El becerro de oro y las tablas de la ley

«Sube a mí al monte, y espera allá, y te daré tablas de piedra, y la ley, y mandamientos que he escrito para enseñarles.»

Ex 24:12

Presentación.

¿Qué relación crees que tiene el becerro de oro con las tablas de la ley? Cuando Moisés baja del monte Sinaí escribe un libro con la ley divina. Después sube con Aarón y setenta ancianos a comer y beber con YHVH. Después sube con Josué a recibir las tablas de la ley. Cuando baja ordena la matanza de hebreos por causa del becerro de oro. ¿No te parece que se están mezclando historias? La huella del crimen está oculta a la vista de todos: las tablas.

Introducción.

Cuando uno lee el libro de Éxodo de manera superficial tiene la sensación de que el protagonista es Moisés: un nacimiento extraordinario, infancia heroica, teofanía, poderes sobrenaturales, liberación de los hebreos, instrucción divina y, en definitiva, consolidación del liderazgo de Israel hacia la tierra prometida.

Sin embargo, como hemos visto en los últimos ensayos, su historia y la de Aarón no parecen beber de la misma fuente tradicional, sino que tienen orígenes independientes, y fueron fusionadas en algún momento para cristalizar en el relato bíblico que nos ha llegado.

Hemos tratado de aislar la historia de Aarón, intentando encontrar ese sustrato literario primitivo que debió dar origen a su historia, y hemos encontrado detalles muy interesantes que apuntan hacia una tradición muy antigua y consolidada que todavía pervive sumergida bajo la capa superficial de la Torá. Puedes revisar las conclusiones en el ensayo que dedicamos a Aarón.

Lo mismo hemos hecho con Moisés, buscar ese sustrato literario primitivo en el que se inspira su historia. Sin embargo, a lo largo del libro de Éxodo no hemos encontrado ningún rastro genuino. En el último episodio dejamos pendiente el análisis de Ex 24 y Ex 32, dos pasajes que no guardan relación con la trama principal de las leyes y que no aparentan ninguna conexión a simple vista. Nos referimos a la comida de Aarón con YHVH y al pasaje del becerro de oro. 

Sin embargo, como vamos a comprobar, parecen tejidos con la misma aguja, no por casualidad, y no con inocencia. La clave de lectura hoy está en las tablas. En un sentido literario, son muy reveladoras.

El collage de Ex 24.

Repasemos brevemente el contenido de Ex 24. Además de analizar los detalles, será imprescindible observarlo con perspectiva de conjunto.

Tras la entrega de los diez mandamientos y el catálogo de leyes, pasajes en los que no se menciona a Moisés, en Ex 24 se cuenta que YHVH le pide a Moisés que suba al monte con Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos. Acto seguido Moisés le cuenta al pueblo las leyes. Después sube al monte con la comitiva. Todos ven a YHVH, con los pies en un embaldosado de zafiro, y comen con él en armonía. Después YHVH le pide a Moisés que suba al monte para darle las tablas que ha escrito con la ley. Y este va con Josué y se queda cuarenta días allí arriba.

Observamos que nada encaja con la trama previa. Tras los mandamientos, en Ex 20 Moisés traslada al pueblo la teofanía, en medio de la tormenta, y ruegan que no se acerque YHVH a ellos para no morir. Aquí en Ex 24 tenemos un fragmento en el que Moisés le cuenta al pueblo las leyes, otra vez. Ya comentamos en nuestro ensayo anterior que ese fragmento de Ex 20 es de redacción tardía y se intercala entre los mandamientos y las leyes para legitimar la figura de Moisés, que está desaparecida en el relato legal. Este fragmento de Ex 24:3-8 tiene la misma estructura e intención. Se intercala entre el asunto de Aarón y los setenta ancianos: que suba Aarón con los setenta, por cierto, Moisés le contó al pueblo las leyes, hizo sacrificios y el pueblo obedeció, y luego subieron Aarón y los setenta. Hay una cita que delata la incoherencia y la intención:

Ex 24, 7:

“Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que YHVH ha dicho, y obedeceremos.”

El texto da por hecho que hay un libro del pacto escrito por Moisés, del cual no tenemos noticia, ante el cual el pueblo se arrodilla sumiso. 

