Antivacunas y negacionistas

«No llegué a la salud ni ciertamente llegaré a ella; calmantes más que remedios confecciono para mi podagra, asaz contento si me ataca más de tarde en tarde y si roe con fuerza menor.«

Séneca – Epístola a Galión.

A nadie se le ocurre tomar protector gástrico cada mañana, ni calzarse unas rodilleras para salir a pasear, ni tomar antibiótico todas las semanas. A nadie, y menos todavía a alguien sano. Nadie sometería a sus hijos a semejantes tratamientos. Nadie haría ese disparate, sobre todo sin la supervisión de un especialista. Sin embargo, no existen los antiprotectoresgástricos, ni los antirrodilleras, y mucho menos los antiantibióticos, que es palabra horrenda y no debiera pronunciarse ni ungido con la extremaunción. Ahora bien, si eres un niño sano y prefieres no tomar una vacuna sin prescripción médica, entonces eres un antivacunas, quizá un negacionista, y a poco que te descuides un apóstata. Como decía Aristóteles, estudiemos el asunto separadamente en sus partes.

Todos conocemos el omeprazol, es un protector gástrico. Con esas intenciones, las de proteger el estómago, deberíamos tomarlo a todas horas y en generosas cantidades, desde bien niños y hasta el final. Sin embargo, hay algo en nuestra intuición que sugiere no abusar de esa pastilla, y lo tomamos solamente en casos muy concretos y, con frecuencia, con prescripción médica. En realidad, el omeprazol es un inhibidor de la bomba de protones del organismo, con lo cual reduce la producción de ácido clorhídrico durante las digestiones. Su consumo prolongado genera insuficiencia de magnesio. Si tiramos de ese hilo metálico, desmadejamos un ovillo de consecuencias dañinas para el organismo en las que no necesitamos profundizar para saber que no hay que abusar de él. ―Perdóname la antimetáfora y deja que desmadeje la madeja, que se me sale la poesía con el frío―. Un ser vivo es un mecanismo asombrosamente sofisticado, cuyos equilibrios ha dirigido con buen tino la naturaleza después de millones de años de evolución. Cualquier retoque humano ha de ser leve, cuidadoso y supervisado por un experto, so pena de error fatal. El omeprazol es una bendición para quienes padecen de úlceras. Para una persona sana es innecesario en el día a día.

Las rodilleras, las muñequeras, tobilleras, coderas, fajas y esos apretamientos de mal gusto nos ayudan a proteger articulaciones y zonas frágiles cuando vamos a someter al cuerpo a un esfuerzo extraordinario, por más que sean feos. De nuevo, con su bondadosa intención de proteger, deberíamos usarlos siempre, desde el nacimiento. Pero solo un insensato dejaría que el desarrollo natural de las articulaciones de un niño se viera comprometido por el uso de tales artefactos desde el nacimiento, aunque nos parezcan frágiles y tiernas cuando empiezan a caminar. La intuición, y quizá toda la evolución humana, nos conducen a la conclusión de que sin ayuda se fortalecen mejor.

