El semen y la menstruación.

«Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada.»

Levítico 15:19
Pic by @deonblack – Unsplash

No hay cosa peor que el sexo en el ser humano, nada más repugnante que las inmundicias sexuales. El semen y el menstruo son tan abominables como la peste, o peor, porque infectan el espíritu. Eso se deduce de una lectura desapasionada del Levítico, uno de los libros del Antiguo Testamento, o de la Torá si se quiere. Es una especie de manual de sacerdocio, que versa sobre las normas y sacrificios para ilustración de los levitas, de ahí su nombre. Según el libro, nada hubo más despreciable y pecaminoso que lo relativo a la sexualidad. De esa misma fuente bebe el cristianismo y el islam, respetan el Levítico como palabra de Dios. Si bien estos últimos no observan esas normas, porque estaban dictadas para los judíos exclusivamente, han sabido destilar un desprecio asombroso por todo lo que huela a sexo. No es necesario que te recuerde todos los tabúes y prejuicios que existen todavía en nuestro entorno sobre ello, y todas las normas al respecto: prohibido comerciar con pornografía aquí, prohibido enseñar las tetas allí, prohibido ir sin burka allá… en cada rincón, su mierda.

¿A qué se debe tanto celo por el sexo? Es lo más natural, amén de imprescindible para la vida. Ninguna especie viva se preocupa por esto, al contrario, exhiben muestras escandalosas de cortejo sin pudor en medio de la naturaleza. Es más: es lo primero, lo importante, el resto va después, incluso la alimentación es secundaria. Ante la disyuntiva de si comer o tener sexo, ningún animal duda, incluso a riesgo de perder la vida en el acto. Es el principio, y, por más que nuestros malabarismos morales se empeñen en lo contrario, lo tenemos grabado en los genes para que nadie lo olvide del todo.

Entonces, insisto, ¿a qué se debe tanto celo por el sexo? Si indagamos más atrás de los textos judíos no encontramos ese rechazo a la sexualidad. Al contrario, sobran los dioses de la sexualidad, los ritos sexuales y las ceremonias en honor de la fecundidad: el enorme pene de Príapo, tan alegre, las orgiásticas bacanales de Baco, Qadesh, desnuda y envuelta en lotos y serpientes, la cornucopia rebosante de abundancia, las afrodisias, en las que las sacerdotisas compartían sexo con los fieles para adorar a su diosa Afrodita… Como ya te dije en otro lugar, hay felicidad, flores, uvas, cuernos y serpientes por todas partes alrededor del sexo. De Eros, dios primordial, nos queda el erotismo, y de Venus, la diosa del amor, nos queda la veneración. Del judaísmo, en cambio, nos queda el dios del miedo, del pecado y de la prohibición.

Partimos de un pacto incondicional entre Dios y el pueblo de Israel, que no se anula bajo ninguna circunstancia, pero cuyas bendiciones divinas requieren el sometimiento de la voluntad del pueblo, la obediencia ciega. La desobediencia trae, por contra, maldiciones. Cuenta el libro que Dios transmitió personalmente las normas de obediencia a Moisés en el Sinaí, este a Aaron, y este al pueblo. Si esto es cierto, de nada debemos preocuparnos más que de obedecer: Dios omnipotente y misericordioso nos aconseja bien, desea lo mejor para nosotros. Pero cabe la posibilidad de que el libro, concretamente las ordenanzas del Levítico, las inventara una persona normal, probablemente un levita, sin que Dios le dictara nada. En Moisés y Aaron, si existieron, recae esa sospecha. De ser así, las reglas que recoge la Torá, o al menos las del Levítico, son entonces una aberración subjetiva que nada tiene de divino. A mayores, el pacto entre Dios y el pueblo de Israel sería tan solo una servidumbre del pueblo hacia los redactores de las normas: la obligación de someter su voluntad con obediencia ciega. Si esta posibilidad es la que sucedió, y recordemos que la alternativa es que el texto lo dictó Dios en persona, las ordenanzas servirían no ya para purificar y salvar a un pueblo, sino para gobernarlo, habida cuenta de que, en ausencia de Dios dictando, ningún pecado hay que lavar. Es aquí donde podemos encontrar la semilla de la necesidad de proscribir el sexo, el arma más natural para sentirse libre, el objeto por el que cualquier animal de la naturaleza es capaz de abandonarlo todo sin mirar atrás, el principio vital. A un perro se le puede enseñar a dar la patita, a sentarse, a no comer hasta que recibe la orden, a rescatar a un náufrago… pero si aparece una perra en celo no hay Dios que lo sujete ni palo lo bastante duro para que no la cubra. Los humanos somos igual, salvo que anide en nuestro cerebro un sentimiento antinatural de pecado y de suciedad.

Cabe recordar que los levitas son los miembros de la tribu de Leví, esto es, quienes fueron los sacerdotes de los judíos, encabezados por Aaron y Moisés. Los sacerdotes no eran solo líderes religiosos, también eran jueces supremos y legisladores. Dicho de otro modo, eran quienes dirigían al pueblo judío, los jefes. Y te pregunto, qué mejor manera puede haber de controlar las voluntades de un pueblo que controlar su sexualidad. Y para ello, qué mejor manera de hacerlo que inculcar la creencia de que el sexo es malo, salvo en determinadas condiciones prescritas por los sacerdotes. Y, por último, qué mejor manera de inculcar tales ideas que manchar los fluidos sexuales con el estigma de la impureza y la maldición. Es aquí donde el capítulo 15 del Levítico ataca con una fuerza devastadora. Es un texto tan aberrante que hasta los defensores más fanáticos del libro evitan comentar el capítulo 15. No lo escucharás en ningún sermón, te lo aseguro. Así empieza:

«Cualquier varón, cuando tuviere flujo de semen, será inmundo.» Levítico 15:2.

