economista lo calificó de “el mejor vendedor de petróleo del mundo”, porque con su esfuerzo, las subidas salariales, las huelgas y las interrupciones en la producción del carbón consiguió que muchos consumidores se pasasen al petróleo. Tanto fue así que desde entonces la industria petrolera tuvo un auge que aún perdura y la del carbón pasó a la historia. Otro más reciente es el de la industria del automóvil en Detroit a principios del s. XXI: cuando Toyota entró en el mercado estadounidense no tenía trabajadores sindicados; mientras que la cuna del automóvil americano, con trabajadores sindicados, estaba despidiendo personal a millares y perdiendo dinero, Toyota no paraba de aumentar personal y se convirtió en el principal fabricante de vehículos con casi 400.000 empleados. Hoy son los coches más vendidos en USA. Y lo más gracioso es que sus empleados están muy bien pagados.

“Las leyes de salario mínimo son promovidas por aquellos que se ven a sí mismos como los defensores de los trabajadores frente a los empresarios, cuando, de hecho, puede que estas leyes terminen perjudicando menos a los empresarios que a los mismos trabajadores, especialmente aquellos sin experiencia y poco cualificados, cuyo desempleo les ocasionará tanto la falta de ingresos como la adquisición de una capacitación laboral que les permita trabajos con mejores perspectivas de ingresos en el futuro.” A Toyota, por decir una entre mil, no le afectan las subidas de salario mínimo, sus empleados ya cobran mucho más. Pero al que no consigue un empleo, porque no es todavía lo bastante productivo como para ganarse el sueldo que el Estado ha decidido que es el mínimo legal, se le prohíbe trabajar, y con ello se impide que adquiera experiencia y formación. Se argumenta, con toda la ingenuidad concebible, que el salario mínimo evita la explotación laboral, que en su ausencia los empresarios no pagarían nada por el sudor de los empleados, pero eso es un absurdo que se disuelve cuando choca contra la realidad: si el trabajador no es tan productivo para una empresa como marca el salario mínimo legal, no es contratado; y si es contratado la empresa quiebra y pierde su trabajo igualmente. Ya lo hemos dicho: es el pleno empleo, y la competencia por los trabajadores, lo que eleva los salarios. El libro de Sowell documenta ejemplos para enterrar al más incrédulo.
Una vertiente muy entusiasta a favor de las leyes de salario mínimo se da a propósito de los trabajadores de empresas que tienen sedes en países subdesarrollados. Con gran fervor y revestidos de solidaridad y compasión se reúnen los más indignados en manifestaciones y protestas por causa de los bajos salarios que pagan las multinacionales en los países pobres, aludiendo a condiciones de explotación. Se olvida que generalmente pagan muchísimo más que el salario medio de esos países, y que sus trabajadores guardan el empleo con orgullo. A veces las protestas insistentes, poco a poco, consiguen aumentar esos salarios lo suficiente como para que la empresa busque una ubicación con mejores perspectivas. Este drama termina con la consiguiente huida de las empresas de la zona, la irremediable pérdida de todos los empleos y el empobrecimiento de la región. Aun así, los supuestos benefactores que protestaban “se felicitan a sí mismos por haber terminado con la ‘explotación’.” Lo más triste es que eso pasa también en países desarrollados como España, donde las leyes de salario mínimo expulsan determinadas industrias a otros lugares con mejores perspectivas. Me viene a la memoria el caso de Nissan sobre el que escribí en 2020, en el que el presidente de la empresa en Europa dijo que “no había una solución viable para el futuro de la fábrica de Barcelona.» Las causas del cierre fueron diversas pero muchas de ellas aludían de algún modo al exceso de regulación estatal: amenaza de reforma fiscal con subida de impuestos a las multinacionales, huelga indefinida de los empleados, amenaza de reforma laboral impulsada por Podemos, gobierno socialista en la alcaldía de Barcelona y gobierno socialista en Moncloa, con la consiguiente incertidumbre legislativa… Como cualquiera puede ver, las regulaciones laborales, en oposición al libre mercado, privan a los trabajadores más necesitados de obtener un empleo, experiencia y formación, y cuando se ejecutan sobre sectores grandes y multinacionales producen daños estructurales devastadores que arruinan regiones enteras.

Otra de las consecuencias indeseadas de los salarios mínimos demasiado elevados, es decir, salarios por encima de lo que los principios de la oferta y la demanda establecerían en libertad de mercado y competencia, es que permiten la discriminación sin coste. Es común que quienes defienden las leyes de salario mínimo también estén muy preocupados por la discriminación social de cualquier tipo, ya sea por sexos, razas, edades o cualquier otro aspecto humano. Sin entrar a valorar el fondo de la cuestión, esto es, la maldad o bondad de discriminar a unas personas en favor de otras a la hora de ser elegidas para un determinado puesto de trabajo, el caso es que las leyes de salario mínimo, del mismo modo que no consiguen sus objetivos y perjudican a quienes más lo necesitan, no consiguen la igualdad de acceso a los empleos, sino que favorecen la discriminación. Un ejemplo será suficiente para ilustrarlo. Supongamos que un empresario es racista y no quiere negros en su empresa. Podemos pensar que eso está mal, pero da igual lo que pensemos y lo que queramos, el caso es que es racista y tiene una empresa. En un mercado libre, el empresario podría optar por no contratar negros, pero se vería tentado a hacerlo si cobran menos que los demás, porque cuando los beneficios aumentan los prejuicios suelen desaparecer. Supongamos que cede a sus prejuicios y contrata solo negros, porque cobran menos que los demás. Con ello tendrá menos costes, por tanto será más competitivo y podrá ofrecer productos más económicos con los que satisfacer las necesidades de los compradores, beneficiando al conjunto de la población. Podríamos pensar que eso es una práctica detestable e inmoral y que habría que regular ese aspecto para evitar que nadie pueda discriminar de esa forma tan ignominiosa. Bien, supongamos entonces que se aprueba una ley que obliga a contratar por el mismo salario a todos, evitando así la discriminación racial. Ya imaginas lo que hará el empresario racista, ¿verdad? Contratar solo blancos. La estupidez es asombrosa: en el escenario de libertad contractual los negros consiguen empleo en la empresa de un racista; en el escenario intervenido con leyes antidiscriminación, los negros no encuentran trabajo. Al racista le sale gratis serlo si el Estado interviene. Si no interviene, le sale caro ser racista. Si lo fuera en un mercado libre perdería márgenes de beneficio, y con ello competitividad, por tanto ofrecería productos más caros que la competencia, con lo que perdería ventas y, al tiempo, tendría que cerrar. El mercado desplaza a quienes ofrecen peor servicio. Con leyes de salarios mínimos iguales para todos, sin discriminación posible, cualquier empresario puede ser racista gratuitamente, sin pérdida de competitividad, o misógino, o cualquier otra estupidez que se le ocurra.
