¿Qué es el tiempo?

“En un carro y en un trono, fabricado éste de conchas de tortugas, arrastrado aquél de rémoras, iba caminando la Espera por los espaciosos campos del Tiempo al palacio de la Ocasión.

Gracián – El discreto, 1646.

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Steampunk, Reloj, Mecánica, Tiempo, Antigua

El concepto filosófico del tiempo, desde la antigüedad, ha sido el más escurridizo para nuestro entendimiento. Por más que los sabios de toda época se hayan esforzado en ponerle bridas, se nos escapa, como el aire entre los dedos. Y ahí corre libre hasta hoy, inexorablemente, sin que nadie sepa lo que es. Nuestra intuición nos hace pensar que el tiempo es una magnitud física escalar, sin direcciones preferidas, que avanza eternamente con un ritmo absoluto en el que los sucesos se van ordenando causalmente. Pero cuando profundizamos en el estudio de la naturaleza no dejamos de comprobar que nuestra intuición es un personaje del que no te puedes fiar. El tiempo no es eso.

De tan esquiva, su definición ha ido evolucionando con los avances en el conocimiento natural, y no dudo que lo seguirá haciendo en el futuro. Según la RAE en 1780, el tiempo es la duración sucesiva de las cosas, gobernada y medida por las revoluciones del primer móvil y el movimiento de los astros. Si bien es una definición práctica que no satisface la gran pregunta, apunta un aspecto interesante, a saber: que el tiempo está relacionado con el movimiento desde el origen del universo. Al parecer, sin nada que se mueva no hay tiempo; si nada cambia su posición en el espacio, el tiempo no transcurre. Resulta inquietante esta idea temprana, mucho antes de que Einstein enunciara la relación del continuo espacio-tiempo. Imaginemos un protón, solitario, en un universo pequeñito, completamente inmóvil. Ya sé que es absurdo, pero… ¿qué sería el tiempo para él?

En 1817, para sacar los pies del barro en el que se había metido, la RAE simplificó la definición con esta sencillez casi recursiva que no aclara nada: medida de la duración de las cosas. En 1884, cuando se estaban gestando los grandes descubrimientos en física teórica, volvió a cambiarla de una forma poco concluyente: duración limitada, por oposición a eternidad. Fue en 1925, después de las revelaciones de la relatividad, cuando la RAE afina el tiro y nos deja una definición interesante que no ha cambiado hasta hoy: duración de las cosas sujetas a mudanza. Reconocemos una cierta circularidad cuando dice que el tiempo es «duración,» pero lo novedoso está en «las cosas sujetas a mudanza.» De algún modo, se vuelve a la idea de cambio. El tiempo, al parecer, es una medida del cambio, sin el cual no existe. Lo sé, esto siembra más dudas de las que resuelve, pero al menos acota el campo de lo que el tiempo no es.

Decía Hermes Trimegisto que el Tiempo creó a la Transformación. Por más hermético que parezca su pensamiento, quizá sea así. Nos da pie para empezar por Aristóteles, quien apuntaba que la naturaleza es un principio del movimiento y del cambio. No salgo de mi asombro, por cierto, cuando compruebo, una y otra vez, que Aristóteles ya se había batido el cuero en todos los ámbitos que agitan nuestra curiosidad de conocimiento, y que señalaba el camino adecuado con una puntería mágica. El movimiento, añadía, es imposible sin el lugar, el vacío y el tiempo. Ahí tenemos ya la relación misteriosa entre el tiempo y el espacio, y el cambio parece ser aquello que los gobierna. «Sin cambio, no hay tiempo,» así comienza su definición, no en vano. Como si hubiese viajado al futuro para conocer la relatividad de Einstein, nos asegura que «el antes y después son ante todo atributos de un lugar, y en virtud de su posición relativa.» Antes de abordar una definición concreta, nos deja este exquisito trabalenguas:

«El antes y después en el movimiento, cuando el movimiento es lo que es, es movimiento, pero su ser es distinto del movimiento y no es movimiento.»

