El diablo cojuelo

«Estos cinco dedos pongo en este muro, cinco demonios conjuro: a Barrabás, a Satanás, a Lucifer, a Belcebú, al Diablo Cojuelo que es buen mensajero, que me traiga a Fulano luego a mi querer y a mi mandar.»

Conjuro de amor, circa s. XVII

«Yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo truje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, los comos, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales, y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.»

Así se nos presenta el pequeño protagonista de El diablo cojuelo, una obra breve en prosa de Luis Vélez de Guevara, que vio la luz en la madurez del barroco español, como no puede ocultar su pluma, en 1641. Es un ejemplo brillante de las mejores letras del barroco, de ese conceptismo del que fue príncipe Quevedo, con el cual tiene no pocas semejanzas, y de la ligereza aparente de esa dicción ágil y jocosa que no pierde la ocasión de darle tres sentidos a una palabra en la misma frase y sacarte, por un lado una sonrisa, y por otro una duda. Es literatura de altos vuelos, preñada de voces olvidadas y de una melodía deliciosa, pese a no ser en verso, aunque los hay, para salpimentar la salsa y arrancarse las espinas del dedo de metrificar.

Y si no me crees, aquí tienes un botón de todo lo de más arriba, la descripción que hace el narrador del diablillo, con los ecos del dómine Cabra de Quevedo resonando en inspirador homenaje:

«y volviendo los ojos al suelo, vio en él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania; los pelos, de nacimiento ralos, uno aquí y otro allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que, si no es para venderlos en manojos, no se juntan. Bien hayan los berros, que nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte: perdone la malicia de la comparación.»

Como ves, era hombre de orden y educado, y a la mínima ocasión no pierde la oportunidad de meterle el dedo en el ojo a la Corte, léase, a los políticos y poderosos que andan enredando en Madrid para tormento de la gente de bien. La similitud con Don Francisco, por cierto, la cita explícitamente en medio de la obra, como es propio de gente agradecida y humilde: «… de lo que dice el ingeniosísimo Quevedo en su Buscón…«

Vélez de Guevara nació en Écija allá por el 1579, haciendo ramillete con Góngora, Lope, Cervantes, Quevedo, Gracián y Calderón, por citar solamente las flores más fragantes y coloridas. Sé que es poco conocido hoy, pero en su tiempo todos estos le tenían por un igual, y con toda la razón. Cabe señalar que las mejores ediciones críticas de sus obras no son españolas, sino de hispanistas estadounidenses. Haciendo buenas las palabras del diablillo, «no hay en su casa quien tenga lo que merece.» Por dramaturgo se le recuerda, con más de treinta obras estrenadas y fama consolidada en teatros y corrales, si bien su literatura, a mi juicio, trasciende sin embargos el género y la clasificación. La más famosa de todas ellas, al menos hoy, es esta de El diablo cojuelo, un texto breve en el que un estudiante desata al diablo que había encerrado en su escabeche para que le enseñe verdades soñadas, como dice el título de alguna versión, novelas antiguas, una mera excusa para exponer con sibilina burla y cuidadoso verbo aquellos rincones de la sociedad que son dignos de nuestra mofa y, entreveradas, pinceladas de su visión poética. Todo ello siempre con la comedia por premisa, y la distensión propia del que se da poca importancia a sí mismo. Fue su penúltima obra, predecesora de La corte del demonio, de 1644, año en que un aprieto de orina dio con sus huesos en la tumba.

Acerca de la locura, ya que me lo preguntas, tiene a bien regalarnos unas chanzas cuando el diablillo lleva al estudiante a visitar una casa pintada de instrumentos vulgares, a cuyas voces uno no puede dejar de sorprenderse y reírse de tan pintorescos y vulgares, amén de desconocidos: sonajas, gaitas zamoranas, cencerros, ginebras, pandorgas, caracoles o castrapuercos, que es un silbato desusado a base de canutillos, al estilo de la zampoña, que usaban los capadores para anunciarse, como quizá recuerdes, de más cerca, al afilador. Le dice el diablillo: “Esta es la casa de los locos […] que ha poco que se instituyó en la Corte, entre unas obras pías que dejó un hombre muy rico y muy cuerdo, donde se castigan y curan las locuras que hasta ahora no lo habían parecido.” Con qué inquietante familiaridad suena el castigo de esas locuras que hasta ahora no lo habían parecido, ¿verdad? Dentro había, entre otros locos, “un ciego enamorado, que está con aquel retrato en la mano de su dama, y aquellos papeles que le ha escrito, como si pudiera ver lo uno ni leer lo otro, y da en decir que ve con los oídos”, “un gramaticón que perdió el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio”, “un bailarín que se ha quedado sin son, bailando en seco”, “un historiador que se volvió loco de sentimiento de haberse perdido tres décadas de Tito Livio”, “un letrado que se desvaneció en pretender plaza de ropa, y de letrado dio en sastre, y está siempre cortando y cosiendo garnachas” o “en aquel pobre aposentillo enfrente, pintado por fuera de llamas, está un demonio casado, que se volvió loco con la condición de su mujer.” Bromas que, de tan avanzada nuestra sociedad y conquistado el derecho a la libertad de expresión, ya no se pueden hacer hoy. Como ves, tiene dardos para todos, y más para los que no cito, por no ser prolijo. En su mordacidad contra el Estado, léase «la Corte», y todos los que allí viven de los demás, remata la visita a la casa de locos por boca del estudiante: «vámonos de aquí, no nos embarguen por alguna locura que nosotros ignoramos; porque en el mundo todos somos locos, los unos de los otros.»

