
Un mundo fantástico en el futuro lejano, protagonizado por el planeta Arrakis, un asombroso desierto habitado por monstruosos gusanos de arena y unos hombres increĂbles llamados fremen. Una droga carĂsima capaz de desequilibrar los poderes del universo, un malvado malĂsimo y un joven llamado a ser el hĂ©roe de la leyenda. Hoy analizamos Dune, la novela. Si no la has leĂdo, te servirá de reseña, y si ya lo has hecho, podremos repasar juntos sus virtudes y defectos, que espero sirvan de ejemplo para mostrar algunos detalles de cĂłmo se debe escribir, si te gusta hacerlo, o para apreciar la belleza de la literatura si lo que te gusta es leer. TambiĂ©n, siendo honestos, servirán para advertir algunos errores narrativos que se deben evitar. Si eres de los aficionados a Dune… te espero en los comentarios. Este es el Ăndice del ensayo:
- IntroducciĂłn a la obra
- Argumento
- Estructura
- TerminologĂa
- Los personajes
- El estilo
- ConclusiĂłn
- Resumen
IntroducciĂłn.
Dune es una novela de ciencia ficciĂłn escrita por el estadounidense Frank Herbert y publicada en 1965. Se trata de un volumen grueso, de unas ochocientas páginas, que ha tenido un gran Ă©xito editorial desde su publicaciĂłn hasta hoy, con innumerables secuelas literarias, series de televisiĂłn y tres adaptaciones al cine, una de ellas de este mismo año. Podemos decir que estamos ante un clásico, una de esas sagas icĂłnicas que impulsĂł el subgĂ©nero literario de la ciencia ficciĂłn hasta alcanzar una fama mundial en la dĂ©cada de los sesenta, al olor del interĂ©s despertado por la obra fantástica de Tolkien, entonces en plena efervescencia. Ambas obras, una en la ciencia ficciĂłn y otra en la fantasĂa, sentaron los cimientos sobre los que hoy se edifica toda una cultura artĂstica, no solo en la literatura, sino tambiĂ©n en el cine y las artes plásticas. Con estilos muy diferentes, la ambiciĂłn de ambos autores fue similar: describir un mundo imaginario complejo y apasionante en el que pudiĂ©ramos proyectar poĂ©ticamente nuestras mejores virtudes, tanto individuales como de grupo, y nuestras más profundas miserias. En la obra de Herbert tienen gran protagonismo conceptos antagĂłnicos como traiciĂłn y lealtad, sinceridad y mentira, humildad y vanidad, sencillez y doblez, apego al dinero y prodigalidad. Los personajes están tallados con maravillosas virtudes, de las que todos querrĂamos hacer gala, o con inefables defectos, en los que nunca querrĂamos caer. Y en ese entorno de dicotomĂa se produce la crisis y la batalla, donde las fuerzas del bien han de batirse el cuero para derrotar a las malvadas. A diferencia de Tolkien, donde el mal es absoluto y no conoce grados, en Dune los malos son humanos, tanto en el aspecto como en la condiciĂłn: sienten, piensan, sufren, dialogan, tienen fortalezas y tambiĂ©n debilidades, lo cual permite sembrar en la trama intereses ambiguos, como por ejemplo la polĂtica, la diplomacia o la traiciĂłn. De hecho, a mi juicio ese es el fulcro sobre el que bascula la historia: las intrigas palaciegas, el espionaje, la traiciĂłn, la lucha por el poder polĂtico, y el contraste de esas vanas ambiciones humanas con la sencillez de los hombres humildes y la nobleza de los hombres de honor. Como no puede ser de otra manera, habrá amor, habrá muertos, pero al final no puede prevalecer la maldad. El encanto de estos asuntos, como puedes sospechar, está en el entorno, el contexto en el que se desarrollan las tramas. Herbert imaginĂł un mundo fantástico en el que son posibles los viajes espaciales, donde se describen naves y equipamiento futurista, un planeta en el que no hay agua, solo desierto, con unos habitantes misteriosos cuya reciedumbre y tecnologĂa es admirable, monstruos de arena de varios kilĂłmetros de longitud, una religiĂłn Ăşnica asombrosa, rituales sorprendentes, que incluyen los venenos, la magia, la transustanciaciĂłn, la clarividencia, armas maravillosas, desde bombas nucleares hasta cuchillos que no se rompen o diminutas agujas mortĂferas, personajes fabulosos, desde matemáticos asesinos hasta guerreros trovadores, pasando por mĂ©dicos, contrabandistas, aristĂłcratas y banqueros. En definitiva, un escenario atractivo que ha enganchado a los jĂłvenes durante seis dĂ©cadas por su plasticidad, su colorido y su mágico aroma.