Concluye Aristóteles con su famosa definición: el tiempo es el número del movimiento, no aquello mediante lo cual numeramos, sino lo numerado. Es decir, el tiempo es la articulación del antes y el después del movimiento, en tanto que numerable. Sea bastante hasta aquí con las ideas del filósofo para nuestro propósito, sin ahondar en aquello en lo que erraba o en sus conceptos persas sobre el tiempo cíclico, que no acabaríamos nunca. «El número mínimo en sentido absoluto es el dos,» así empieza la descripción de los atributos del tiempo, y la madeja de ese ovillo es demasiado grande como para estirarla toda hoy. Quedemos satisfechos con la relación que establece entre tiempo y cambio, o movimiento, o espacio, y dejemos para luego esa idea de que «el tiempo es simultáneamente el mismo en todas partes,» porque, como veremos, no es así. En algún tiempo todas las cosas llegan a ser fuego, que decía Heráclito, y sigamos.

El problema es tan resbaladizo que es célebre la cita de las Confesiones de San Agustín:

«¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta no lo sé.»

Quizá ninguna otra sea tan acertada, desde hace dieciséis siglos. Consiente que el tiempo es una medida del movimiento, pero no solo eso, sino también una medida de sí mismo, concluyendo que debe ser una especie de distensión.

«Los tiempos se forman con los cambios de las cosas, con las variaciones y sucesiones de las formas sobre la materia.»

Para que exista tiempo debe haber movimiento, pero a su vez, añade, algo material debe moverse, es decir, el tiempo requiere de la existencia de materia. Aunque parezca infantil, las implicaciones de este razonamiento son asombrosas. Imaginemos un universo vacío y quieto: ¿qué sentido tendría hablar de tiempo? Más aún, ¿podríamos hablar de «universo»?

El obispo, inquieto en la metafísica, nos ha dejado algunas reflexiones paradójicas que no son triviales. Por un lado, pensó que el pasado y el futuro no existen, sino solo el presente, el cual es tan efímero que no tiene extensión. De ello deduce que no se puede medir el tiempo presente. Añado yo que entonces solo se puede medir el que no existe, y la paradoja está servida. San Agustín se sacude el problema dando a luz otro mayor aún: lo que yo mido presente es la impresión que las cosas dejaron al pasar, no las cosas que produjeron esa impresión. Esto nos conduce a una definición de tiempo intangible e intuitiva, a priori del movimiento y de la materia, tal vez sin existencia real. Para finalizar la concepción del tiempo en su mundo religioso, sube hasta el cielo y mezcla la eternidad con Dios y los ángeles con las almas en un cenagal imaginario en el que no vamos a entrar. Cambio, materia y quizá intuición, quedémonos con eso.

En 1687, Newton pone cerco al tiempo en sus Principia Mathematica, con esa precisión mecanicista que le salía de natural:

«El tiempo absoluto, verdadero y matemático, en sí mismo y por su propia naturaleza, fluye uniformemente y sin relación a nada externo.»

Contrasta de plano esta perspectiva con las anteriores. Si bien no lo ha definido concretamente en esta cita, debemos interpretar que el tiempo newtoniano es algo absoluto que existe y fluye independientemente del universo, de forma regular y constante. Del mismo modo entiende el espacio: absoluto, infinito, inmóvil, homogéneo, euclidiano, que existe con independencia del tiempo y de su contenido, y cuyas propiedades dependen solamente de él mismo. Ahora bien, en lo que sí encaja la idea de Newton con lo que veníamos contando es en que la materia, para existir, necesita de un espacio, y, para cambiar, necesita del tiempo. Sin la preexistencia del tiempo la materia sería inmutable y eterna. Sin el espacio, inexistente. Podríamos decir que para Newton el espacio estaba ahí antes de que Dios pusiera las cosas dentro para que existieran, que el tiempo ya estaba fluyendo para que los cambios sucediesen. Hemos de reconocer la limpieza y elegancia de la idea. Sin embargo, la evidencia no concuerda con sus presupuestos, amén de que no hemos resuelto la gran pregunta de qué es el tiempo. Newton apuntala algunas propiedades del tiempo: es absoluto, es una realidad objetiva, es anterior a la materia, es necesario para que se produzcan cambios en ella, es independiente de dichos cambios. Pero esto no es así según la perspectiva relativista, como veremos más adelante: los movimientos en sí mismos no tienen sentido absoluto, sino relativo; el tiempo es una idea que ayuda a ordenar causalmente los movimientos; el cambio material construye la idea de tiempo. No en vano, de acuerdo con Virgilio Niño, tanto Leibnitz como Berkeley y Huygens discutían la postura newtoniana y sostenían una idea diferente: el tiempo no tiene una realidad objetiva fuera del sujeto, no es más que una idea humana condicionada por la materia.