Conviene prestar atención también a una inconsistencia de base semántica cuando se cataloga a una persona en el grupo de los empresarios o en el de los trabajadores, es decir, hay que tener mucho cuidado cuando se habla de clases sociales. A mi juicio, no existe tal cosa como las clases sociales en la actualidad. Los ricohombres y los fijosdalgo hace tiempo que desaparecieron, los condados ya no rinden pleitesía al Conde, no se le pagan impuestos al Marqués ni se blande la espada al servicio del Duque. Gracias al capitalismo de libre empresa y a lo que queda de él, las personas nacen y se desarrollan en un entorno de relativa libertad y ofrecen su esfuerzo y su ingenio a cambio de beneficios a través de diversas fórmulas contractuales, según sea su ingenio, su disposición al riesgo, sus aptitudes o sus preferencias. El uso de las palabras ha de manejarse con cautela, porque es muy atrevido meter en la clase social de los trabajadores a un asalariado de J. P. Morgan que cobra 600.000 dólares anuales y en la clase de los explotadores a un electricista autónomo con un empleado, que factura 2000 euros al mes para repartir entre los dos y con Hacienda. Trabajador es el que trabaja, ambos trabajan, empleado es el que se emplea, ambos se emplean, empresario es el que emprende, y ambos lo son, pues acometen un empeño que entraña dificultad. Dejarse confundir por los demagogos que manipulan el lenguaje y pronuncian eso de «clase trabajadora» o vituperan a los empresarios sin saber lo que su nombre significa es un capricho que nadie debe permitirse, aunque solo sea por salud intelectual. “Alguien que trabaja 35 o 40 horas semanales en una fábrica u oficina es llamado trabajador, mientras que alguien que trabaja 50 o 60 horas a la semana administrando una empresa no lo es.” A este último se le llama empresario, hay que exprimirlo con impuestos y atarlo con regulaciones para que no explote a nadie. El camarero que trabaja 40 horas semanales, que a veces no acude al trabajo, que tiene sus vacaciones pagadas, que tiene una indemnización por despido si el negocio no funciona, que tiene cubiertas las bajas, ese es un trabajador explotado. El dueño del bar, que trabaja 70 horas semanales, que igual pela patatas que atiende mesas, que despacha proveedores, paga facturas y lleva la contabilidad, que arregla el aire acondicionado y la nevera y la cafetera cuando no está cocinando, que se pelea con los clientes insatisfechos, que le recauda el 10% de toda la caja al Estado en concepto de IVA y le paga el 25% de lo que le quede a Hacienda, que le da empleo al camarero, le paga el sueldo, las retenciones del IRPF, las vacaciones y las bajas, que recibe las inspecciones de Hacienda, las de Trabajo, las de Sanidad, las de la ley de protección de datos, las de acoso laboral, las de violencia de género, que no se puede poner malo porque se arruina, que no tiene días libres porque los pasa entre papeles y llamadas con el gestor, que se hipotecó para adquirir el negocio y paga el alquiler del propietario, que pone en riesgo su casa y todo su dinero y vive en vilo mirando al cielo para que no llueva porque si no la terraza no se llena, ese es un empresario explotador. Uno es bueno y el otro es malo.
Perdóname la mala leche, que Sowell no decía todo eso en el libro, aunque lo piense. Pero es que no llevo bien que se haga mal uso del lenguaje, sobre todo con fines ideológicos, pero también por estupidez. Te dejo con una reflexión de Sowell acerca del valor de las cosas, que a menudo se malentiende, pensando que el trabajo de las personas debe tener un valor mínimo: “No son los costes los que crean el valor; es el valor lo que hace que los compradores estén dispuestos a pagar los costes incurridos en la producción de lo que quieren.” Por eso no podemos cobrar lo que queremos ni consideramos justo y digno, sino lo que el conjunto de la sociedad está dispuesta a pagar por nuestro esfuerzo. Este ensayo lleva muchísimas horas de estudio, reflexión, síntesis, redacción, limpieza del texto, pulido y repaso antes de publicarse, y sin embargo el beneficio que me reporta es menor que el coste de la electricidad que consumo en escribirlo. No puedo culpar a nadie por eso, ni puedo exigir un salario mínimo por algo que valoran tan pocas personas. Y no lo digo por ti.
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2 comentarios en “Los salarios, según T. Sowell”