Todo lo que toque será inmundo, por ejemplo, la silla donde se siente. Todo el que le toque o toque algo que haya sido tocado por él, será inmundo también. Si toca una vasija de barro, lástima, «será quebrada», ahí no basta con lavarla. Hasta pasados siete días después de lavarse será inmundo. Al octavo día, el que fue inmundo llevará dos tórtolas al sacerdote, quien quemará una en holocausto y hará ofrenda de la otra, para expiar el pecado. Y esto se lo dice Dios textualmente a Moisés y a Aaron. Y yo me pregunto, ¿qué pecado? ¿el de tener semen? ¿acaso no fue Dios quien nos hizo de esa manera?

Este versículo es mi preferido: «Y si el que tiene flujo escupiere sobre el limpio, este lavará sus vestidos, y después de haberse lavado con agua, será inmundo hasta la noche.» Levítico 15:8. Resulta asombroso que el texto, bastante escueto, contemple esa posibilidad. Quizá esté justificado por la costumbre en algunas culturas de escupirle a alguien como muestra de desprecio. Se me antoja suficiente motivo como para lavarse que le escupan a uno, algo que no necesita explicarse en una ordenanza, pero bueno… en cualquier caso, me resulta difícil entender la manera de pensar del que escribió esto, y totalmente inexplicable que haya quienes piensen que es palabra de Dios.

Como puedes intuir, cuando un hombre tenga flujo de semen con una mujer, ella será inmunda también. En fin. Solo Dios sabe cuántos trastornos mentales habrá provocado el Levítico 15, cuantos votos de castidad innecesarios, celibatos y sentimientos de culpa. Pero al fin y al cabo, el semen se puede evitar con una enorme fuerza de voluntad. Pero el menstruo no, eso viene cada cuatro semanas de forma tan inexorable como las fases de la luna. Y qué dice el Levítico, pues ya te lo imaginas:

«Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada.» Y en consecuencia, todo lo que toque será inmundo, todo el que entre en contacto con cualquier cosa que toque, será inmundo también, y etc., así en una cadena de contaminación imposible de parar hasta que sea inmundo todo. Y después de los siete días, al octavo, ya sabes, las dos tórtolas para el sacerdote. Y ojo, que ser inmundo no es poca cosa: «a fin de que no mueran por sus impurezas por haber contaminado mi tabernáculo.» Levítico 15:31. La muerte, no menos, recaerá sobre el inmundo que pise el tabernáculo.

De esta suerte, una mujer con la menstruación un poco larga se puede pasar la mitad del tiempo apartada de la sociedad, mientras sea fértil. En todo caso, no menos de ocho de cada veintiocho días, la cuarta parte del tiempo. Como puedes imaginar, será muy difícil, con tales prohibiciones, que participe libremente de la actividad social. Si ha de estar apartada, ha de estar mantenida, y, por tanto, ha de ser servil. Con esta estrategia, los líderes pueden someter a servidumbre a la mitad de la población. La voluntad de la otra mitad no será muy difícil de obtener, en tanto en cuanto harán lo que sea necesario para alcanzar lo más importante de su naturaleza, el sexo: a cambio de ese capricho renunciarán a cualquier otra libertad. En la práctica: dime qué es lo que tengo que obedecer y cuáles son las condiciones, pero deja que me acueste con mi mujer.

Los más fanáticos del libro te dirán que el sentido del capítulo 15 del Levítico es el de proteger de enfermedades en ese contexto del desierto, ya sabes. Pero no, son palabras textuales de Dios, que habría sabido explicarlo de mejor manera si de verdad hubiese dictado tales ordenanzas. Porque Dios sabe de sobra, porque es Dios, lo que son los fluidos sexuales, que para eso los creó él.

El caso es que todo esto es una estupidez de proporciones bíblicas, si me permites la broma. Tanto el semen como el menstruo son inocuos para la salud, se pueden administrar como tópico y por vía oral sin ningún problema. De tan naturales, aburre tener que recordarlo. Por suerte, las sociedades evolucionadas hemos aprendido a vivir con ello sin pudor, también sin alardes, y quien más y quien menos nos hemos visto en el brete de lidiar con esos dos fluidos sin prejuicios, con placer incluso, en ocasiones hasta mezclados, y hemos aprendido a limpiarlos con agua sin darle mayor importancia al asunto. ¿Te imaginas que no fuera así? ¿Te imaginas que derramar semen en según qué parte se considerase violencia de género? ¿Te imaginas que se apartase a las mujeres cuando tienen la regla? ¿Te imaginas que se les diera la baja laboral por ello? No, ¿verdad? ¿Qué interés podría tener ningún líder en hacer tal cosa?

¿Cómo era aquello…? Ah sí: un pacto incondicional, que no se anula bajo ninguna circunstancia, cuyas bendiciones requieren el sometimiento de la voluntad del pueblo, la obediencia ciega…

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