En 1781, Kant, en su exposición metafísica del tiempo, sostiene que no es un concepto empírico extraído de ninguna experiencia, sino una representación necesaria que sirve a todas las intuiciones, una forma pura de la intuición sensible. En su exposición trascendental añade los conceptos de cambio y movimiento: el cambio solo es posible en la representación del tiempo y a través de ella. Si esa representación no fuese una intuición a priori no habría concepto alguno que hiciera comprensible la posibilidad de un cambio. En consecuencia, el tiempo no es algo que exista por sí mismo, algo que subsista después de abstraer todas las condiciones subjetivas de su intuición. No es otra cosa, dice, que la forma de intuirnos a nosotros mismos, no es nada más allá de su relación con nuestra intuición. El tiempo no es inherente a los objetos, sino simplemente al sujeto que los intuye. Coincido contigo, estimado lector, en que este galimatías no resuelve nuestra pregunta primera, pero apunta hacia direcciones muy sugerentes sobre lo que el tiempo no es. No será inútil tener presente este razonamiento de Kant, así como el de Aristóteles, para concluir una definición del tiempo más adelante.

A mi juicio, el punto de inflexión en este asunto llega en 1905 con Einstein. La publicación de la teoría de la relatividad especial fue un cataclismo que dejó en ruinas no ya los cimientos de la física clásica, obviamente, sino que prendió en llamas multitud de conceptos de orden filosófico, cuyas ascuas todavía nos queman los pies…

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BIBLIOGRAFÍA:

Agustín de Hipona, (1997), Confesiones, Madrid: Biblioteca de autores cristianos.

Aristóteles, (2002), Física, Madrid: Gredos.

ENCLAVE.

Gracián, B., (1993), Obras completas, Madrid: Turner.

Hermes Trimegisto, (2011), Corpus Hermeticum, Madrid: Edaf.

Kant, I., (1999), Crítica de la razón pura, Madrid: Alfaguara.

Newton, I., (2011), Principia Mathematica, Madrid: Tecnos.

Niño, V., (2001), El tiempo en la mecánica de Newton, la relatividad especial y la mecánica cuántica, Colombia: Revista Colombiana de Filosofía de la Ciencia, vol. 2, núm. 5, 2001, pp. 25-34, Universidad El Bosque.

Wilhelm, R., (2017), I Ching, el libro de las mutaciones, Barcelona: Edhasa.

2 comentarios en “¿Qué es el tiempo?

  1. Excelente recorrido por las definiciones del tiempo, muy estimulante. Me hizo recordar un texto de Asimov, que recomendaba no intentar definir el tiempo, sino tan solo medirlo. Por supuesto, esa recomendación es muy sabia en muchos aspectos, pero nos deja con cierta insatisfacción. Saludos!

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    1. Gracias Franco, siempre tan instructivo en tus comentarios. En realidad el texto alcanza mucho más allá de las definiciones, ahonda en los nuevos conceptos de tiempo que los avances en la física nos han dado en el último siglo y especialmente en la última década, y, para rematar, aporto una perspectiva nueva y genuina de mi propia investigación, como suelo hacer en todos los textos exclusivos para suscriptores. Creo que es un valor añadido de calidad para aquellos que apoyan mi trabajo con la suscripción. Asimov tenía casi toda la razón, por cierto, porque eso de medirlo… tampoco sabemos cómo hacerlo.

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