Argumento.
En un mundo posible, dentro de ochomil años, la dinastĂa de los Atreides, nobles y fieles, arriba al planeta Dune para poner orden y gobierno, un planeta desĂ©rtico que habitan unos hombres llamados fremen con una cultura tribal misteriosa. La dinastĂa de los Harkonnen, cruelmente infames y taimados, se alĂan con el Emperador del universo para acabar con los Atreides mediante traiciones y engaños. Los Harkonnen consiguen tomar el planeta, pero el joven Atreides, heredero de tan solo quince años, logra escapar al desierto con su madre, una bruja buena. La novela transcurre con la evoluciĂłn del joven Paul en el inhĂłspito mundo de los fremen hasta convertirse en el mesĂas que, segĂşn la leyenda, transformará el planeta en un paraĂso. Con poderes sobrenaturales asombrosos, en dos años intentará acabar con los Harkonnen y someter al Emperador, prometiendo a los fremen un futuro idĂlico.
Estructura.
La novela se desarrolla en cuarentaiocho capĂtulos separados en tres partes: Dune, Muad’Dib y El profeta. Al final se añaden cuatro apĂ©ndices para completar el contenido que no ha sido aclarado lo suficiente, unas breves notas cartográficas sobre el planeta Dune, y un Ăndice de palabras inventadas. El texto está narrado en tercera persona por un narrador omnisciente, si bien cabe destacar que los capĂtulos están todos precedidos de extractos de obras ficticias escritas por uno de los personajes. La obra empieza in medias res, como no puede ser de otra manera salvo que uno pretenda escribir otra Biblia y empezar por el principio, y avanza de forma lineal hasta el desenlace, con una pausa de dos años despuĂ©s de la segunda parte. Solamente hay una excepciĂłn en el capĂtulo veinte, poco antes de terminar la primera parte, que se narra en analepsis. Siendo la Ăşnica en la obra, a mi juicio desequilibra la estructura formal sin un propĂłsito brillante: la intenciĂłn es contar en vivo cĂłmo ha sucedido la traiciĂłn de los dos capĂtulos precedentes, pero queda intercalada con dudoso Ă©xito para generar una sensaciĂłn de sorpresa en el lector que no se consigue. Si hubiese sido el Ăşltimo capĂtulo de la obra, esa alteraciĂłn de la estructura habrĂa tenido el propĂłsito de generar un clĂmax narrativo no solo con los hechos sino tambiĂ©n con la forma, pero asĂ, amĂ©n de predecible, resulta como un bache en el camino. La idea, a priori, no es mala, algunas obras utilizan con frecuencia la analepsis y la prolepsis con buen estilo, para explicar motivos en el momento preciso o para anticipar sucesos, sembrando asĂ la justificaciĂłn futura, pero no es el caso. En este, habrĂa bastado con que el narrador explicara los detalles de la traiciĂłn o bien el traidor confesara sus mĂ©todos a otro personaje para satisfacer la curiosidad del lector, pues son hechos que no tienen trascendencia en la trama: saber cĂłmo ha envenenado a este o matado al otro no es tan relevante como para cambiar la estructura narrativa, además de que podĂa haberlo contado el narrador en los capĂtulos en los que sucede la acciĂłn en lugar de ocultarlo deliberadamente para despuĂ©s construir un capĂtulo de analepsis.Â
En cuanto a los extractos de libros ficticios que preceden cada capĂtulo, a modo de cita, reconozco que es uno de los hallazgos más interesantes del autor. El propĂłsito principal es dotar a la historia de mayor profundidad, deslizando en el lector la idea de que en ese mundo se escribieron muchos libros acerca de los protagonistas y sus aventuras con posterioridad a sus hazañas. TambiĂ©n le sirve al autor para anticipar hechos que sucederán en el futuro, con comentarios incompletos que infiltran sospechas o dudas en el lector, fomentando su intriga y su interĂ©s por avanzar en la historia. Por otra parte, el autor de esos libros es un personaje de la propia historia, del cual no tenemos conocimiento hasta el final de la obra. Ese aspecto añade una nueva tensiĂłn narrativa, haciendo que el lector se pregunte quiĂ©n será ese personaje, por quĂ© tiene toda