“Y los hijos de Moisés varón de Dios fueron contados en la tribu de Leví.”
1 Cr 23:14
Presentación.
Moisés no siempre fue como nos cuenta la Biblia. Hoy, por fin, vamos a ver una fotografía de ese primitivo personaje en el que se inspira.
Introducción.
Durante las últimas semanas hemos ido construyendo una serie de ensayos vertebrados en torno a un eje de investigación: ¿quién fue el Moisés primitivo en el que se inspira la Biblia?
El texto de la Torá que conocemos fue redactado a lo largo de varios siglos, y adquirió su configuración final alrededor del s. IV a. C. Ante ese hecho caben dos hipótesis: o bien inventaron a Moisés entonces o bien se inspiraron en un personaje previo. Es irrelevante en este estudio literario si ese hipotético personaje primitivo es histórico o legendario, lo cual será tarea de otra disciplina. Lo relevante aquí es conocer la fuente para entender cómo se construye el mensaje de la Torá.
Por lo que hemos descubierto hasta ahora, la hipótesis razonable es la segunda: hubo una fuente primitiva, aunque dejó muy pocas huellas en la Torá. Pero esas huellas son indelebles y permiten seguir su rastro fuera de la Torá.
Así pues, conformar un mínimo retrato del Moisés primitivo nos ayudará a entender, por contraste con el personaje canónico, cuáles fueron los intereses que motivaron a los distintos redactores a perfilar una imagen mosaica diferente. Esto es crucial para entender el mensaje que pretenden transmitir, y también, y más importante, el mensaje que quisieron ocultar.
Hoy damos conclusión a esta serie y esbozamos ese retrato antiguo. ¿Recuerdas dónde dejamos el hilo? Dan, Cus, serpientes…
Las serpientes bíblicas.
En la Biblia aparecen diversas serpientes, pero no todas significan lo mismo. Hay serpientes en la creación, en el jardín del Edén, en la vara de Moisés, en la vara de Aarón… Las traducciones no ayudan, el hebreo presenta muchos matices interesantes: remés, tannînîm y neḥāšîm. Si te interesa el detalle, lo desarrollaremos en un breve ensayo aparte, para no perder el ritmo de este. Hoy nos basta con identificar dos usos semánticos asociados a dos poderes distintos: el de Aarón y el de Moisés.
En Gn 1 aparecen los grandes monstruos, criaturas simbólicas del caos primordial, de sabor mitológico y cósmico, los tannînîm. Son comunes en distintas culturas del Levante antiguo, con diferentes nombres. Esas criaturas reaparecen en Ex 7: Aarón transforma su vara en una de ellas, al igual que los hechiceros del faraón, pero la suya devora a las demás. No es un truco de magia, sino un duelo simbólico que gana Aarón. El imperio egipcio se precia de haber domesticado el caos, podemos pensar en la cobra real de la corona faraónica como símbolo, y el relato bíblico le contesta: nuestro sacerdote es aún más poderoso que todo eso.
Por otra parte está la astuta serpiente de Gn 3, uno de los neḥāšîm, la serpiente de jardín por antonomasia. Ese tipo de animal es precisamente el que aparece en Ex 4, cuando YHVH le enseña a Moisés cómo transformar su vara en serpiente. El mismo animal reaparece en Nm 21 con el sentido incómodo que mencionamos en nuestro último episodio: un neḥāš neḥōšet, un ídolo de bronce que cura las mordeduras de serpiente. Aquí no se trata de un símbolo cósmico que evoca el dominio sobre el caos primigenio, sino un objeto apotropaico capaz de curar mágicamente. Es la reliquia de un taumaturgo.
Ese ídolo con forma de serpiente, forjado en bronce por Moisés, resultó tan peligroso para la teología de la Torá que el rey Ezequías tuvo que destruirlo físicamente porque el pueblo le rendía un culto intolerable. Si pensamos en un tótem antiguo, eficaz y aceptado por el pueblo, es fácil imaginar por qué una religión que pretende centralizar el culto inmaterial a YHVH no pudo permitir su existencia.
El contraste entre los dos casos es llamativo: Aarón se asocia al poder de gobernar el caos simbólico; Moisés, en cambio, a la magia arcaica, al amuleto, al culto físico y doméstico. Y ese contraste quizá esconda detrás una lucha disimulada. Hemos de detenernos un momento en el taller de construcción del Moisés canónico para entenderlo: el Deuteronomio.