Pero claro, eso nada tiene que ver con “sube al monte con Aarón y los setenta”, y subieron todos a ver a YHVH y a comer con él. El fragmento de Moisés se intercala en medio para aligerar la carga teológica que tiene el de Aarón. 

Con esa misma intención se añade a renglón seguido la parte de las tablas y Josué, cuya mera presencia ya revela una redacción tardía y oportuna de la tradición deuteronomista. También resulta incoherente el asunto de las tablas si aceptamos que Moisés tiene un libro de leyes con el que adoctrina al pueblo.

En definitiva, Ex 24 es un texto fragmentario, con costuras editoriales evidentes y capas literarias de autores y contextos distintos. Veamos los detalles en profundidad.

Dos bloques: arcaico y moderno.

Como venimos diciendo, se aprecian dos bloques textuales diferentes: primero el de Aarón y el embaldosado de zafiro, y luego el de Josué y las tablas. El primero es nítidamente arcaico, y el segundo claramente moderno.

Si analizamos el estilo y buscamos un hilo narrativo, podemos apreciar con facilidad que son capas literarias distintas, unidas aquí con un propósito e intercaladas en este punto del relato principal de forma oportuna. 

Pero lo más interesante es que son dos capas cuyos mensajes son incompatibles entre sí. El primero habla de la religión como pacto, relata una teofanía compartida, explica una comida ritual y la divinidad aparece de manera antropomórfica y accesible. El segundo es todo lo contrario: la religión se expresa como ley, la teofanía se presenta exclusiva para Moisés, la escritura de las tablas con el dedo divino sustituye al ritual de la comida y YHVH se presenta inaccesible. Tamaña contradicción no puede ser un descuido del autor, sino que debe tener un propósito.

Podemos rastrear esa intención si atendemos a la posible fecha de redacción de ambos pasajes y sus contextos sociopolíticos. Sin necesidad de sumergirnos en la historia antigua, creo que es evidente que el relato de Aarón y los setenta es arcaico, en tanto que muestra a YHVH cercano y con hábitos humanos.

Ex 24, 10-11:

“y vieron al elohim de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno. Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a elohim, y comieron y bebieron.”

Ya es curioso que YHVH se cite doce veces en el capítulo y justamente en este fragmento tan controvertido aparezca el nombre de elohim. Creo que es evidente que una divinidad con pies, que los asienta sobre un embaldosado de zafiro, al que un grupo de más de setenta personas puede ver y sentarse a comer con él, revela una perspectiva muy antigua de la divinidad, un modo de entenderla arcaico cuyo punto de vista es demasiado humano. Esa perspectiva colisiona frontalmente con la que se desprende del relato de Moisés, en el que la divinidad es terrible e inaccesible. Por fuerza, la antropomórfica es anterior, y el modo en que el relato intenta imponer la figura de Moisés delata la dependencia: la teología moderna se escribe en contra de la antigua.

El detalle del zafiro ayuda a entenderlo: es un matiz que no aporta nada a la trama, pero que se mantiene porque debe ser un recuerdo antiguo. El sappîr hebreo debió ser un lapislázuli o algo similar, no como nuestro zafiro actual, cuya presencia en la cultura del levante mediterráneo está asociada a la bóveda celeste sobre la que caminan las divinidades. Podemos rastrearlo en Egipto, Siria, Canaán y Mesopotamia. Es decir, el motivo es conocido desde antiguo en la región. Lo más probable es que su presencia en este fragmento bíblico se justifique por pertenecer a una tradición antigua, consolidada y recordada, difícil de erradicar.

No es casual que este fósil literario perdure en el contexto de Aarón. Como ya explicamos en el ensayo que hicimos sobre su historia, la Biblia conserva el recuerdo de una tradición aaronita sólida e independiente de Moisés. El zafiro aquí es una de esas joyas que lo atestiguan.

Para aliviar el contenido teológico tan incómodo que revela la presencia de Aarón y los setenta ancianos con un elohim accesible y humano, con el que pueden comer y beber en armonía sin caer fulminados, el texto intercala el fragmento mencionado en que Moisés escribe un libro con la ley, se lo cuenta al pueblo y este le promete sumisa obediencia. Es una interpolación oportuna, cuya intención creo que no merece más aclaraciones. El hecho de que exista permite entender cómo y por qué se conservó la tradición aaronita y de qué manera se trató de matizar. 