esa informaciĂłn, por quĂ© escribe los libros… Y uno espera con ilusiĂłn el momento en el que esa supertrama se desenrede y nos descubra el personaje y su importancia en los acontecimientos, hilvanando asĂ todo lo que nos ha ido contando para cristalizar en algĂşn giro dramático o en alguna revelaciĂłn sobre la que pivote la trama principal. Sin embargo, si bien la idea es brillante, no está ejecutada con ninguna intenciĂłn de fondo: el personaje aparece al final sin apenas relevancia desde un punto de vista narrativo, y sus obras literarias tienen un valor meramente anecdĂłtico. Si me permites el inciso, este aspecto literario, el de sembrar informaciĂłn que despuĂ©s no se utiliza, causa fatiga y frustraciĂłn en el lector, porque durante muchas páginas va acumulando en su memoria datos que sospecha que tienen algĂşn valor más allá del decorativo, con la esperanza de que en su momento tengan relevancia en la trama y le ayuden a desenredar el nudo dramático sin dejar cabos sueltos. Como el lector no quiere perderse los detalles ni dejar sueltos los cabos, se esfuerza por interpretar todo lo que escribe el autor y retener en la memoria reciente los matices para cuando sean pertinentes. Como es natural, si eso no sucede, la sensaciĂłn de fatiga y frustraciĂłn empaña el resto de la historia y deja en el lector un sentimiento de haber sido engañado. Consciente o no, el lector no volverá a confiar en el autor y cuando aparezca un detalle relevante lo pasará por alto pensando que es un adorno sin importancia, y lo olvidará, perdiĂ©ndose parte de la literatura. En el caso de Dune, Herbert cae con demasiada frecuencia en este defecto narrativo. Volveremos a ello con algĂşn ejemplo de otra Ăndole más adelante.
Respecto a los cuatro apĂ©ndices, se trata de unas piezas breves acerca de la ecologĂa de Dune, la religiĂłn, las Bene Gesserit (las brujas) y personajes importantes. CabrĂa pensar que son fragmentos del autor para desarrollar matices de esos aspectos que no se han podido insertar en la trama por cuestiones narrativas pero que pueden interesar al lector para profundizar en ese majestuoso mundo que se alumbra detrás de la novela, como si de algĂşn modo el universo estuviera allĂ y la novela fuera tan solo una pequeña parte de Ă©l. Sin embargo no es asĂ, la novela es todo el universo ficticio y los cuatro anexos forman parte de la novela de algĂşn modo, pues no es el autor quien los relata, como persona ajena a la ficciĂłn, dirigiĂ©ndose al lector con la sinceridad del novelista, sino que es un narrador que reelabora los conceptos de la historia con un estilo similar al del narrador del resto del libro. Similar, pero no igual, porque el ritmo narrativo es completamente diferente. Para mayor confusiĂłn, el anexo sobre la ecologĂa está precedido tambiĂ©n por un extracto de un texto escrito por uno de los personajes, que es ecĂłlogo, al estilo del resto de capĂtulos. Por otra parte, el anexo de las Bene Gesserit, las brujas, despuĂ©s de introducirlo el narrador, está escrito por la protagonista principal. Por si fuera poco, el anexo de los personajes tiene otra estructura, siendo fragmentos de estilo enciclopĂ©dico acerca de siete personajes relevantes en la historia, provenientes de algĂşn almanaque interno al mundo de la narraciĂłn. Siete y solo siete, olvidando a muchos personajes, entre otros al protagonista. La idea de los anexos es buena, pero sospecho que la intenciĂłn del autor no es honesta hacia el lector. Si existe un abundante material sobre el cual se escribe la novela, los anexos pueden tener sentido, y podemos pasar por alto la postura del narrador. Pero no hay tal cosa, apenas son reelaboraciones de datos que ya se han leĂdo, con ligeros adornos de contexto, los cuales no consiguen el propĂłsito del autor: sugerir una sensaciĂłn de profundidad de contenido que no existe. Algo similar sucede con la nota cartográfica, que de tan breve y exenta de material cartográfico riguroso trasluce la intenciĂłn de fingir una densidad