El canon de Deuteronomio.
En una lectura superficial podríamos pensar que Moisés es el protagonista del Deuteronomio. A lo largo del libro, el texto recapitula el periplo del éxodo para enlazarlo con la conquista de Canaán y la historia deuteronomista. Sin embargo, si atendemos a su estructura, podemos descubrir que esa sensación de protagonismo es tan solo un marco narrativo. En ese detalle encontramos con nitidez la intención de construir el canon mosaico.
El libro arranca contextualizando la narración en torno a Moisés: esto es lo que Moisés dijo, estas son sus leyes. El estilo ya lo conocemos de los libros previos. Sin embargo, aquí es aún más evidente.
Dt 1, 1:
“Estas son las palabras que habló Moisés a todo Israel…”
Y después, curiosamente, el texto avanza sin apenas mencionar a Moisés hasta Dt 27. En todo ese grueso no lo encontramos como protagonista. Al contrario, el estilo narrativo reorganiza el material previo de manera impersonal: harás esto, no harás aquello, cuando suceda esto harás tal cosa, darás esto al levita, YHVH te manda estos estatutos para que los cumplas, etc. Apenas se intuye a Moisés en algún versículo contextual, cuyo estilo nos resulta sospechosamente familiar.
Dt 9, 13:
“Y me habló YHVH, diciendo…”
La cadencia ya la hemos estudiado: en algunos pasajes aparecen versículos de costura que proporcionan un contexto mosaico, aunque el mensaje no requiere esa acotación. La novedad de Dt reside en que son muy pocos y no todos mencionan a Moisés. Debido a su carácter dogmático, harás esto, comerás lo otro, pagarás tanto, podría parecer que son órdenes del autor del texto, motivadas por intereses ajenos a la historia bíblica. El único anclaje narrativo es el marco introductorio de Dt 1, que fuerza a creer que todo el libro contiene lo que dijo Moisés. Es un marco editorial, no es narrativo en un sentido fuerte.
A partir de Dt 27 puede observarse una capa editorial distinta que olvida el estilo previo y vuelve al relato en tercera persona.
Dt 27, 1:
“Ordenó Moisés, con los ancianos de Israel, al pueblo, diciendo…”
No obstante, esto solo sirve para descubrir las costuras de los retales literarios, no para encontrar un protagonismo genuino de Moisés, puesto que apenas se trata de una repetición de las fórmulas contextuales ya conocidas. También encontramos el ejemplo de cierre.
Dt 29, 1:
“Estas son las palabras del pacto que YHVH mandó a Moisés…”
Quizá parezcan citas escogidas de entre muchas, pero en realidad hay muy pocas, son los pocos versículos que mencionan a Moisés en todo el libro. Salvo en el tramo final. En el bloque de Dt 31-34, el tono y el estilo cambian por completo: excluyendo los poemas, aparece Moisés citado casi treinta veces en tan solo unos cincuenta vv. Ese contraste tan llamativo alerta sobre las intenciones del autor y prepara el cierre del arco canónico.
El cierre del canon.
En Dt 31 se narra cómo Moisés cede el mando a Josué. A estas alturas sobra explicar que ese pasaje pertenece a la órbita deuteronomista, cuya construcción no puede ser anterior al s. VII a. C.
A continuación viene el conocido cántico de Moisés, un poema de 43 versos, que solamente podemos atribuirlo a Moisés por el esfuerzo del autor de subrayarlo antes y después del poema. Sin embargo, es fácil descubrir la costura editorial. Como en otras ocasiones, se introduce con “entonces dijo Moisés este cántico”, pero el versículo se encuadra al final del capítulo previo, Dt 31, para sugerir una falsa sensación de continuidad narrativa con la transferencia de poderes a Josué. Obviamente, esto es una decisión editorial posterior, pero delata que ya desde antiguo la tradición editorial reconoce que ese versículo no corresponde al poema. Lo mismo al final: “Moisés recitó todas las palabras de este cántico”. Ese doble marco redundante de introducción y cierre es la única relación que tiene el poema con Moisés. Como ya explicamos en nuestro Ep. 50 del Resumen de la Biblia, el poema versa sobre YHVH e Israel, pero no puede atribuirse a Moisés por su contenido. Funciona como un himno teológico general.
