«¡Hombre, hacia ti lanzo, oh querido desheredado, bajo mi prisión de cristal y mis lacres bermejos, un canto de luz y de fraternidad!»
Baudelaire, Les fleurs du mal -1857

«Yo hago vinos de salud, vinos para estar bien y ser feliz.» Algo asĂ me dijo CĂ©sar Velasco cuando lo conocĂ entre las tinajas centenarias de su casa, hace unos siete años. Sin duda, apuntalĂł una idea que ya vivĂa en mi manera de entender el vino, a la que arrimaba el concepto de que los vinos no solo tienen que estar buenos, sino tambiĂ©n ser buenos, ser saludables. Este principio separa los vinos en dos grandes grupos, como cualquier otro alimento: los que se elaboran con amor y honestidad para con la vida y aquellos otros industriales que satisfacen, básicamente, criterios econĂłmicos.
Me quedĂ© enamorado al primer soplo de la sencillez con la que trabajaba la viticultura, la sinceridad de su buen hacer y, sobre todo, la ternura con que hacĂa vinos blancos de la variedad gewĂĽrztraminer en una regiĂłn tan poco previsible como Villarrobledo, procedente de cepas de más de treinta años, plantadas en aquellos tiempos en que la moda era lo extranjero, lo exĂłtico. Por fortuna, ya son viñas tan villarrobletenses como las de airĂ©n o cencibel, tan bien enraizadas que cualquiera puede distinguir sus matices varietales, con la singularidad del terruño del que provienen. CĂ©sar es un maestro en eso, y ha explorado todas las posibilidades que se nos puedan ocurrir con la gewĂĽrztraminer: blancos sin crianza, con tinaja, con pieles o sin ellas, espumosos frescos o de degĂĽelle tardĂo, con madera, con lĂas… y las combinaciones más interesantes de todas ellas. El resultado ha sido siempre limpio, impecable. Más de una vez se me pasĂł por la cabeza la idea de hacer un vino con Ă©l, pero, de tan maestro, nunca tuve una idea capaz de aportar nada nuevo al camino que Ă©l ya habĂa recorrido. En tal estima tengo su criterio, que antes de sacar al mercado cada añada de El Bvscon, el vino que elaboro en tinaja por esas tierras con Juanmi De la Cruz, le doy a probar a CĂ©sar para que me dĂ© su bendiciĂłn y nos dirija con mejor tino para la prĂłxima cosecha, porque no conozco a nadie que sepa más de tinajas que Ă©l.
Sin embargo, las relecturas de Baudelaire me inspiraron un dĂa una idea que quizá podĂa aportar una singularidad a sus gewĂĽrztraminer, algo que, por otra parte, habĂa de ser por fuerza lejano a todo lo que CĂ©sar ya habĂa explorado con maestrĂa. Las flores, los aromas florales, son tal vez la caracterĂstica predominante de sus vinos, esa fragancia alegre de verdes y blancos. ÂżY si las condujĂ©semos por el camino de la maldad, por la belleza del pecado, por otros senderos de la sexualidad natural que nos evocan recuerdos lascivos, hĂşmedos, salinos…? ÂżQuĂ© pasarĂa si, transgrediendo las normas de la costumbre, hacemos el sacrilegio de ensuciar las flores con los hábitos de la inmoralidad que nadie espera? ÂżAcaso serĂan menos hermosos sus perfumes? ÂżNo serĂa más placentero si cabe, dejarse los labios derrotados por un aroma inquietante que no entiendes, morboso y culpable?
A ti, lector apacible y bucĂłlico, que decĂa el poeta, alma que sufres y vas buscando tu paraĂso, te dejo este delicado veneno para que redimas tu sed de venganza y ahogues la pena del arrepentimiento. Sin manual ni brĂşjula te ofrezco la oportunidad de descubrir las flores del mal, las mismas que crecen en la naturaleza, entre las piernas de un gemido, o sobre una tumba, todas igual de hermosas.
«Sé cómo es necesario, en la colina en llamas,
penar, sudar y un sol abrasador
para engendrar mi vida y darme un alma;
mas no seré yo ingrato ni malvado,
pues siento un gozo inmenso cuando caigo
en la garganta de un hombre rendido por su labor,
y su cálido pecho es una dulce tumba
que me complace más que mis frĂas bodegas.»
Les fleurs du mal
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