El origen de la discriminación

“La primera misión del crítico consiste en discernir, en discriminar a un lado la verdadera obra literaria, a otro su pobre simulación.”

Dámaso Alonso – Poesía Española, 1950.
Acuarela y diseño de Emequia

Hoy, lo primero que le viene a uno a la cabeza cuando oye la palabra discriminación es el trato desigual que se hace a alguien por cuestiones políticamente incorrectas, esto es, raza, religión, sexo, edad, etc. Sin embargo, ese uso es muy moderno. No es hasta los años setenta del siglo pasado cuando se extiende el nuevo significado, sobre todo en textos donde aparece mezclado con términos como subsidio, clases sociales, segregación clasista, socialización, derecho a la educación, castas, racial… Como puedes observar, el origen es político y tiene la marca de un sesgo ideológico. La discriminación lleva pues el lastre de una connotación negativa. Pero no siempre fue así, sino más bien todo lo contrario.

Estos días atrás escribí sobre la nueva ley de no discriminación que asoma por el horizonte y dejé a un lado mi postura personal sobre la discriminación en sí. Después me posicioné a favor en otro texto, arguyendo razones de bondad y libertad, no de odio y condena. En ambos casos no entré en la cuestión etimológica para no desviar la atención, pero conviene tratarlo con detenimiento para entender algunas cosas. A ello vamos.

La discriminación es el acto de discriminar, es ahí donde empieza nuestra búsqueda. Si sondeamos el Corpus diacrónico del español, nos llevamos la sorpresa de que discriminar, en cambio, casi nunca se utiliza con el sentido de trato desigual, ni siquiera después de los años setenta. En la actualidad, la RAE recoge en su segunda acepción la idea de trato desigual, pero aún mantiene en la primera el rastro de su origen: seleccionar excluyendo. Y digo en la actualidad porque hubo un momento en el que se incluyó la segunda acepción de sesgo ideológico, y tú seguro que lo adivinas: 1970. La RAE, como buen notario, da fe con ello de que ese uso se extiende de forma culta y común en lengua castellana a partir de entonces, aproximadamente. Hasta tal punto ha llegado la influencia política en nuestra forma de hablar y entender el concepto de la discriminación que incluso la primera acepción, la de seleccionar excluyendo, es muy reciente. En el diccionario de 1925, discriminar se usaba solamente en Argentina y Colombia con el sentido de separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra. El concepto se fue generalizando en lengua castellana, en 1992 aparece con esa descripción sin matices regionales. Sin embargo, en la edición de 2001, se sustituyó la primera acepción por la que hoy conocemos: seleccionar excluyendo. El influjo del sesgo ideológico es evidente.

Cabría preguntarse de dónde sacaron los argentinos y los colombianos la idea de separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra, para alumbrar un poco el camino. La raíz etimológica la encontramos en el latín discriminare. Es una palabra compuesta del prefijo dis-, relacionado con la idea de separación, y crimin-, que alude al acto de distinguir. A su vez, esta viene de la raíz cri-, en cuyo origen está la idea de selección. Al parecer, la raíz más antigua indoeuropea es krei-, cortar, separar, distinguir, que llegó al griego como krinein, separar, decidir. El sentido que los antiguos romanos le daban al verbo discriminare era sustancialmente distinto al que hoy conocemos por discriminar. Para ellos era un acto de intelección sublime, una elección en un asunto muy difícil. La distinción entre el bien y el mal, seleccionando lo legal y lo justo después de valorar los hechos que concurren, era discriminar y no otra cosa, virtud propia de las frentes más claras. En el ámbito jurídico tiene origen el concepto, aunque por extensión abarcó toda la filosofía.

No en vano, la palabra crimen en latín significa acusación, derivada de cernere, que viene de la misma raíz indoeuropea krei-. Cernere la conocemos, tenemos aún cernir, o discernir, que todavía no han sido pervertidas por la ideología política. Su sentido es, por cierto, muy similar al original de discriminar. Ahora bien, crimen, para los romanos, no era sinónimo de delito. Era más bien el instrumento intelectivo de selección, la acusación. De ahí lo importante que resultaba para ellos distinguir, separar el bien del mal, diferenciar al culpable del inocente. En una palabra: discriminar. Se conoce que para nosotros no tanto. La pequeña obra de Plutarco titulada hoy Cómo distinguir a un adulador de un amigo, venía siendo en otro tiempo De discrimina amici et adulatoris, así la cita Covarrubias en 1611, para que no se diga que me ando por las ramas.

De aquellos ecos nos alcanzó el rumor de separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra, con una connotación elevada y virtuosa. En algún momento empezó a torcerse el sentido de discriminar hasta que cristalizó en el diccionario de 1970 con la acepción segunda de trato desigual, del que no se puede separar la idea malvada de marginación. No debemos reprochar a la RAE que recoja el uso que por lo común se le da ahora a la palabra, pero sí podemos hacer un esfuerzo por no olvidar su sentido original y brillante y seguir utilizándola con propiedad, como aconseja la cultura y el buen gusto. Tampoco estaría de más que los académicos reconsiderasen el lema para dar cabida al uso clásico, para que cuando yo la escriba se me entienda, para que la cita de Dámaso Alonso tenga todo su sentido:

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BIBLIOGRAFÍA:

Alonso, D., (1993), Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos., Madrid: Gredos.

Covarrubias, S., (2001), Suplemento al Tesoro de la lengua española castellana, Madrid: Polifemo.

Neruda, P., (1993), Confieso que he vivido. Memorias., Barcelona: Seix Barral.

Plutarco, (1992), Moralia, Madrid: Gredos.

RAE: Corpus diacrónico del español. www.rae.es.

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