«Al final, la única cosa que puede curar la pobreza es la riqueza.»
T. Sowell – Basics Economics, 2000

El término explotación, relacionado con la explotación laboral, ha ido cambiando en el ámbito social y político a lo largo del tiempo. En este breve ensayo analizamos esa evolución y cómo su significado se ha ido cargando de contenido político. Pondremos en relación la perspectiva de Thomas Sowell al respecto, dentro de esta serie de ensayos sobre su obra Economía básica. El contraste con la opinión más común es en este caso muy controvertido.
Si buscamos “explotación laboral” en el CREA, el Corpus de Referencia del Español Actual, encontramos muchas entradas, la mayoría agrupadas bajo el tema de política, economía, comercio y finanzas. Sin embargo, si buscamos en el CORDE, el Corpus Diacrónico, donde podemos cotejar el uso a lo largo del tiempo, no encontramos ninguna entrada. El CORDE es un corpus textual de todas las épocas y lugares en que se habló español, desde los inicios del idioma hasta el año 1974. Resulta interesante que antes de esa fecha no exista ningún registro, lo cual indica que tal cosa no se usaba en absoluto y que su moda es muy actual.
Sucede que cuando políticamente se le pone un adjetivo a un sustantivo, este pierde el sentido original y el conjunto pasa a significar otra cosa. Así, cuando se dice “justicia social” se advierte que tal cosa ya no responde al sentido de justicia, y, en este caso, cuando se dice “explotación laboral” el sentido original de la explotación se pierde. Analicemos pues el significado y origen etimológico.
Explotación es la acción y el efecto de explotar. Es ahí donde tenemos que buscar su significado. Explotar viene del francés exploiter, con el sentido de sacar provecho de algo. El término se acepta en español en 1884 con el significado concreto de “extraer de las minas la riqueza que contienen.” Esa primera acepción no ha cambiado en absoluto desde entonces hasta hoy. No es raro imaginar la necesidad de incorporarla a nuestra lengua en ese tiempo, finales del s. XIX, con el auge de la revolución industrial y la explotación masiva de los recursos naturales, una necesidad que no existía un siglo atrás. En el mismo diccionario de la RAE de 1884, se incorporó también una segunda acepción, derivada de la anterior por metonimia en un sentido figurado: “sacar utilidad de un negocio o industria en provecho propio.” Es decir, explotar era en su origen sacar la riqueza de las minas, o en un sentido general, sacar el provecho que tiene algo. Las connotaciones peyorativas no existían todavía a finales del s. XIX. En 1925 se incorporó una nueva acepción que aludía a esa connotación negativa que observamos hoy, derivada por metonimia del sentido figurado anterior: “aplicar en provecho propio, por lo general de un modo abusivo, las cualidades o sentimientos de una persona, o un suceso o circunstancia cualquiera.” Como vemos, aquí se utiliza la metáfora para aplicarla a los sentimientos o cualidades de una persona que pudieran ser provechosos para otro, incluyendo que por lo general se hace de manera abusiva. Esta acepción recorrió el s. XX sin apenas cambios relevantes hasta el diccionario actual, donde podemos leer las dos acepciones originales de 1884 impertérritas y, en cambio, una reelaboración de la tercera, la metafórica, adaptada a los usos modernos: “utilizar abusivamente en provecho propio el trabajo o las cualidades de otra persona.” Como vemos, ahora el abuso está en el centro y no por lo general, y se aplica solamente a personas. Observamos pues que los usos figurados de las palabras son los más sensibles a los cambios a lo largo del tiempo, los más propensos a ser reinterpretados. Notamos también que es en época reciente cuando esa acepción ha tomado el sentido que hoy se le suele dar por lo común, el de abusar del trabajo de alguien para enriquecerse. Lo cual no deja de ser curioso. En el s. XIX habría resultado más interesante aplicar el concepto de abuso del trabajo ajeno. En ese contexto de auge de la actividad fabril, a consecuencia de la revolución industrial, parecería más pertinente que en el s. XXI. No en vano fue entonces cuando Marx publicó El capital, 1867, por citar una referencia eminente que enjuicia con dureza ese abuso. Marx utiliza la “alienación”, el “abuso”, pero no la “explotación”. Sin embargo, es ahora cuando se usa con este sentido y no entonces, lo cual, además de curioso, debe advertirnos de su intención política, y no científica.
Veamos algunos ejemplos del CREA que muestran cómo el término “explotación laboral” se usa en el discurso actual: ‘explotación laboral y precariedad a la que se ven sometidos los trabajadores’, ‘denunciar la explotación laboral’, ‘sensibilizar a la opinión pública a la lucha contra la explotación laboral’, ‘la situación de explotación laboral y social del inmigrante es la norma’… Omito la lista completa, son muy similares todas. Las citas son de prensa en su mayoría, alguna efímera, oral o proveniente del cine de protesta, ninguna de la literatura o ensayos académicos.