De forma análoga, en Dt 33 se cuenta la bendición de Moisés, un fragmento en verso apasionante, pero, para lo que hoy nos interesa, no aporta nada nuevo, Moisés no protagoniza la bendición. Su inclusión en la introducción del poema sirve solamente para subrayar su faceta de legislador. Pero esa faceta ya hemos estudiado que es deuteronomista y no anterior al s. VII a. C. Dicho de otro modo: sí, se escribió que Moisés dio las leyes, pero no antes del s. VII.
En el último capítulo, Dt 34, se narra la muerte de Moisés y la sucesión de Josué con brevedad. Su aroma es tan nítidamente deuteronomista que enlaza sin solución de continuidad con el libro siguiente de Josué.
Y así queda cerrado el arco canónico del personaje: libertador en Egipto, líder autoritario, única fuente de verdad y Ley, sin tumba, sin linaje y sucedido por un príncipe militar. Podríamos pensar que aquí ha terminado nuestro trabajo… Pero no ha hecho más que empezar. El final de la Torá no es el final de Moisés. Lo más interesante viene ahora: la refutación interna del propio canon.
El linaje de Moisés.
En ensayos previos explicamos que la Torá no describe ningún linaje de Moisés. Sus hijos Gersón y Eliezer aparecen como añadidos sin continuidad. A diferencia de los hijos de Aarón, estos no tienen ningún protagonismo. Por otra parte, cuando se citan las casas y las genealogías, también resulta llamativo que Moisés se menciona de pasada mientras que de otros personajes se listan descendientes. El contraste con Aarón es muy evidente, del sacerdote se nombran muchos parientes detallando de quien es hijo la hija de la mujer del hijo del hijo de Aarón, y trabalenguas por el estilo.
Sin embargo, y por sorpresa, en el primer libro de Crónicas se rescata una genealogía mosaica que creíamos inexistente. Y esto es muy extraño, porque 1 Cr se escribe en el periodo postexílico, allá por el s. V-IV a. C. En 1 Cr 26 se menciona a Sebuel, hijo de Gersón, hijo de Moisés, custodio de los tesoros. Pero eso no es todo, también se dice que Selomit y sus hermanos eran custodios de las cosas consagradas por el rey David. Según el texto, Selomit era, atención, hijo de Zicri, hijo de Joram, hijo de Jesaías, hijo de Rehabías, hijo de Eliezer, el segundo hijo de Moisés. Es decir, se citan seis generaciones descendientes de Moisés. Nada más y nada menos que seis, y dos ramas distintas. Si lo vinculamos con 1 Cr 23 entendemos por qué un linaje se corta: Sebuel no tuvo más hijos, mientras que Rehabías tuvo muchísimos.
Por las fechas de redacción y la discrepancia de información podríamos pensar que los autores de Cr se están inventando la genealogía. Pero aquí el criterio de dificultad juega a favor de la verosimilitud. Si leemos con perspectiva el conjunto de 1 Cr 23-26, observamos que el texto canoniza el linaje aarónico como casta sacerdotal, mientras que encapsula el linaje mosaico como tesoreros.
Pero además destaca un matiz de una sutileza maravillosa:
1 Cr 23, 14:
“Y los hijos de Moisés varón de Dios fueron contados en la tribu de Leví.”
Abre los ojos, porque eso es dinamita. לְשֵׁבֶט הַלֵּוִי (le-shevet ha-Leví), fueron inscritos o contados “para” la tribu de Leví. No dice que fuesen de la tribu, sino que fueron inscritos o contados entre ellos. Aquí לְ (lamed), para/hacia/dentro de, describe un acto administrativo de inclusión.
Como recordarás de nuestros ensayos previos, argumentamos de forma sólida que Moisés no parece hermano de Aarón ni tampoco miembro de la tribu de Leví. 1 Cr no solo confirma esto, sino que atestigua una reclasificación: los hijos de Moisés fueron incluidos entre los levitas.
Nadie que toma la Torá como verdad revelada inventaría una genealogía que contradice la Torá, sin ninguna utilidad aparente. Ese criterio literario apoya la verosimilitud del texto de crónicas, amén de su estilo notarial y desapasionado.
