La leyenda de Thomas Edison

Vivimos en un momento histórico complejo, donde la información vuela con la desinformación a la velocidad de un clic, y a veces ni de un clic, simplemente deslizando el pulgar por un cristal. Es un momento apasionante para educarse, aprender, estudiar y profundizar en cualquier materia sin necesidad de acudir a los templos bibliotecarios, y sin rascarse el bolsillo. Todo el mundo puede, es abundante, es democrático, es barato. También es un momento apasionante para dejarse llevar por las opiniones que distorsionan la realidad, por la demagogia y la voluntad torticera de manipular creencias y emociones y conducir la opinión pública hacia actitudes sociales conformes con una ideología peligrosa para la libertad. Es un buen momento para ser libres de pensamiento, pero también un buen momento para la posverdad. Me preocupa la posverdad, porque a fuerza de repetir una cosa falsa con el megáfono de internet se consigue inculcarla entre todos aquellos que no están dispuestos a dudar y reflexionar, y son demasiados como para creer que eso no vaya a traer consecuencias en las leyes y en los derechos civiles. Y me da mucho miedo cuando la posverdad se instala tan cómodamente en la sociedad que empieza a configurar planes educativos y se enfoca hacia los niños, sembrando así la semilla de una futura prole de fanáticos confundidos. También me da pena que esto pase a la vez que resulta tan fácil contrastar una información y desvelar su máscara de falsedad. 

Esto, lo de los niños y lo de internet, me recuerda la leyenda de Thomas Edison. Quizá porque a Edison le debemos todo esto de las telecomunicaciones y porque la historia es de cuando era niño. Es solo una leyenda, apoyada en la realidad, que edulcora los hechos con fantasía para crear un mito, pero la moraleja es muy interesante. Cuenta la leyenda que Edison ingresó en una escuela nueva y a los tres meses el profesor le dio una carta para que se la entregara a su madre. Ella la leyó y se puso a llorar. Su hijo, preocupado, le preguntó por qué lloraba, si era algo malo, si le habían castigado en el colegio. La madre le dijo que no, que no era malo, que la carta simplemente decía que Thomas Alva Edison era un genio y que en esa escuela no tenían los recursos suficientes para educarlo del modo adecuado y que a partir de entonces tendría que educarlo ella en casa. La leyenda cuenta que Edison se afanó desde entonces a estudiar y a desarrollar su genialidad. De los frutos de su esfuerzo nacieron el telégrafo, la luz eléctrica, las baterías, la grabación de sonido, el cine, la bombilla… en fin, mil trescientas patentes. Eso no es leyenda. Lo que cuenta la leyenda es que cuando murió su madre, Edison, revisando con nostalgia los recuerdos encontró la carta del profesor del colegio. La abrió con ilusión para revivir aquellas palabras y se llevó una curiosa sorpresa: la carta decía que Thomas Alva Edison era estéril e improductivo y que en el colegio no podían hacer nada por él. 

La moraleja nos deja muchas cosas en qué pensar. Por un lado, lo equivocado que puede estar alguien al juzgar las capacidades de un niño, porque lo de estéril e improductivo no es leyenda. Por otro, nos recuerda lo importante que puede llegar a ser para un niño que refuercen un pensamiento en su cabeza, un pensamiento positivo en este caso. Pero también nos alarma, del mismo modo, sobre lo peligroso que puede llegar a ser inculcarle ideas nocivas, la creencia de que es lo que no es, de que el mundo es lo que no es, de que las cosas son lo que no son, de que hay alguien que tiene la certeza de cómo debe vivir, del bien y del mal absolutos. Ese alguien es el demagogo de la posverdad, el aspirante a tirano de una masa adoctrinada de sumisos a su ideología. Cuando alguien fomenta en los niños, y en los adultos, el pensamiento crítico y libre, es bueno escucharle. Cuando alguien quiere imponer una ideología es mejor no hacerlo, sea cual sea.

Vivimos en un momento histórico complejo, donde es fácil contrastar la información, pero también fácil dejarse llevar por la posverdad que abunda en los medios. Si ves a alguien que se afana por decir cómo debes pensar… duda. Si se afana por decir cómo deben pensar los niños… no hace falta que dudes.

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