El contexto sociopolítico de ambas capas literarias, sin entrar ahora tampoco en el barro de la historia, se deja intuir. En la parte antigua, la casta sacerdotal, la comunidad de sabios, los clanes poderosos, tienen acceso a la divinidad y dirigen la vida de la congregación. En la parte moderna el poder queda centralizado en una persona, la única que tiene contacto con la divinidad, en cuyas manos reza un libro legal que todo el pueblo debe obedecer de manera inopinada.

Josué y las tablas.

Y en contraposición a Aarón tenemos el segundo bloque, el moderno, donde aparece Josué por sorpresa y sin relación con la trama, en el que YHVH vuelve a aparecer con su nombre para entregarle unas curiosas tablas a Moisés con el contenido de la ley divina. 

Este segundo bloque enmienda el recuerdo del primero. Su estructura y estilo literarios confiesan que se añade aquí para suavizar el contenido teológico tan controvertido de la capa literaria aaronita. Ambos estratos literarios no dialogan entre sí, sino que uno corrige al otro. La intervención de Josué no es casual: Aarón representa a la casta sacerdotal, a los rituales, al altar, a la tradición antigua, mientras que Josué evoca la autoridad, la conquista, el poder de mando único, conceptos que se expresan con nitidez a partir de la escritura deuteronomista del s. VII a. C. De hecho, Josué es el personaje por antonomasia de la historia deuteronomista, el protagonista indiscutible. Desde ese punto de vista moderno se reescribe en retrospectiva la figura de Moisés para contraponer la teología aaronita. 

Podemos concluir que, ante la imposibilidad de borrar una tradición consolidada en el recuerdo, el autor optó por rectificar con un añadido una posible lectura contraria a sus intereses teológicos.

En ese momento, misteriosamente, aparecen las tablas de piedra. En una lectura superficial pasan desapercibidas, porque todos tenemos en la memoria la imagen de Moisés con dos tablas bajo el brazo. Pero, para empezar, atendamos al capricho de nuestra imaginación: en ningún momento se dice que sean dos. Esto no es un mero accidente de la memoria, es la pista de que damos por supuestas cosas que no han sucedido todavía. Será mucho después cuando se explique que son dos tablas, y esa es precisamente la pista crucial en esta investigación.

Lo interesante es que las tablas se nombran aquí por primera vez, sin ninguna justificación. Es más, Moisés ya le ha dicho al pueblo cuáles son los mandamientos, y después ha escrito un libro y ha adoctrinado con él a la comunidad, la cual ha prometido someterse bajo su mando. ¿A qué vienen ahora las tablas? Por si fuera poco desconcierto, el capítulo termina de forma inquietante: sube a por las tablas con Josué, de nuevo aparece la nube espesa y el fuego abrasador, y Moisés se queda en el monte cuarenta días, sin que sepamos por qué. 

Siguiendo el rastro de las tablas, podemos reconstruir la escena del crimen.

Un ajuste editorial poco elegante.

Tras el fragmentario pasaje de Ex 24, el asunto de Moisés en el monte se olvida. El texto prosigue desde Ex 25 hasta Ex 31 con otras leyes, con las instrucciones sobre el tabernáculo y la consagración de los aaronitas, cuyo contenido sacerdotal es notorio. Al final de Ex 31 se añade un versículo sospechoso que vuelve a mencionar las tablas, concretamente dos.

Ex 31, 18:

“Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte de Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de elohim.”

No puede pasar desapercibido el paralelismo entre el final de Ex 24 y el final de Ex 31, y la intrigante presencia de las tablas. Si miramos Ex con perspectiva, desde Ex 20 hasta Ex 31 se vienen narrando leyes e instrucciones sacerdotales sin la intervención de Moisés, a excepción del pasaje interpolado de Ex 24 que ya hemos comentado, en el que aparecen las tablas por primera vez sin justificación. No debe extrañarnos que este final de Ex 31, en el que reaparecen las tablas, esté escrito en sintonía con aquel, con la misma intención y probablemente por la misma pluma, como vamos a ver. 