Cabría plantearse entonces cuándo se produjo esa reclasificación de los hijos de Moisés. Podemos descartar una tradición primitiva en la que Aarón y Moisés fueran hermanos, porque en tal caso no se habrían reclasificado. Durante la reforma de Josías y su órbita temporal tampoco parece plausible, pues el Moisés que describe ese periodo redaccional es muy independiente y desapegado de Aarón. Nos queda una ventana de posibilidad en el periodo exílico, es decir, después de la redacción deuteronomista y antes de Cr. Y probablemente fuese por una escuela sacerdotal, una vez el sistema sacerdotal estaba cerrado y canonizado en torno a la figura de Aarón, y Moisés no representaba ninguna amenaza institucional. El linaje de Moisés queda regularizado entre los levitas, pero no entre la casta sacerdotal, sino entre los gestores y tesoreros. Podemos imaginar la necesidad de los autores por integrar la figura profética de algún modo en el árbol genealógico hebreo. Recuerda, por cierto, que a lo largo de la Torá Moisés parece extranjero en todas partes…
Pero hay un detalle especial. Lo dejamos colgando hace unas semanas. Disculpa por el silencio y el suspense, lo reservaba para el final: la incómoda tribu de Dan.
Sacerdotes en Dan.
En el libro de Jueces tenemos la yesca y el pedernal que prenden la mecha de la dinamita. El capítulo 18 no debería existir por varios motivos: aparece un santuario no jerosolimitano, con imágenes, efod y terafim, atendido por un levita itinerante cuyo linaje ejerce el sacerdocio hasta el cautiverio.
No es algo anecdótico, es un sistema de culto alternativo, completo y funcional.
Veamos qué cuenta el capítulo, porque el texto está muy mal redactado y muy mal cosido. Un tal Micaía, laico, construye un santuario doméstico en la región de Efraín, con imagen de talla y de fundición, efod y terafim. Por otra parte, hay un joven levita de la familia de Judá que ejerce como sacerdote privado itinerante. Fijémonos en el desmadre: un levita de la familia de Judá. Micaía contrata al joven como sacerdote y este legitima el culto a YHVH en ese santuario doméstico. Entonces entran en escena unos miembros de la tribu de Dan, roban el santuario y convencen al joven levita para que cambie de bando. Y finalmente llega la frase que pone todo patas arriba:
Jue 18, 30:
“Y los hijos de Dan levantaron para sí la imagen de talla; y Jonatán hijo de Gersón, hijo de Moisés, él y sus hijos fueron sacerdotes en la tribu de Dan, hasta el día del cautiverio de la tierra.”
El texto da a entender que ese joven levita de la tribu de Judá es Jonatán, nieto de Moisés. Apaga, que nos vamos.
El texto es violentamente torpe en su redacción, se lee con dificultad y deja capas editoriales mal cosidas que parecen errores voluntarios. Micaía parece tonto, el levita parece mercenario, los danitas parecen delincuentes… Es como una caricatura de un culto que, como no se puede borrar de la historia, se pretende ridiculizar. El culto y todo el contexto que lo rodea.
La tradición masorética introduce aquí el famoso nun colgante (מֹשֶׁה → מְנַשֶּׁה), intentando leer Manasés en lugar de Moisés. Ese detalle, por sí solo, es una confesión: el texto decía “Moisés”, pero eso no se podía tolerar.
Estudiaremos ese capítulo en profundidad llegado el momento. Lo que nos interesa ahora es ese cartucho de dinamita que nos explota en las manos: había linaje mosaico que ejercía un sacerdocio alternativo y proscrito en Dan. El galimatías de la genealogía no deja lugar a dudas de tutifruti editorial: levita de la tribu de Judá, nieto de Moisés.
Esto encaja de manera inquietante con un cabo suelto que dejamos hace unas semanas: el caso del blasfemo misterioso. ¿Lo recuerdas?
Lv 24, 11:
“Y el hijo de la mujer israelita blasfemó el Nombre, y maldijo; entonces lo llevaron a Moisés. Y su madre se llamaba Selomit, hija de Dibri, de la tribu de Dan.”
Ese blasfemo era hijo de un egipcio, y su madre era de la tribu de Dan. Ya explicamos por qué ese breve pasaje es legítimo y encaja con la figura de un Moisés primitivo. Curiosamente, ese Moisés que parece extranjero en todas partes y viene de Egipto es el encargado de juzgar a un blasfemo que desciende de egipcios y danitas. Curiosamente, los descendientes de Moisés fueron sacerdotes en Dan, con un culto idólatra y alternativo al jerosolimitano. Curiosamente, los terafim o ídolos de ese culto no son ajenos a la tradición mosaica: el propio Moisés sabe fundir una serpiente de bronce que cura al pueblo con magia apotropaica. Curiosamente, el nombre de Selomit, la madre del blasfemo misterioso, es el nombre del último tesorero descendiente de Moisés que se cita en 1 Cr. Curiosamente, la Torá omite una interesante y amplia descendencia de Moisés.
