Ja estem en falles

Ya se ven los brazos desnudos por la calle, asoman las rodillas y los muslos por donde pueden y los hombros se asolean amarrados con tirantes. Las chaquetas se olvidan en las terrazas, con los vasos de cerveza quemados por el sol. El suelo se cubre de alpargatas de arpillera y fallerinas, de trocitos de cartón de colores, colillas y restos de pólvora. El cielo humeante se adorna de moños, trenzas y rodetes, tocados con agujas, con lazos calados de oro y nácar, aderezo de filigranas, barquillos perlados y peinetas de tres flores. Algún sombrero cañero y monteras negras, que de todo hay. Contrastan las chanclas despreocupadas de los turistas con las medias altas de garbanzo, las mantillas de media luna, las fajas rayadas y las enaguas de dansà de retorta que asoman bajo las faldas de seda brocada de palmas. Mientras suena la banda de metal, la dolçaina afila un grito con el tabalet, repiquetean las castañuelas de marfil y los pechos de las mujeres se aprietan por encima de la chambra cruda al amparo casto del camafeo de la Maredeueta. Huele a buñuelos, a fuego y a primavera. Para celebrarlo, desayuno sentado en la tierra. Unas habas que no hacen ruido, de la planta a la boca. Las más tiernas sin pelar. Me acompaña una mosca que nunca verá las Fallas. Parece feliz.

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