Perú: sobre el problema del sufragio universal

“La democracia es un abuso de la estadística.”

Borges
Pedro Castillo

De cuando en cuando, mientras leo a Borges y se cruza alguna noticia política por delante, me viene a la memoria su conocida censura a la democracia, un abuso de la estadística, algo carente de valor, según él. Se refería, no obstante, al sufragio universal, al voto, y no tanto al sistema de gobierno en el que la mayoría ostenta el poder. Supongo que estaremos todos de acuerdo en que hacer el bien a los demás y que vivamos de la mejor manera posible en sociedad es un objetivo deseable, atendiendo al beneficio del mayor número de personas y sin perjudicar a ninguna minoría para conseguirlo. Sin embargo, la forma de alcanzar ese objetivo no es tan sencilla. El ejemplo reciente de Perú siembra un mar de dudas al respecto y nos impele a reflexionar sobre el problema del sufragio universal.

La partida se la juegan Pedro Castillo, posible ganador con el 50,2% de los votos escrutados, y Keiko Fujimori, con el 49,8%, a falta de que los tribunales resuelvan las impugnaciones de algunas mesas electorales. Digamos que la mitad de los peruanos quieren que Castillo sea el presidente. Este hombre es un político de los pies a la cabeza, no se le conoce ningún trabajo honrado: dirigente de ronderos campesinos, presidente del Comité de Lucha, dentro del Sindicato Unitario de Trabajadores en la Educación del Perú, dirigente de la huelga magisterial de 2017, miembro de Perú Posible, secretario general de la Federación Nacional de Trabajadores en la Educación, candidato de Perú Libre… Tiene cincuentaiún años, nació en el seno de una familia de terratenientes en Cajamarca y no fue al colegio. Al parecer, tampoco ha resuelto sus carencias culturales por el camino autodidacta. Se han hecho famosas sus entrevistas en las que le cuesta articular una frase gramaticalmente correcta y evidencia dificultades notables para interpretar preguntas directas y sencillas. No hace falta ser Borges para dirigir un país, pero cuando alguien desprecia tanto la lengua con la que transmite sus pensamientos es de sospechar que no le habrá prestado mucha atención a sus ideas, y quizá tampoco tenga mucho aprecio por las personas a las que se dirige. Sus ideales, y los de su partido Perú Libre, son marxistas, aunque a veces diga que no, por más que lo ponga en el primer párrafo de la declaración de intenciones de su partido. Cuando le acusan de leninista, maoísta, socialista, comunista… sale al paso diciendo que la democracia Boliviana es un buen modelo de gobierno y que habría que aprender algo del sistema educativo de Singapur. Sí, hijo, de Singapur. Curiosamente, está en contra de todo eso de la perspectiva de género, el matrimonio homosexual, el aborto, la eutanasia, y posiblemente no sepa lo que es el movimiento LGTB. Se intuye que en su cabeza debe reinar el desorden de un agujero negro. Está dispuesto a nacionalizar todas las empresas peruanas y, si no lo consigue, cobrar un 70% de impuestos sobre los ingresos a las empresas. Sí, sobre los ingresos, dice. Desconoce el concepto de margen de beneficio o de utilidad de una actividad mercantil, y, seguramente, al hilo de esa ausencia tendrá muchas otras lagunas en materia económica. Propone no pagar la deuda soberana, que solo hace que molestar, y dejar así de estar al servicio del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial o de la Reserva Federal, porque solo te prestan dinero con el único objetivo de que se lo devuelvas algún día con interés. Pretende acabar con la constitución actual, porque es inmoral al promover la libertad del individuo, la libre competencia y el libre mercado, defender la propiedad privada de abusos de terceros y permitir la inversión extranjera. Sé que suena raro, pero lo pone en el capítulo II de su ideario. También se afanará en cambiar el sistema educativo, lo cual es asombroso, o paradójico, o alegórico, o épico, o tal vez chistoso, habida cuenta de que Perú es el último país del mundo en comprensión lectora y razonamiento matemático, y Pedro Castillo, demostrado analfabeto en ambas materias, el futuro presidente del país.