Todo demasiado curioso, ¿no te parece?
Conclusión
Con este terminamos una serie de once ensayos sobre la Torá, centrados en las figuras de Aarón y Moisés como ejes protagonistas de su narrativa. Desde un principio notamos la disonancia evidente entre las diferentes capas editoriales, con especial relevancia en el contraste entre los dos personajes.
Nuestro estudio nos ha permitido deducir que el texto conservado es una fusión de varias tradiciones. Observamos que, entre ellas, se aprecia la existencia de dos fuentes primitivas inspiradoras, una de Aarón y otra de Moisés, independientes, contradictorias y en algún punto concomitantes. Es irrelevante para nosotros saber si esas fuentes primitivas son históricas o legendarias, lo importante es reconocer que son anteriores a la composición de la Torá, incluso anteriores a la redacción deuteronomista del s. VII a. C.
Lo más sorprendente ha sido descubrir que la fuente primitiva mosaica es casi inexistente en la Torá, atestiguada apenas por unos sutiles detalles que la tradición ha conservado a regañadientes. Es llamativo el contraste con la fuente aaronita, que conserva nítidos matices de verosimilitud, pese al esfuerzo de los redactores deuteronomistas por diluir su protagonismo.
Los retratos canónicos de Aarón y de Moisés que han quedado reflejados en la Torá distan mucho de sus homónimos primitivos, como es natural. Pero no lo son de forma análoga. Aarón conserva rasgos esenciales antiguos, pero el arco del personaje queda subordinado a la autoridad del héroe Moisés. Sigue siendo levita, sumo sacerdote, administrador del culto, fundador de la institución, padre de un linaje sacerdotal que, según algunas tradiciones hebreas, se extiende hasta hoy. La figura del Moisés canónico, en cambio, no conserva ningún rasgo esencial antiguo. Al contrario, adquiere otros muy sorprendentes por su enorme relevancia: centraliza la autoridad y la legitimidad, ensombrece el poder sacerdotal, instaura un nuevo marco teológico y legal.
Hemos tenido que rastrear las escasas pistas que el texto conserva, a través de libros posteriores que recuerdan una versión mosaica que no encaja con el perfil canónico. El retrato de ese Moisés primitivo es difuso. Moisés no era hebreo, sino extranjero, quizá egipcio. Estuvo vinculado a la antigua Etiopía a través de su mujer de Cus, y a Madián a través de su mujer Séfora. También estuvo vinculado de algún modo misterioso a la región de Dan, a través del blasfemo que aparece en Lv y de sus descendientes idólatras en Dan. El culto idólatra mosaico queda atestiguado por la reminiscencia de una religión arcaica representada en la serpiente de bronce. El hecho de que este símbolo tuviera que ser destruido después durante las reformas religiosas deuteronomistas lo confirma. La tradición mantuvo un recuerdo del linaje de Moisés, atestiguado por los cronistas, un linaje que los redactores de la Torá se esforzaron por borrar. No debe sorprendernos que así lo hicieran, porque es contradictorio con la imagen del líder fundador que el canon pretende transmitir. Este linaje se inscribió entre los levitas por algún motivo que desconocemos, lo cual pudo ser el germen de la asociación de Moisés como hermano de Aarón.
En definitiva, podemos intuir que hubo un Moisés de dudosa procedencia, fronterizo, taumaturgo arcaico de cultos asociados con terafim. Sus cualidades carismáticas debieron granjearle cierto poder entre los hebreos, lo cual tal vez colisionó con el poder sacerdotal de Aarón. El resto de la historia está por descubrir, o es pluma.
Queda por delante un apasionante trabajo literario para reconstruir las etapas editoriales que cristalizaron en el relato que nos ha llegado. Me propongo la tarea de ordenarlo en un próximo libro que ya he empezado: linajes perdidos, serpientes cósmicas, ídolos de bronce, cultos proscritos, lucha contra Aarón, Madián, Cus, Dan… ¿Y dónde queda YHVH en todo esto…?
Espero que puedas disfrutarlo pronto.
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