de material informativo inexistente. Por Ăşltimo, el apartado relativo a la terminologĂa sĂ tiene alguna utilidad, pues la obra está repleta de palabras inventadas inspiradas en idiomas de lo más pintoresco: navajo, latĂn, chakobsa, nahuatl, griego, persa, indonesio, ruso, turco, finĂ©s, inglĂ©s antiguo y, mayoritariamente, árabe. No obstante, aunque es Ăştil en algĂşn caso excepcional, resulta accesorio en la mayorĂa, con ese mismo aroma de maquillaje para dar una sensaciĂłn de profundidad a la historia que no se consigue. Por ejemplo, en el capĂtulo treintaiocho se cita el keops, como un juego de ajedrez pirámide, que no vuelve a aparecer en la historia ni tiene ninguna relevancia en la trama, y en el apartado de terminologĂa se incluye en el Ăndice el tĂ©rmino keops con su definiciĂłn: ajedrez pirámide, juego de ajedrez con forma de pirámide y dos pinceladas más. HabrĂa sido más honesto, desde un punto de vista literario, dar esas dos pinceladas en la propia historia, en ese caso y en todos los demás, y evitar el anexo de terminologĂa o reducirlo a un Ăndice de nombres con la página donde aparecen, como es preceptivo. Es más, no aparece la paginaciĂłn en los tĂ©rminos, lo cual descubre que su intenciĂłn no es filolĂłgica sino más bien comercial, en el peor de los sentidos.
TerminologĂa.
Para entrar en el terreno interno de la obra, podemos empezar por donde lo hemos dejado, por la terminologĂa. Como decĂa, la novela rebosa de palabras inventadas. A mi juicio son excesivas e innecesarias, aportando ruido a las tramas y esa sensaciĂłn incĂłmoda de pretendida complejidad para asombrar al lector. El caso es que este se fatiga porque entiende el sentido pero no la necesidad de calzar tantas palabras desconocidas en el texto. El caso anterior del ajedrez pirámide, el keops, es un ejemplo: habrĂa funcionado igual el ajedrez tradicional. O tambiĂ©n el caso de Ampoliros, que solo aparece una vez, referido como un explorador perdido, y se define en el Ăndice como “el legendario HolandĂ©s Errante del espacio”, cuya importancia en la trama es nula. Como ves, habrĂa servido igual llamarlo HolandĂ©s Errante, o simplemente quitar su nombre, dejando el sentido de la frase limpio y completo. No obstante, los casos más tediosos se dan cuando se apelotonan muchas palabras indĂłmitas en el mismo párrafo. Veamos un ejemplo:
“Cualquier cosa que la CofradĂa pueda transportar, las obras de arte de Ecaz, las máquinas de Richesse y de Ix. Pero todo esto no es nada al lado de la melange. Un puñado de especia basta para comprar una casa en Tulipe.”
Como puedes observar, se entiende el sentido, la CofradĂa transporta de todo, en especial lo más valioso, pero la funciĂłn de estas palabras desconocidas es meramente decorativa. El caso es que Ecaz, Richese, Ix y Tulipe solo aparecen aquĂ y en el Ăndice de palabras inventadas, es decir, no tienen ningĂşn propĂłsito narrativo y no aportan nada a la trama. Por si fuera poco, aparecen en el mismo párrafo la CofradĂa, una instituciĂłn compleja que el lector tendrá que ir entendiendo poco a poco, y la melange, una sustancia desconocida que no se terminará de entender del todo. No es el Ăşnico caso en el que las palabras inventadas monopolizan la narraciĂłn y desvĂan la atenciĂłn de los hechos, amĂ©n de que su presencia suele ser ruidosa e incĂłmoda. No obstante, hay casos en los que la fonĂ©tica de alguna palabra, unida a su importancia en la trama, sĂ es relevante y funciona con Ă©xito para conseguir la atmĂłsfera que el autor pretende, como puede ser el caso de Harkonnen, el apellido de los malos, de sonoridad rotunda, poderosa y fácil de recordar, o de Bene Gesserit, la orden de adiestramiento de las brujas, protagonistas en toda la historia, o los fremen, que aluden al inglĂ©s free men, y son los buenos. Sea como fuere, la abundancia de tĂ©rminos inventados procedentes de todo tipo de lenguas es una de las caracterĂsticas fundamentales de la obra, y cuenta con no pocos adeptos más allá del ámbito literario.