En esta línea, desilusionada con la gente de la cosa pública, los poderosos y vividores del trabajo ajeno, tiene un pasaje ácido y despiadado: la Fortuna, con mayúscula, viene elevada por sus lacayos los poetas, y, en contraste, a hombros de filósofos, se alza la escoria de la humanidad: “¿Qué escuadrón es este tan lúcido, con joyas de diamantes y cadenas y vestidos lloviendo oro y perlas, que llevan tantos pajes en cuerpo que los alumbran con tantas hachas blancas, y van sobre filósofos antiguos que les sirven de caballos, de tal malos talles, que los más son corcovados, cojos, mancos, calvos, narigones, tuertos, zurdos y balbucientes?” Así los pinta, y así le contesta el diablillo: “Estos son potentados, príncipes y grandes señores del mundo, que van acompañando a la Fortuna, de quien han recibido los estados y las riquezas que tienen, y, con ser tan poderosos y ricos, son los más necios y miserables de la tierra.” La literatura ha cambiado mucho en los últimos cuatrocientos años, otras cosas, en cambio, no.

Como te decía al principio, Vélez de Guevara tiene la pluma bien preparada para la poesía, también conoce la dulzura, no todo es sarcasmo, y si no mira esta preciosa descripción de las galas de una dama, con ese campo semántico de sastres y tejedores, ya perdido, que hace las delicias de los románticos como yo, donde uno se pierde descubriendo cómo era cada una de esas hermosas prendas: “dama entre nogal y granadillo, por no llamarla mulata, gran piloto de los rumbos más secretos de Sevilla, y alfaneque de volar una bolsa de bretón desde su faldriquera a las garras de tanta doncelliponiente como venían a valerse de ella. Iba en jubón de holanda blanca acuchillado, con unas enaguas blancas de cotonía, zapato de ponleví, con escarpín sin media, como es usanza en esta tierra entre la gente tapetada, que a estas horas se subía a su azotea a tocar de la tarántula con un peine y un espejo que podía ser de armar.

Mira sino esta sublime descripción topográfica, haciendo poesía de la cosa que pudiera ser más banal, que no sé si la tendrán por tesoro los astigitanos en su memoria, pero deberían:

“Esta es Écija, la más fértil población de Andalucía, que tiene aquel sol por armas a la entrada de esa hermosa puente, cuyos ojos rasgados lloran al Genil, caudaloso río que tiene su solar en Sierra Nevada, y después haciendo con el Darro maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y tanto pueblo de abril y mayo. De aquí fue Garci Sánchez de Badajoz, aquel insigne poeta castellano; y en esta ciudad solamente se coge el algodón, semilla que en toda España no nace, además de otros veinte y cuatro frutos, sin sembrarlos, de que se vale para vender la gente necesitada.”

Y sigue más adelante citando las grandes casas de Feria, Lerma, Osuna, Cardona, Mondéjar, Mendoza, entre otras muchas, con especial énfasis en el recuerdo de Gonzalo: “Montilla cae aquí a mano izquierda, habitación de los heroicos marqueses de Priego, Córdobas y Aguilares, de cuya gran casa salió, para honra de España, el que mereció llamarse Gran Capitán por antonomasia.

Se precia, no en vano, el estudiante en ser hombre de letras, una manera de quitarse el autor el sombrero y saludar, tal que así: “Dineros he menester yo; que abuelos no: con los míos me haga Dios bien; que me han dicho mis padres que desciendo de Leandro el animoso, el que pasaba el mar de Abido ‘en amoroso fuego todo ardiendo’ y tengo mi ejecutoria en las obras sueltas de Boscán y Garcilaso.” Y el diablillo le responde: “Contra hidalguía en verso […] no hay olvido ni cancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes.

Por suerte, nos cita de forma somera esos lacayos de la Fortuna a los que hacía referencia antes, los poetas, aquellos que debemos leer en clave de maestros, fuente de la literatura de Vélez de Guevara: «son los mayores ingenios que ha tenido el mundo, entre los cuales va Homero, Píndaro, Anacreonte, Virgilio, Ovidio, Horacio, Silio Itálico, Lucano, Claudiano, Estacio Papinio, Sannazaro, el Taso, el Bembo, el Dante, el Guarino, el Ariosto, el caballero Marino, Juan de Mena, Castillejo, Gregorio Hernández, Garci Sánchez, Camoens…» Ninguna sorpresa, ya ves, los clásicos, con especial devoción por nuestras raíces latinas.