El versículo pegado al final de Ex 31 delata que se trata de un fragmento añadido de forma tardía para reorientar el mensaje. En realidad, ese versículo encabeza el pasaje del becerro de oro, que se narra en el capítulo siguiente. La decisión editorial moderna de ubicarlo al final de Ex 31, y no al principio de Ex 32, confiesa el temor de que se pudiera leer como un pasaje añadido y fuera de contexto. Esta estrategia es común en la Biblia para disimular las costuras editoriales que son demasiado evidentes. El recurso de ubicar un fragmento al final de un capítulo que no le corresponde por temática aporta una falsa sensación de continuidad narrativa. El efecto es que uno empieza a leer Ex 32 como si tuviese relación con todo lo anterior, con el catálogo de leyes e instrucciones sacerdotales. El recurso es muy efectivo cuando uno deja la lectura al final de un capítulo y, otro día, continúa con el siguiente. La sensación de unidad literaria puede ser muy aparente. 

Por suerte, la honestidad de la edición que manejamos para las citas, RV1960, revela la doblez de esa estrategia y no se pliega a reproducirla, sino que alerta al lector. El v. de Ex 31:18 viene precedido por un subtítulo que reza “El becerro de oro”. Y no solo eso, sino que alerta de que el tema se reproduce en Dt 9, de donde podemos rastrear su filiación deuteronomista.

Las tablas y el becerro de oro.

Después de esta introducción podemos abordar el apasionante pasaje del becerro de oro y su relación con las tablas, prevenidos de que la intención del autor no es inocente.

Veamos con perspectiva dónde aparecen las tablas. Se mencionan por sorpresa en Ex 24. Se retoma ese concepto en el pasaje del becerro de oro, Ex 32, que vamos a analizar a continuación. Y se vuelven a mencionar en Ex 34, en un pasaje en el que se reconstruyen las tablas después de que Moisés rompiera las primeras. Nunca más son objeto de alusión en la Torá, salvo en las menciones deuteronomistas que reproducen estos mismos pasajes. La repetición deuteronomista no puede resultarnos meramente casual, sino que evidencia, como decíamos, su filiación genética. Sea como fuere, lo que queremos señalar es el aislamiento que tienen las tablas dentro de la Torá: no son, como cabría suponer, un concepto consolidado y recurrente para la tradición hebrea, sino un añadido muy concreto que se relaciona de manera curiosa e intencional con Aarón, y solo en un punto, el becerro de oro. Sin el pasaje del becerro no habría tablas de la ley: su mención en Ex 24 es una anticipación que prepara al lector para que le encuentre sentido, y su mención en Ex 34 es consecuencia del pasaje del becerro. Más allá del contexto de Aarón y el becerro no hay ninguna alusión a las tablas. 

Llegados a este punto, ya estamos prevenidos de que el pasaje del becerro es un añadido, la pista la encontramos en ese último v. de Ex 31 ubicado donde no le corresponde para fingir continuidad narrativa. Y creemos que es un añadido tardío por la relación que tiene con Aarón, por la forma en que sirve para corregir la lectura de la tradición aaronita. 

En la primera parte de este ensayo hemos justificado que esa es precisamente la estrategia editorial de Ex 24, reinterpretar la tradición aaronita consolidada mediante añadidos, los cuales alejan la divinidad a un plano intangible y concentran el poder en la figura de Moisés, aprovechando para legitimarla con excursos vacíos y meramente laudatorios.

Ahora vamos a comprobar cómo el pasaje recurre a la misma estrategia de forma directa, para tumbar la legitimidad aaronita y sustituirla por la de Moisés.

El becerro incoherente.

El pasaje del becerro de oro podemos resumirlo así. Moisés estaba en el monte, cuarenta días, y el pueblo, en su ausencia, pidió a Aarón ídolos a los que adorar, algo tangible en lo que agarrarse. Así forja un becerro de oro en honor a YHVH y todos hacen fiesta a su alrededor. En resultas, YHVH se enfada y pretende exterminar al pueblo hebreo, pero la mediación de Moisés calma su ira. Cuando baja del monte con Josué se sorprende del espectáculo, rompe las tablas divinas y ordena una matanza.