Subyace en ese contexto, y en el que se suele utilizar la expresión “explotación laboral” con más frecuencia, una sensación dineraria, una alusión implícita a que las condiciones de la relación laboral son abusivas porque no remuneran adecuadamente la fuerza del trabajo. De hecho, por lo general el empresario dedica muchas más horas diarias a su empresa que los empleados, arriesga su patrimonio y sufre con inquietud todos los problemas que puedan desestabilizar el negocio. Sin embargo, se le considera explotador y no explotado porque suele terminar con la cuenta corriente más llena que cualquiera de sus trabajadores. Alguien dirá que no se le considera explotador por eso, sino porque es el dueño de la empresa y se aprovecha del trabajo ajeno, pero ese argumento se puede utilizar a la inversa con la misma condición falaz: los trabajadores son los explotadores porque se aprovechan del trabajo, el ingenio y el patrimonio del empresario, ya que la empresa no les importa porque no es suya. Pero no, el argumento que subyace es el de la cantidad de dinero: si el empresario ganase menos que cualquier trabajador de su empresa no se le consideraría explotador, y a los asalariados no se les consideraría explotados. Es cuestión de cantidad. Sin embargo, recordemos que en la definición de explotar no aparece alusión explícita a tal cosa, al dinero, sino a las cualidades y sentimientos de una persona. Y aquí es donde más interesa la opinión de Sowell, muy perspicaz, al respecto de la explotación laboral, que no niega que exista, sino que se produzca allí donde se la suele nombrar. Según él, la explotación no surge cuando el salario es menor de lo que uno estima que sería justo, cosa imposible de determinar con objetividad, por cierto, pues el concepto de “salario justo” considera que es inherentemente ambiguo y subjetivo. Muy al contrario, la explotación surge cuando las condiciones hacen muy difícil cambiar de ocupación o de empresa. Si el contexto permite libremente elegir con facilidad tu ocupación o la empresa en la que trabajar no puede haber explotación, porque ante el menor atisbo te vas. En un contexto de libertad, cuando una persona se mantiene en un trabajo es porque no ha encontrado otro mejor. El buen corazón nos lleva a pensar que es injusto que algunas tareas estén muy mal pagadas y sean poco edificantes para la realización personal, como desatascar un retrete, pero nada tiene que ver con la justicia. Quien lo hace, y yo lo he hecho, podría dedicarse a otra cosa, nadie en concreto le obliga a hacer eso, y de hecho se sentirá agraviado si pierde el trabajo. Prefiere ese trabajo a no tenerlo, y lo dejará cuando encuentre otro mejor, bien porque las circunstancias cambien, bien porque mejore su capacitación o simplemente cambie su suerte. Eso no es explotación laboral, a criterio de Sowell, por muy bajo que sea el salario. Es en los entornos altamente regulados por el Estado cuando se produce la verdadera explotación, cuando la capacidad para cambiar de empleo es muy reducida y se tienen que aceptar las condiciones obligatoriamente, porque no hay otras, o incluso porque la ley así lo establece. En un entorno imaginario en el que el Estado fuera dueño de todas las empresas y legislara cómo, dónde y a cambio de qué se debe emplear la gente, aun siendo con la mejor de las intenciones, se produciría la explotación masiva por definición: aplicar en provecho propio, del Estado, por lo general de un modo abusivo, las cualidades o sentimientos de una persona. Se produciría porque no habría modo de cambiar de empleador, solo habría uno, ni de cambiar de ocupación, pues el Estado legislaría en qué te debes emplear. Aun siendo por el bien de la comunidad, sería una explotación, con independencia de que se prefiera que así sea o se prefiera lo contrario, que todo puede ser. Personalmente, yo prefiero la libertad de elección, pero se puede defender con argumentos sólidos la preferencia por esa regulación estatal, aunque devenga en explotación, porque quizá atienda a un bien mayor para la comunidad. La discusión es legítima. Lo que no debemos hacer es cambiarle el sentido a las palabras para manipular a las personas influyendo en su modo de pensar. A colación de esto, Sowell argumenta que en nuestras sociedades actuales los trabajadores altamente especializados que trabajan en los sectores más regulados por el Estado son los más explotados, y no precisamente los menos remunerados. Obviamente, si el sector está fuertemente regulado difícilmente podrás acordar unas condiciones laborales que consideres adecuadas a tu trabajo. Y, por otra parte, si estás muy especializado en algo difícilmente podrás cambiar de ocupación. Tal cosa llama la atención por su contraste con la opinión común, ya que se asocia, como decíamos, la explotación a la escasez de remuneración, y no al abuso de cualidades y sentimientos. El ejemplo que pone Sowell es de lo más interesante: los médicos. En nuestras sociedades, los médicos veteranos gozan de prestigio profesional, tienen una formación académica amplia, experiencia especializada contrastada, realizan una labor humana encomiable y cobran sueldos muy por encima de la media de los trabajadores. Sin embargo, están explotados por definición. Difícilmente pueden cambiar de ocupación, y dejar en el olvido años de esfuerzo por especializarse en una tarea concreta. Y difícilmente pueden cambiar de empleador, al menos en España, pues el Estado regula por convenio las condiciones laborales en todos sus detalles. Quien no conoce el sector pondrá los ojos como un huevo duro, incrédulo ante la posibilidad de considerar explotado a un médico. Pero solo hay que preguntarle a tu médico de cabecera. Pregúntale. Verás si tiene alguna otra opción y si se abusa o no de sus cualidades y sus sentimientos.
En conclusión, aunque se puede matizar la opinión de Sowell e incluso rechazarla por completo a causa de la disonancia cognitiva que genera, podemos observar cómo se ha ido tergiversando el significado de la explotación. Sí, tergiversar, dar una interpretación forzada o errónea de las palabras. Y se ha hecho recientemente, no cuando más sentido tuvo hacerlo. No podemos soslayar la intención política que hay detrás, la de asociar al emprendedor con comportamientos poco éticos y ganarse así el favor del pueblo haciendo uso de la demagogia. Tal cosa es abusar de las cualidades y los sentimientos de las personas. Explotación, ahora sí.
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1 comentario en “Explotación laboral, según T. Sowell”