Los personajes.
El protagonista es Paul Atreides, un joven de quince años, heredero de un duque poderoso. Aunque con ciertos matices de personalidad, el joven representa los valores de su linaje, el honor, la valentĂa, la bondad, la magnanimidad, la generosidad, la fuerza, la lealtad. En resumen, todas las virtudes nobles del ser humano, en contraste con los antagonistas. A lo largo de la historia, el autor pretende hacer evolucionar al personaje desde ese niño aprendiz de todo hasta el gran lĂder del universo, con un poder asombroso.Â
“Era guerrero y mĂstico, feroz y santo, retorcido e inocente, caballeroso, despiadado, menos que un dios, más que un hombre.”
Esta evoluciĂłn de los personajes suele ser uno de los aspectos narrativos comunes a las grandes obras literarias. El proceso evolutivo es aproximadamente el siguiente: de algĂşn modo, el carácter y la situaciĂłn de los personajes condiciona su actuar, el cual desencadena los hechos de la trama. SegĂşn se producen de forma coherente, van modificando la situaciĂłn de los personajes, lo cual conlleva una adaptaciĂłn de su carácter. Poco a poco, los personajes se desarrollan y evolucionan hasta el desenlace dramático con el que concluye la historia, momento en el que el lector espera cierto grado de sorpresa, pero de forma predecible y congruente. Imaginemos un ejemplo para ilustrarlo. El protagonista de una historia puede describirse como un hombre leal, pero en un momento de la historia sufrir la traiciĂłn de un amigo. A lo largo de la trama, este protagonista podrĂa desarrollar un sentimiento de rencor hacia su amigo, sin manchar por ello su principio de lealtad, añadiendo asĂ una capa de complejidad a su carácter: lealtad y rencor. Al final de la historia, en un giro de los acontecimientos, podrĂa matar a su amigo y vengarse asĂ de la traiciĂłn, sin por ello dejar de seguir siendo leal a sus seres queridos y manteniendo la coherencia interna de su carácter. Pues bien, el caso es que nuestro Paul Atreides es un joven de quince años que se nos presenta como aprendiz de todo, provisto de la ingenuidad propia de su edad, en el que se atisban indicios de ciertas cualidades especiales que podrán convertirle en un hombre singularmente poderoso. De repente, en una elipsis narrativa de dos años se transforma en el ser más poderoso del universo, despuĂ©s de haber vivido ese tiempo en el desierto con una tribu indĂgena. La evoluciĂłn es un tanto abrupta y difĂcil de aceptar con coherencia narrativa, toda vez que esos dos años no parecen tiempo suficiente y además son, como decĂa antes, una elipsis en la que no se ofrecen detalles que justifiquen lo bastante la transformaciĂłn. AsĂ, en la Ăşltima parte y segĂşn se acerca el desenlace, al lector le puede faltar informaciĂłn para entender al personaje y carecer de empatĂa con Ă©l para sentir la emociĂłn de sus aventuras. Su evoluciĂłn ha sido tan inesperada y poco coherente con los hechos narrados que se desconocen las facetas de su nuevo carácter y las motivaciones que pueden tener sus Ăşltimas decisiones en la historia, desencadenando en definitiva un desenlace que puede resultar arbitrario. Al final el protagonista queda en una indefiniciĂłn que permite continuar la historia en una segunda entrega que camine hacia cualquier lugar inesperado, en la que sus virtudes iniciales, la lealtad, la bondad, la generosidad, queden en el olvido.