Observamos una trama incongruente en todos los detalles. El pueblo está convencido y ha prometido obediencia, ha visto los milagros en toda circunstancia, ha visto el libro de la ley y sabe que Moisés sube al monte con Josué para recibir unas tablas. No hay ninguna causa que justifique su deseo de ídolos. Por otra parte, Aarón podría haber mediado para disolver el deseo, conoce los mandamientos, no hay motivo para que resuelva construir un becerro de oro, curiosamente en honor a YHVH, que lo ha prohibido expresamente. En paralelo, la narración mezcla aaronitas y levitas de modo extraño: parece como si Moisés llamase a las armas a los levitas y estos matasen a los aaronitas, como si ellos no fueran levitas también. Y para colmo del desconcierto, ninguno de los aaronitas muere en esa matanza, tanto el líder Aarón como su familia sale indemne del ajusticiamiento. Para rematar el asunto, Moisés rompe las tablas en un impulso de rabia, de modo totalmente incoherente con el tono apaciguador que había utilizado un minuto antes para calmar la ira divina. Y resuelve matar a los idólatras del mismo modo que no quería que YHVH lo hiciese.

Y Josué por el medio. Josué solo apareció en Ex 24 para acompañar a Moisés a por las tablas, sin justificación, y ahora vuelve con las tablas como convidado de piedra, acompañante superfluo cuya presencia no se justifica por lo que acontece ni por lo que hace, sino por la intención del autor de mencionarlo. La perspectiva deuteronomista es obvia, y es clave para entender la construcción del pasaje.

La intención del becerro.

Con todas estas claves en la mesa podemos deducir cómo y con qué intención se construye el pasaje del becerro de oro. 

Observamos que el pasaje es un añadido, con una costura editorial evidente respecto al núcleo narrativo de las leyes y las instrucciones sacerdotales, las cuales son la pieza central de la segunda mitad del libro de Ex. La aparición de las tablas es un concepto exclusivo del pasaje, no se conserva recuerdo de ellas en el resto de la Torá, salvo en las alusiones expresas de Dt al asunto del becerro. Precisamente esos paralelos de Ex 24 y Ex 32 con el libro de Dt revelan consanguinidad editorial, demasiado semejantes como para considerarlos fruto casual de una tradición común, más si cabe cuando el asunto de las tablas y del becerro no tienen mayor recorrido. La presencia de Josué, completamente superflua para la trama, tan curiosa en Ex 24 como en Ex 32, delata el interés deuteronomista por reinterpretar la lectura de los mandamientos. Es revelador cómo el personaje se introduce sin presentación y aparece quirúrgicamente para decorar con su presencia pasajes que parecen añadidos posteriores. Toda vez que Josué es nítidamente deuteronomista, su aparición intrascendente alrededor del asunto del becerro delata el parentesco de este pasaje con el Dt, y no con su contexto inmediato, el de las ley divina.

El caso de Josué da para un libro entero. A fuerza de ser controvertido, recordemos que Moisés le cambia el nombre, de Oseas a Josué, por capricho y sin saber por qué. No en vano, ya tiene su libro, Josué, que abordaremos en breve siguiendo nuestro Resumen de la Biblia. 

Sea como fuere, no podemos desoír la evidencia literaria que apunta a que la tradición sacerdotal conservaba un cuerpo de leyes y una teología relacionada con un sustrato aaronita bien consolidado. El pasaje del becerro de oro, en armonía con el pasaje de Aarón y los setenta ancianos comiendo con elohim, pretende reinterpretar esa tradición a través de unos cambios teológicos. Por un lado, YHVH pasa de ser amable y accesible, los sabios y los sacerdotes pueden verle y sentarse a comer con él, a ser tremendo e intangible, deslumbrante, aterrador, cuya sola voz arruga las rodillas del pueblo. Por otro, la relación con la divinidad pasa de ser comunitaria a centralizarse en un solo individuo, relevando a Aarón, a la casta sacerdotal y a los sabios de la comunidad de su rango y concentrando en Moisés todos los poderes. El derrocamiento de Aarón como figura principal, que la tradición reconoce y recuerda con cierta claridad, es imprescindible para consolidar al nuevo líder, para lo cual el pasaje del becerro lo describe como un idólatra cuya transgresión lo deslegitima ante el lector. Por último, la presencia de Josué, superflua para la trama, pero oportuna desde un punto de vista doctrinal, permite establecer la relación editorial con los escribas deuteronomistas, interesados en reformar la teología y centralizar los poderes en una sola mano, la de Moisés, la de su heredero Josué, o la del rey de turno.

