
Como escritor, como persona que tiene en muy alta estima el valor de la transmisión de información y conocimiento, que aprecia la voz, el pensamiento y la opinión personal, no tengo otra alternativa coherente que poner la libertad de expresión en la cima de las libertades humanas. A su vez, debo defender a capa y espada la privacidad de esa voz del espionaje de terceros, en especial de las autoridades estatales y otras instituciones que podrían estar muy interesadas en conocer, manipular o censurar la voz de algunas personas. Así pues me siento en el compromiso ético de poner en la picota la decisión del juez Pedraz de la Audiencia Nacional, que ha ordenado el bloqueo de Telegram por no colaborar con la justicia en una causa iniciada por Mediaset, Atresmedia y Movistar Plus.
Quizá no tenga éxito en su deseo, Telegram tiene tres días para recurrir, a contar desde el sábado a las once de la noche, pues se tendrían que violentar esos dos principios de libertad, el de expresarse y el de la privacidad, y conculcar alguna libertad más relacionada con la empresa de mensajería. La versión oficial dice algo como lo siguiente: los usuarios de Telegram intercambian información que está protegida por derechos de propiedad intelectual que pertenece a esas tres plataformas audiovisuales, el juez le pide a Telegram que supervise las conversaciones de los usuarios, que impida que se intercambien información de esa naturaleza y que informe al juez, Telegram dice que no puede hacer eso, el juez, por tanto, ordena el bloqueo en España de Telegram por no colaborar con la justicia. En este punto, conviene recordar qué es Telegram y cuál es su razón de ser. Telegram es un canal de comunicación entre particulares que nació como alternativa a Whatsapp con dos cualidades diferenciales muy atractivas: funcionalidades mejoradas para intercambio de información y elevados estándares de privacidad. Puedo ponerme de ejemplo, yo soy usuario de Telegram. Lo utilizo de forma exclusivamente profesional para intercambiar archivos confidenciales de forma especialmente cómoda y mantener conversaciones creativas a través de texto, voz e imagen, todo ello simultáneamente y con la más estricta privacidad. Como puedes imaginar, la naturaleza del contenido puede requerir precisamente la confidencialidad extrema, como es mi caso, tratándose de desarrollos literarios y audiovisuales que todavía no han salido a la luz, los cuales están protegidos además por contratos de confidencialidad entre las partes. Lo que el juez le pide a Telegram es que revise el contenido de esas conversaciones particulares, violando, por un lado, mi contrato de confidencialidad particular y, por otro, el acuerdo con Telegram que me asegura como usuario la confidencialidad. Ante tal brete, Telegram ha preferido ser fiel al acuerdo con sus usuarios y no curiosear en sus conversaciones ni permitir que nadie meta las narices en ellas, aunque sea un juez. Y algo me dice que, si la justicia española insiste, conseguirá cerrar Telegram, pero no ver las conversaciones de nadie, porque todo el crédito de la compañía reside ahí, en la confidencialidad. Lo triste es que no haremos nada por evitarlo, dejando caer otro de los pilares que sostiene nuestra libertad de expresión y nuestra privacidad.
La arrogancia del juez es tan grande que resulta aterradora. Juan Ramón Rallo ponía hoy un ejemplo muy bien traído. Supongamos que, antes de la era de internet, decía, un juez hubiera decretado el cierre de una red de autopistas privadas porque esta se negaba a parar a todos los vehículos, registrar sus maleteros, buscar en sus maletas cintas de vídeo, retenerlas, reproducirlas, confiscar aquellas que fueran grabaciones de la tele y denunciar a los propietarios. Merece la pena subrayarlo: cerrar la red de autopistas completamente porque se niegue a violar la privacidad de sus usuarios. Obviamente, habrá mucha gente que piense que no hay problema en abrir el maletero, descubrir tus maletas y que revisen tus grabaciones, porque no tienes nada que ocultar, pero esa no es la cuestión: que una empresa privada revise tus grabaciones es un delito y una inmoralidad. Y de nada sirve esgrimir el argumento de que así se evitará el tráfico de material audiovisual protegido por derechos de propiedad intelectual, porque no es verdad, les importa una mierda la propiedad intelectual: los narcotraficantes, ladrones, terroristas, pedófilos, asesinos y otra gente de bien utilizan Telegram porque es confidencial, y ningún juez se ha propuesto bloquearlo por esos motivos, a todas luces más legítimos que la pataleta de Mediaset, Atresmedia y Movistar Plus.