Su madre, Jessica, es una de esas brujas Bene Gesserit, adiestrada mental y fĂsicamente para disponer de unas cualidades asombrosas. A lo largo de la historia se demuestran sus fabulosas capacidades y evoluciona tambiĂ©n aumentando su poder, pero de una forma más coherente y equilibrada. A travĂ©s del personaje se describen virtudes tĂpicamente femeninas, como la perspicacia, el carácter protector o la intuiciĂłn psicolĂłgica, sin dejar de lado otras virtudes humanas como la fidelidad y el amor sincero. A mi juicio es el personaje más atractivo y mejor descrito de la historia, aunque algunas de sus decisiones resulten difĂciles de justificar. El concepto de la orden de las Bene Gesserit, esa especie de brujas preocupadas por la selecciĂłn genĂ©tica, capaces de interrogar la verdad, conocer el pasado y el futuro, transmutar la materia y otra suerte de poderes sobrehumanos, es tambiĂ©n de lo más atractivo de la historia, complejo, difĂcil de explicar, con muchos cabos sueltos, pero abrigado del suficiente misterio como para dejar al lector intuir las justificaciones que no sabrĂan darse mediante el texto.
El antagonista es el barĂłn Vladimir Harkonnen, cuyo carácter se esfuerza el autor por describirlo infecto de maldades. Contrasta, por cierto, el nombre árabe y desĂ©rtico de los buenos, Muad’Dib, Chani, con el nĂłrdico y gĂ©lido de los malos. Se trata de uno de esos personajes de una pieza, malo en todas sus facetas, egoĂsta, cruel, taimado, en extremo ambicioso, desleal, caprichoso, e incluso se infiltra en el lector una sensaciĂłn de desprecio hacia Ă©l mediante su descripciĂłn fĂsica, un hombre asqueroso y tan obeso que necesita máquinas para poder sujetarse las carnes. Su funciĂłn en la trama es simple: pretende ostentar el mayor poder posible, para lo cual quiere exterminar a los Atreides. Es de esos personajes que no dejan dudas al lector: lo peor que se pueda esperar de Ă©l es lo que hará. Resulta un tanto exagerada su descripciĂłn, ya que, una vez constatada su maldad y su crueldad, se deslizan insinuaciones de su deseo carnal por los hombres jĂłvenes y otros matices sexuales innecesarios. Innecesarios porque no tienen relevancia en la trama, no mejoran la comprensiĂłn del personaje y aluden a prejuicios sexuales del autor que pueden no compartir todos los lectores y son ajenos a la historia. En contraste con el resto de antagonistas, caracterizados por su ambigĂĽedad y su doblez, por los tonos grises de su carácter, el barĂłn Harkonnen queda presentado como una caricatura humana desde su primera apariciĂłn, tan exagerada que predispone al lector para recibir sin sorpresa y sin duda su muerte al final de la historia. Para mayor decepciĂłn, su muerte no está relacionada con ninguna de las caracterĂsticas nefandas del personaje.
Alrededor de estos tres personajes principales aparecen muchos otros con diversas utilidades narrativas, generalmente todos de una pieza, cuyas caracterĂsticas y motivaciones ayudan al desarrollo de la trama, si bien a mi juicio destacan por su especial importancia los fremen, como grupo, más que como individuos. Se trata de una tribu, o un conjunto de tribus aborĂgenes del planeta Dune, que se caracterizan por dos cualidades fundamentales: son asombrosamente fuertes en el combate y disponen de una tecnologĂa increĂble. La coherencia interna de la descripciĂłn de los fremen no está del todo mal trabajada, pero la coherencia externa es difĂcil de asimilar. Viven en un planeta desĂ©rtico en el que nunca llueve y donde el agua es el recurso más valioso. Se presentan en la historia a travĂ©s de una criada fremen de Jessica, servicial y educada, como unos seres desconocidos en el universo y con poca importancia, como una especie de beduinos del desierto con una cultura tribal arcaica. Con esas premisas, resulta casi inexplicable que hayan podido desarrollar una tecnologĂa tan poderosa y tan desconocida como para rivalizar con la de aquellos que vienen de otros planetas en viajes espaciales con naves fantásticas para gobernar su propio planeta por decisiĂłn imperial, que tienen bombas atĂłmicas, escudos de fuerza, armas irresistibles, complejos sistemas econĂłmicos y polĂticos… Cuesta entender cĂłmo han podido desarrollar esa asombrosa