Los antibióticos los utilizamos con cautela y rara vez, solo cuando el médico así lo receta para echarle un cable a nuestro sistema inmune, cuando se le atraganta una infección y por sí solo no consigue acabar con ella, y viene la fiebre y la flojera, y parece que la vida empieza a no tener sentido si ha de ser a costa de ese sufrimiento. Y, después de tus siete días de tratamiento, como vuelvas a enfermar ya no sabe el médico qué darte, conocedor de que esa bala no se puede reutilizar constantemente. Es más, ante el patógeno, suele ser preferible dejar al organismo que actúe y venza, quizá paliando los síntomas con analgésicos, antes de utilizar la pólvora de rey.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, no sé por qué, si alguien sano, joven y con un sistema inmunológico feliz prefiere afrontar un virus contagioso a porta gayola en lugar de vacunarse se le llama antivacunas, aunque sea capaz de superarlo con síntomas leves. El mismo personaje que no era antiantibióticos ahora es un negacionista que debe ser excomulgado. Pongamos un poco de orden semántico. Negacionista es aquel que niega una evidencia científica, como la esfericidad de la tierra, o niega un hecho histórico, como la existencia de los faraones en el antiguo Egipto. Las vacunas son preparados químicos que producen en el organismo respuestas defensivas. En origen consistían en virus vacunos que, inoculados en el cuerpo, protegían de las viruelas mediante la producción de anticuerpos. Negacionista será aquel que ponga en duda esto. Hoy los avances en medicina han conseguido este tipo de respuestas inmunes para multitud de enfermedades que en su ausencia podrían causar graves problemas de salud. En general, su prescripción es aconsejable en casos concretos, cuando se sospecha que el sistema inmunológico no cuenta con la experiencia suficiente para exponerse al patógeno de forma natural. El mejor ejemplo es el de la vacunación previa a un viaje al centro de África, donde existen patógenos para los cuales un noruego no tiene todavía anticuerpos, ni fuerza inmunológica para sobrevivir a la fiebre amarilla así por que sí. Ahora bien, si está sano y fuerte probablemente pueda exponerse a todos los virus comunes de Copenhague sin necesidad de ayuda. Es más, está expuesto a todos ellos a diario y sigue vivo, capeando los mocos y la tos con miel y limón ―porque no conocen el brandy de jerez―, tirando de analgésicos y cama cuando el invierno se le hace duro y acudiendo al médico y a los antibióticos en casos extremos. Así sobreviven los noruegos, por raro que parezca, y bien hermosos que están. La vacunación indiscriminada en tales casos, es decir, vacunarse de todo por si acaso, sea cual sea tu condición de salud, sin la prescripción particular de un experto, y máxime hacerlo constantemente, todos los años, no produce en el organismo la respuesta inmunológica adecuada, sino más bien lo contrario, un desequilibrio de su fortaleza natural. Es obvio que para algunas personas no hay otra solución mejor, que por sí solas no pueden hacer frente a los virus sin ayuda, igual de obvio que para otras es innecesario o incluso contraproducente. Lo que mejor inmuniza contra un virus es superarlo de forma natural. Una persona puede preferir exponerse, por ejemplo, a la gripe naturalmente en lugar de vacunarse, conocedor de que su organismo sale siempre victorioso de tal enfrentamiento, y cada vez más fuerte. Eso no lo convierte en un antivacunas, porque quizá también sepa que para otras personas la vacuna puede ser un gran alivio.

Por otra parte, no hay que olvidar que las vacunas generan en el organismo una respuesta defensiva. Sus consecuencias pueden ser negativas. Tan es así que no están indicadas en todo caso, más bien al contrario. Pongamos un ejemplo, a ver si sabes cuál es: esta vacuna no se debe tomar si le tienes alergia, o si estás embarazada, o si tienes un sistema inmune débil, bien por enfermedad o bien por otro tratamiento, o si tienes antecedentes de problemas en el sistema inmune, o si tomas aspirinas, o si te han hecho una transfusión, o si tienes tuberculosis o algo parecido, o si ya te han puesto recientemente otra vacuna, o si estás simplemente pachucho de cualquier cosa. En todo caso, puede provocar dolor en la zona de la inyección, sarpullido, fiebre, convulsiones, desmayos, quedarte con la mirada perdida, erupción cutánea en todo el cuerpo, neumonía, meningitis y, rara vez, la muerte. Supongo que ya lo has adivinado: es la vacuna de la varicela, una de las más efectivas y seguras, con cincuenta años de datos clínicos. Nótese también que la varicela es una enfermedad considerada benigna, esto es, que causa síntomas leves y rara vez mortales.

Como ves, sin necesidad de entrar en el fondo de la cuestión ni argumentar conspiraciones paranoicas, existen muchas causas por las que una persona puede preferir no vacunarse contra un virus concreto, sobre todo si confía en su propio sistema inmune para superarlo, sobre todo si la vacuna no dispone aún de décadas de datos contrastados, y sobre todo si un especialista no analiza con cuidado el caso particular y lo prescribe. Hay motivos también para lo contrario. Lo cual no convierte a unos en antivacunas y a otros en insensatos. No es una guerra, no hay por qué tomar partido por un bando, no hay bandos. El conocimiento tranquilo nos enseña que hay una gama infinita de colores. Así pues, conviene llamar a las cosas por su nombre y no exagerar las palabras, porque luego vienen los estigmas sociales, la segregación y el odio, y no tenemos vacuna para eso.

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