Sin embargo, no debemos dejarnos llevar por la tranquilidad de que no nos afecta, seamos o no usuarios de Telegram. No he visto a nadie subrayar lo bastante la connivencia del juez con el Gobierno para tomar una medida que podría penarse por delito de prevaricación si la justicia fuera independiente. Me refiero a la oscura doblez con que la judicatura se pliega a los deseos del Gobierno para echar un cable a sus nodos de propaganda mediática, y aprovechar de paso el agua del Pisuerga para pegarle otro pisotón a las libertades personales hablando de Valladolid. El caso de Telegram, termine como termine, es anecdótico, pero el precedente y las intenciones que se atisban detrás de la cortina son terribles. España se pondría en la lista de los países que censuran Telegram por preservar la privacidad de sus usuarios. De momento solo son cinco: China, Cuba, Pakistán, Tailandia e Irán. Me reconocerás que no son los mejores compañeros de la clase. Este experimento de bloquear Telegram en España conviene entenderlo como un aviso de occidente a todas las plataformas de contenido, redes sociales y mensajería: «vamos a husmear en todas partes y no vamos a permitir el pensamiento libre y mucho menos su expresión; la empresa que no ceda, la cerramos; y el usuario que diga algo malo del Gobierno lo cogemos por los huevos y le hacemos lo que a Farinelli, para que cante como a nosotros nos gusta.» Y no se trata de una conspiración, hay muchos indicios de esas prácticas que apuntan en la misma dirección, como esas ideas de «despolitizar las redes», controlar los «discursos de odio» o prohibir la «desinformación», aunque no es momento de entrar en ellos. Pero a nadie se le escapa que las voces independientes utilizan las redes sociales para comunicarse con su público, en lugar de la televisión y la radio convencional. Utilizan Telegram, Whatsapp, Youtube, Instagram, para ofrecer su punto de vista y ser críticos con los abusos del Estado. Y ya son muchos los que tienen más audiencia que cualquiera de esos nodos de propaganda estatal: hay canales de Telegram con más seguidores que suscriptores tiene el El País, por mencionar al más grande; hay canales de Youtube con más horas de visualización que todo el grupo de Atresmedia; y hasta yo tengo vídeos en Instagram con más reproducciones que los de La Sexta. Telegram es el único canal opaco al Gobierno, el único por el cual se puede intercambiar información y ofrecer expresiones personales de opinión sin que el Estado se entere y te censure, con lo cual se convierte en el más rebelde, donde uno puede maldecir al régimen como si estuviera entre amigos, sin miedo a que le lleven al gulag. No importa, en definitiva, si consiguen cerrar o no Telegram en España, o si la medida se extiende a otros países, porque es una cabeza de caballo en la cama que los accionistas de Google o de Meta van a entender perfectamente: «los vídeos de Youtube, las publicaciones de Instagram y las conversaciones de Whatsapp me las controlas, o te mando a uno de mis jueces y te destrozo el valor de las acciones en diez minutos. Y si hace falta cerramos Telegram, por supuesto.»
En fin, perdóname el mal humor en este inicio de primavera que debiera ser florido y hermoso, donde la gente habría de andar preocupada de lo importante, plantar tomates y aparearse entre las cañas, en lugar de estar atendiendo a ese frío metálico que te escarapela el alma cuando notas en la nuca el cañón del revólver del Estado. Me da igual si escribes o no y a quién votas, pero si no pones tu granito de arena ahora es posible que pronto eches de menos la poca libertad que te queda para expresarte y compartir tu visión personal. Y cuando un día te dé por escribir algo… y no gobiernen los tuyos…
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