tecnologĂa que resultará crucial en la trama. Por otra parte, las fuerzas militares imperiales, denominadas Sardaukar, capaces de someter a todo el universo, se presentan en la historia como seres humanos con un adiestramiento marcial espectacular y provistos de un armamento abrumador. Todos, incluso los más valerosos guerreros de las familias más poderosas tiemblan cuando las tropas de Sardaukar hacen presencia, y hasta el mismĂsimo barĂłn Harkonnen se cuadra ante uno de sus oficiales. Sin embargo, las tribus fremen del desierto se cargan a los Sardaukar con una facilidad inconcebible, como si fuesen moscas, con una demostraciĂłn de fuerza cuya coherencia externa no es fácil de digerir. Por quĂ© son tan poderosos esos hombres del desierto, cĂłmo han desarrollado sus capacidades de combate, por quĂ© nadie los conoce en todo el universo, cĂłmo han desarrollado esa inimaginable tecnologĂa en medio de la arena y sin agua… son preguntas que no tienen una respuesta cĂłmoda. El otro aspecto interesante de los fremen es su faceta espiritual. No quiero llamarla religiĂłn, para no asociar los conceptos occidentales del campo semántico de esa palabra, pero nos referimos a algo de ese estilo: un conjunto de creencias espirituales y valores morales que les sirven de criterios de gobierno y comportamiento. Son criterios con un aroma antiguo, atados a leyendas y premoniciones, envueltos en rituales rĂgidos y carentes de toda razĂłn lĂłgica desde un punto de vista externo, en los que se percibe el esfuerzo del autor por esbozar un sincretismo religioso de todo cuanto conoce, con especial Ă©nfasis en el islam y el judaĂsmo primitivo. Tanto es asĂ que aparecen tĂ©rminos relevantes como yihad, profeta, ramadán o circuncisiĂłn y que se ensalza la sabidurĂa de los hombres del desierto con un poso judaico ineludible, a travĂ©s de un dicho de los fremen: “la educaciĂłn viene de la ciudad, la sabidurĂa del desierto.” Esta idea nos evoca el prejuicio del pueblo hebreo primitivo, pastor nĂłmada del desierto, que odiaba las ciudades, como nos recuerda el GĂ©nesis con la tierra prometida, que es un desierto, y la destrucciĂłn de Sodoma y Gomorra, por ser ciudades, manchadas con todos los pecados propios de tal condiciĂłn. El extremo espiritual de los fremen, o religioso si lo queremos llamar asĂ, relacionado precisamente con los hebreos, lo representa el hecho de que este pueblo del desierto cuenta con la premoniciĂłn de la llegada de un mesĂas, denominado como mesĂas en el texto y aludido como profeta en la tercera parte de la obra, que les liberará de sus problemas y les proporcionará un paraĂso terrenal, un planeta en el que gocen de abundancia y prosperidad, una tierra prometida. Para más coincidencia, el tĂ©rmino local para ese mesĂas es Kwisatz Haderach, muy similar al hebreo kefitzat haderech, que es algo asĂ como un “acortamiento del camino”, ayudando a entender a ese mesĂas como el que impulsa al pueblo hacia su destino final. La parte religiosa tiene mucha importancia para el autor, dejando incluso uno de los cuatro anexos para explicarla con algo más de detalle. En la historia, su importancia es dudosa para el desarrollo de la trama. No consigo ver en quĂ© medida las cosas habrĂan sucedido de otra manera si la religiĂłn de los fremen no existiese o fuera distinta. Aporta colorido, eso sĂ, a un mundo ya de por sĂ increĂble. Por su parte, los fremen tienen su propia evoluciĂłn como colectivo en la historia, pasan de ser un pueblo desconocido, escondido, a revelarse al universo como seres superpoderosos, pasan de tener unas costumbres rĂgidas y unos rituales arcaicos e inexplicables a aceptar el cambio en algunas tradiciones a propuesta del mesĂas, que no es otro que el protagonista. Ahora bien, como en los otros casos de evoluciĂłn del personaje, no es fácil asimilar la justificaciĂłn de que un pueblo que se presenta tan rĂgido en sus costumbres, tradiciones, creencias y rituales acepte en tan solo dos años un cambio tan radical. Aunque podemos concederle a Herbert la indulgencia de que ante la presencia de un mesĂas todopoderoso, clarividente y ubicuo, que te ha prometido un paraĂso en la tierra, uno puede abandonar alguna de sus costumbres sin remordimientos de conciencia.
