El agua y la tormenta

Lluvia sobre brotes de un ciprés. Foto del autor.

Llueve, mucho. Ventea también con fuerza. El cielo es gris y uniforme, sin nubes y sin claros de luz, como una mampara inmensa, matizada de hielo, que separa de este a oeste y con el mismo tono la esfera de los dioses del mundo mortal. Dicen algunos que hace mal tiempo, no se qué del frío y algo sobre la tristeza. Qué ingenuos, no ven lo que sucede.

Son los caballos desatados de los Anemoi quienes revuelven con sus cascos rabiosos el aire, desencadenados por Eolo con algún misterioso fin. Entre ellos rugen los belfos espumosos de Tifón, y también cabalga inmisericorde el Noto, arrasando en su carrera las cosechas de otoño. Adorna la tormenta Zeus con su tronar de estrellas, relámpagos y crujidos de la bóveda celeste. Entre las grietas que procura se derraman torrentes de agua, ríos de lágrimas tal vez, que amenazan la paciencia de los hombres con el piélago del diluvio.

Pero se nos olvida, porque somos humanos, solo humanos, que esas crines violentas retornan al cabo a su establo, ya cansadas, en dócil reata. Y que después de la guerra del clima el dios de los cielos se refugia siempre en una alcoba para hacer el amor. Sobre esa tierra húmeda y fértil que dejan pacen luego los ciervos de Artemisa. Labra la diosa, con sus pies descalzos, los campos de las niñas, y apunta con sus flechas los brotes tiernos del ciprés. Anuncia el parto de la naturaleza, ¿te das cuenta?, matrona de la vida. Las semillas duras que andaban escondidas bajo los terrones se reblandecen y se abren para germinar, vírgenes fecundas. Recuerda que fue ella y no otra quien alumbró con sus manos el nacimiento de su gemelo Apolo.

Apolo es temible, cierto, azote de los hombres con plagas y enfermedades, heraldo de la muerte repentina, esa que retumba en la mente por inesperada y dinamita la esperanza por inmerecida. Pero no olvides que ajusticia a los malos con un orden que desconoces, pues bajo su imperio solo admite el equilibrio y la perfección natural. Así pues, no temas. Después de la lluvia, por fuerte que parezca, vuelve siempre arropado por el coro de las nueve Musas, camina con el sol y va sembrando belleza, armonía y sentido en nuestra dulce vida. Inspira el pincel de los artistas, el plectro de los músicos y el alma de los poetas. Hace buen día, no temas.

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