Por si fuera poca calamidad, a Pedro se le relaciona con el Partido Comunista del Perú, más conocido como Sendero Luminoso, la organización terrorista de la que no hace falta hablar ahora. El secretario general de Perú Libre, el partido que le aúpa al poder, está condenado por varios delitos penales y de corrupción. Vladimir Cerrón se llama, no me digas que no es casualidad. Llegados a este punto, podemos simplificar, a riesgo de perder matices, y decir que Castillo es un político populista que apuesta por una revolución campesina de raigambre comunista, en la que el Estado acapare el mayor poder posible. Con semejante curriculum, uno se podría preguntar quién demonios le vota: aproximadamente, las zonas rurales, pobres, incultas y mayoritariamente indígenas. Nada de peyorativo hay en ser rural, pobre, inculto e indígena, que nadie me malinterprete, solamente apunto el hecho de que ese tipo de población parece que se ve más reflejada en el perfil de Pedro Castillo, que lo único que no cumple es lo de cuna pobre, aunque la gente no lo sepa. Las zonas más urbanas, ricas y cosmopolitas del país le votan poco. Sirva como confirmación que los que viven fuera de Perú a penas le han dado un 30% de confianza en el voto, esas personas que emigraron un día en busca de otras oportunidades y ampliaron su perspectiva visual con nuevos horizontes, conviviendo con otras personas, aprendiendo otra lengua, otra cultura, otras formas de afrontar la vida.

Ahora bien, la alternativa es Keiko Fujimori, también indígena, pero de Japón. Ha estado dos veces en prisión por asuntos de corrupción. Hereda las riendas de su padre Alberto Fujimori, expresidente de Perú, que medra en la cárcel. Fue condenado por usurpación de funciones, peculado doloso, falsedad ideológica, malversación de fondos públicos, violación de secretos de Estado, cohecho activo, soborno de congresistas, lesiones graves, secuestro agravado y asesinato con alevosía, entre otras hazañas. Sobra decir que Keiko es, obviamente, un político de los pies a la cabeza, como Pedro. La mitad de los peruanos quieren que gobierne ella, date aire. Ante tal encrucijada, los peruanos debían elegir entre el fondo del Averno, sin luz, sin pájaros, sin libertad y sin esperanza, o el Tártaro abismal, la última mazmorra de inimaginables sufrimientos. Según parece, no se deciden con claridad, hay que ver. Y esto nos lleva al problema inicial, lo que se planteaba Borges a propósito de la democracia, o del sufragio universal.

Llegados a este punto, no será inútil reflexionar un momento sobre el sistema de gobierno que tenemos, eso que llamamos democracia, con el mecanismo de elección y voto que lleva aparejado. Por ejemplo, cabe plantearse: si todo el mundo puede votar y todos los votos valen lo mismo, el incentivo del político será persuadir a la mayor cantidad de personas de que es el candidato adecuado para gobernar, para lo cual procurará mantener a la opinión pública ocupada en temas sin sustancia, dicotomías fáciles de entender por la mayoría, mediante discursos demagógicos que solo buscan el aplauso después de la caricia emocional. De esta suerte, a Pedro le basta con blandir la espada anti Fujimoris para conquistar el corazón de los pobres, que son legión, prometiéndoles acabar con la corrupción. No importa si después lleva al país a la ruina y los pobres se mueren de hambre. A Keiko, por otra parte, le vale con azuzar el demonio del comunismo para asustar al peruano medio y que salga corriendo espantado hacia sus brazos, aunque luego el caciquismo no le deje levantar cabeza y drene de sus venas toda esperanza de prosperidad. Pero eso es lo que la gente vota. Poco a poco, el sistema de sufragio universal va separando una oligarquía, que acapara todo el poder político, del resto de la gente. Cuando te das cuenta, tu capacidad de voto se ha reducido a elegir al tirano que te robará la libertad. Los tiranos tienen suficiente con perseguir a todo el que no sea demócrata, por hereje, y anatematizar cualquier discusión filosófica al respecto. El político se afana en acaparar poder para el Estado, quitándoselo al ciudadano, de forma que en la práctica poco importe lo que vota. Pero el caso es que la gente vota, y con su voto mayoritario consiente esa expropiación. Cuesta entender que los peruanos no prefieran algo mejor que Pedro Castillo o Keiko Fujimori, cuesta mucho, pero así funciona la maquinaria de la oligarquía política, no deja resquicio para que el sentido común se exprese con inteligencia y es la opinión de la masa indocta la que termina imponiéndose.