A colación de esta reinterpretación tan drástica de la lectura sacerdotal, el capítulo siguiente, Ex 33, refuerza la figura de Moisés en sintonía con esa intención. Lo comentamos con detalle en nuestro ensayo anterior, en el que concluimos que no encontramos rastro de un sustrato original de Moisés alrededor de la ley divina. En contraste con la ausencia de su nombre en los capítulos previos, en Ex 33 se cita once veces, sin olvidar una mención oportuna de Josué, que “nunca se apartaba de en medio del tabernáculo”. Si recuerdas, es un capítulo vacío, de loa al héroe, para disipar las dudas que el lector pudiera tener sobre su legitimidad: cuando Moisés iba al tabernáculo todos se ponían en pie, Moisés hablaba cara a cara con YHVH, “te he conocido por tu nombre”, “has hallado gracia en mis ojos”, etc.

El capítulo 34 remata este ciclo de las tablas con unas tablas nuevas, igual de innecesarias que las primeras, cuya existencia solo sirve aquí, sin trascendencia para la ley. El mismo estilo laudatorio y legitimador, sin portar nada interesante: YHVH descendió en la nube y estuvo allí con él, el rostro de Moisés resplandecía, he hecho pacto contigo, etc. 

En definitiva, el asunto del becerro de oro y las tablas de Moisés parecen un añadido a la tradición de la ley divina construido a partir del s. VII a. C con la intención de reinterpretar el mensaje divino, relevar a Aarón de su protagonismo y erigir a Moisés como vértice de todo el poder. 

Conclusión.

En los últimos ensayos venimos buscando un sustrato genuino de la historia de Moisés. Llegamos a la conclusión de que existe un sustrato consolidado y antiguo sobre Aarón, y que la hipotética historia de Moisés no es parte de la misma tradición. Al contrario, parece que ambas historias beben de fuentes independientes, y que se fusionaron con posterioridad para cristalizar en el texto que hoy leemos en la Torá. 

Este análisis consolida la historia de Aarón como un recuerdo firme, en tanto que no se pudo omitir la entrevista con YHVH en el monte, la comida amable con él junto a sus hijos y a los setenta ancianos. Tan firme que fue necesario ensombrecerlo con añadidos deslegitimadores, cuyo clímax se alcanza en el inverosímil relato del becerro de oro. Necesario no por capricho, sino con la intención de forzar la lectura y encaminarla a una nueva interpretación teológica en la que todo el poder se centraliza en un líder, uno solo, con la facultad exclusiva de recibir instrucciones directamente de la divinidad.

El sustrato aaronita debió ser tan antiguo como para conservar la descripción de una divinidad antropomórfica, atenta a cuestiones tan humanas como un embaldosado de zafiro. En contraste, estos añadidos en relación a Moisés no pudieron redactarse antes del s. VII, en un contexto deuteronomista que encaja con una ambición reformadora de la religión.

Así pues, en esa búsqueda de un sustrato genuino de Moisés no hemos encontrado ningún rastro a lo largo del libro de Éxodo. Al contrario, solo hallamos fragmentos heterogéneos y mal hilvanados con la trama que se intercalan en la narración principal para legitimar al héroe o para deslegitimar a Aarón, reescribiendo el recuerdo que se conserva de su historia. 

A mayores, los añadidos de Moisés son todos de redacción muy tardía, desde su nacimiento hasta las tablas de la ley, sin excepción. En apariencia, son creación de los escribas deuteronomistas, y no fruto de una tradición previa que conserve un núcleo primitivo sobre Moisés.

Sería goloso concluir, a falta de un análisis del resto de libros de la Torá, que Moisés es un personaje literario creado en el s. VII a. C., con una intención política y teológica muy concreta. 

Pero…

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