Para terminar, recojo algunas líneas de mi pasaje preferido en el último tranco, el de las «premáticas y ordenanzas que se han de guardar en la ingeniosa academia sevillana», en las que no se puede ser más solemne y gracioso a la vez. Empieza con una oración engolada y campanuda al dios Apolo, y de ahí va descendiendo hasta el desorden descojonante. Cito el principio y algunos de los ítems más breves y divertidos, para no deshacer la magia de leerlo del original.

«Don Apolo, por la gracia de la Poesía, rey de las Musas, príncipe de la Aurora, conde y señor de los oráculos de Delfos y Delo, duque del Pindo, archiduque de las dos Fuentes del Parnaso y marqués de la Fuente Cabalina, etc., a todos los poetas heroicos, épicos, trágicos, cómicos, ditirámbicos, dramáticos, autistas, entremeseros, bailinistas y villancieres, y los demás de nuestro dominio, así seglares como eclesiásticos, salud y consonantes. Sepades: como, advirtiendo los grandes desórdenes y desperdicios con que han vivido hasta aquí los que manejan nuestros ritmos, y que son tantos los que, sin temor de Dios y de sus conciencias, componen, escriben y hacen versos, salteando y capeando de noche y de día los estilos, conceptos y modos de decir de los mayores, no imitándolos con la templanza y perífrasis que aconsejan Aristóteles, Horacio y César Escalígero, y los demás censores que nuestra Poética advierten, sino remendándose con centones de los otros y haciendo mohatras de versos, fullerías y trapazas, y para poner remedio en esto, como es justo, ordenamos y mandamos lo siguiente:

Primeramente, se manda que todos escriban con voces castellanas, sin introducirlas de otras lenguas, y que el que dijere fulgor, libar, numen, purpurear, meta, trámite, afectar, pompa, trémula, amago, idilio, ni otras de esta manera, ni introdujere posposiciones desatinadas, quede privado de poeta por dos Academias, y a la segunda vez, confiscadas sus sílabas y arados de sal sus consonantes como traidores a su lengua materna.

Ìtem, que nadie lea sus versos en idioma de jarabe, ni con gárgaras de algarabía en el gútur, sino en nuestra castellana pronunciación, pena de no ser oídos de nadie.

[…] Ítem, porque a nuestra noticia ha venido que hay un linaje de poetas y poetisas hacia palaciegos, que hacen más estrecha vida que los monjes del Paular, porque con ocho o diez vocablos solamente, que son crédito, descrédito, recato, desperdicio, ferrión, desmán, atento, valido, desvalido, baja fortuna, estar falso, explayarse, quieren expresar todos sus conceptos y dejar a Dios solamente que los entienda, mandamos que les den otros cincuenta vocablos más de ayuda de costa, del tesoro de la Academia, para valerse de ellos, con tal que, si no lo hicieren, caigan en pena de menguados y de no ser entendidos, como si hablaran en vascuence.

[…] Ítem, que los poetas más antiguos se repartan por sus turnos a dar limosna de sonetos, canciones, madrigales, silvas, décimas, romances y todos los otros demás géneros de versos a poetas vergonzantes que piden de noche, y a recoger los que hallaren enfermos comentando, o perdidos en las Soledades de don Luis de Góngora; que haya una portería en la Academia, por donde se dé sopa de versos a los poetas mendigos.

[…] Ítem, que ningún poeta, por necesidad ni amor, pueda ser pastor de cabras ni ovejas, ni de otra res semejante, salvo si fuere tan Hijo Pródigo que, disipando sus consonantes en cosas ilícitas, quedare sin ninguno sobre qué caer poeta; mandamos que en tal caso, en pena de su pecado, guarde cochinos.

Ítem, que ningún poeta sea osado a hablar mal de los otros si no es dos veces en la semana.

Ítem, que al poeta que hiciere poema heroico no se le dé de plazo más que un año y medio, y que lo que más tardare se entienda que es falta de la musa; que a los poetas satíricos no se les dé lugar en las Academias, y se tengan por poetas bandidos y fuera del gremio de la poesía noble, y que se pregonen las tallas de sus consonantes, como de hombres facinerosos a la república. Que ningún hijo de poeta que no hiciere versos no pueda jurar por vida de su padre, porque parece que no es su hijo.

Ítem, que el poeta que sirviere a señor ninguno, muera de hambre por ello.

Con esta última ley, enunciada por tan competente autoridad como la de Luis Vélez de Guevara, acerca de la libertad de expresión, tan maltrecha hoy día por venderse de barato a cualquier diablillo de la Corte, me despido de ti como el autor en la obra: suplicando a quien leyere que se entretenga y no se pudra en su leyenda, y verá qué bien se halla.

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