Esa corriente populista que vertebra la nueva democracia en todo el mundo, pues no hacen otra cosa que orar en un púlpito para halagar al pueblo inculto con milagros mesiánicos imposibles, se sostiene en la envidia, el igualitarismo, la culpa y la pobreza de espíritu de la mayoría, como si de una religión se tratase. La envidia de los pocos que consiguen algo más que la mayoría, la pasión por igualar todas las diferencias, para que nadie se sienta ofendido por ser menos, el sentimiento de culpa que debe reinar en el pecho del que tiene algo que le hace destacar, el alma ruin de aquellos que prefieren el daño ajeno a cambio de no sentirse inferiores. Esos son los pilares de la democracia moderna, en la que el pobre de espíritu no solo ha de ser libre, sino que ha de ser elevado a los altares de la excelencia como el que más, aplicando el único mecanismo que se conoce para conseguirlo: cortarle las piernas a todo el que sobresalga de la mediocridad. Andando ese camino hemos llegado a absurdos como que una negra transexual en paro a la que le falta un brazo es moralmente superior a un blanco que pinta fachadas en agosto con todos sus miembros y le tiembla el andamio al ver pasar una minifalda. No basta con que sean ambos dignos de igual manera de ser libres, no, hay que quitarle dignidad a uno para dársela a otro, sin importar sus pensamientos ni su corazón.

Sin embargo, hay otro camino posible, que no es el de la mayoría. Podemos guiarnos por las huellas que dejan los escasos espíritus sobresalientes, con admiración. Podemos elevar al matemático que nos deslumbra con sus deducciones abstractas, al científico que se desentraña los misterios de las células o de las galaxias, al pintor que retrata versos con cuatro pinceladas y al poeta que dibuja los contornos de la belleza. Podemos amar al filósofo que hilvana entelequias como nadie y al sabio que ha leído todos los libros, y también al empresario que inunda el mercado de ropa, comida, muebles, teléfonos y consejos a un precio competitivo, y da trabajo a miles de personas que no tienen su mismo ingenio y oportunidades. Podemos proteger a las personas brillantes, emular su esfuerzo y ponerlas de faro en orilla de lo desconocido. Constituyen el patrimonio más valioso de una sociedad. Su luz nos hace a todos prosperar. Pero también podemos preferir ser todos iguales, despreciar lo que pueden enseñarnos, caminar por las sombras de la mayoría votando a políticos mediocres, y ahogarnos en el vacío de la envidia y la pobreza.

Quizá quitarle poder y competencias al Estado, devolverle la libertad a las personas y seguir los pasos de los mejores nos ayude.

*

Si quieres estar al tanto de mis publicaciones solo tienes que dejar tu correo y te llegará una notificación con cada texto nuevo:

*

Si te gusta mi trabajo y eres tan amable de apoyarlo te estaré siempre agradecido. Así me ayudarás a seguir creando textos de calidad con independencia. Te lo recompensaré.

Puedes suscribirte por 2 € al mes. A cambio tendrás acceso a todo el contenido exclusivo para suscriptores y te librarás de la publicidad en la página. También recibirás antes que nadie y sin ningún coste adicional cualquier obra literaria que publique en papel. Puedes abandonar la suscripción cuando quieras, no te guardaré ningún rencor.

1 comentario en “Perú: sobre el problema del sufragio universal

  1. Popper decía que el valor de la democracia no era que garantizase buenos gobiernos, sino que nos protegía de los malos. De ahí la importancia de las instituciones. El problema de las democracias frágiles es que esto no sucede del todo. Las instituciones de EEUU pudieron sobrevivir a Trump más de lo que las débiles instituciones latinoamericanas pueden sobrevivir a los líderes autoritarios. El sufragio debe complementarse con instituciones que protejan a la gente de los abusos y cambios arbitrarios de reglas. Por eso los líderes autoritarios odian las instituciones. Interesante tu análisis, un gusto leerlo.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close