Sin ser un personaje, el otro ingrediente relevante que invade la novela es la melange, la especia, esa droga sobre la que pivota toda la trama, capaz de producir efectos positivos y negativos en los seres humanos, con curiosas propiedades y relacionada de una forma compleja y difĂcil de explicar con los temibles gusanos de arena del planeta Dune. Estos gusanos son gigantescos, de varios kilĂłmetros de longitud, grandes como montañas, sin raciocinio, pero relacionados con la producciĂłn de especia de un modo que no queda demasiado claro en la historia. Su protagonismo está relacionado con esta droga tan valiosa y con su asombrosa capacidad de destrucciĂłn, además de aportar una cierta tensiĂłn a la trama cada vez que aparecen. La droga es adictiva, carĂsima, proporciona presciencia al que la toma y justifica, de algĂşn modo enrevesado, las tremendas luchas por el poder del universo. Puesto que solo se produce en el planeta Dune, que es un desierto inmenso poblado por los fremen, allĂ sucede toda la historia, con sus gusanos gigantes y su escasez de agua por decorado.
Estilo.
Es en el estilo donde hemos de encontrar siempre el tesoro literario, porque los temas y los escenarios, asĂ como las pasiones humanas, están todos trillados desde Homero. Es la forma de contar la que encierra el valor artĂstico. Acerca del estilo literario de Dune podemos decir sin miedo a equivocarnos que es sencillo y sin grandes ambiciones poĂ©ticas, dirigido más bien a un lector juvenil y principiante. La narraciĂłn es fluida e intercala la prosa del narrador omnisciente con diálogos con acotaciones, y se toma el capricho de dejar caer algunos versos de los cuales no quiero acordarme. El hallazgo literario más interesante de toda la obra es la forma en la que el narrador reproduce pensamientos en primera persona de los personajes, resaltados con el texto en cursiva para facilitar la lectura. Esta tĂ©cnica aporta mucha complejidad al texto, pues permite la narraciĂłn en primera persona desde mĂşltiples perspectivas, una faceta muy rara de encontrar en literatura. Es un recurso habitual a lo largo de todo el libro y ayuda en algunos casos a descubrir los sentimientos más profundos de los personajes tal y como ellos los expresarĂan, sinceros con el lector. En otras obras tales pensamientos los suele describir el narrador en tercera persona, manteniendo el estilo literario del resto de la narraciĂłn. Pero en este caso no, los pensamientos se expresan en primera persona, tal y como son pensados. Reconozco que es un ejercicio audaz y cuya exploraciĂłn podrĂa proporcionar, tal vez, algĂşn texto brillante. Herbert, al menos en este libro, no encuentra la excelencia literaria, pero aporta una capa más de material interesante para los lectores menos exigentes. Sin embargo, en muchos casos, los lectores exigentes encontrarán tales exposiciones de pensamientos redundantes, aclaraciones innecesarias de los hechos que ahuecan demasiado la narraciĂłn. Además, en algunos casos la confesiĂłn de tales pensamientos es inconsistente en sĂ misma, sobre todo en aquellos fragmentos que aluden a palabras del narrador que no se refieren a hechos de los personajes. PondrĂ© un ejemplo para aclararlo:
“Y los ojos verdes y penetrantes del viejo duque, su abuelo paterno ya muerto.
Aquel sĂ que era un hombre que apreciaba el poder de la bravura… incluso en la muerte, pensĂł la reverenda madre.”
La primera frase es del narrador. En cursiva se reproduce el pensamiento de la reverenda, que alude a esa frase del narrador que de ningĂşn modo puede conocer el personaje. En definitiva, ese hallazgo audaz, que podrĂa ser brillante en las manos adecuadas, es muy difĂcil de manejar con la pluma sin caer en redundancias, aclaraciones innecesarias e inconsistencias narrativas, pero en todo caso es una idea sugerente.
Otra huella del estilo de Dune es el Ă©nfasis en la adjetivaciĂłn a la hora de describir algo fĂsico, ya sea un personaje, un lugar, un objeto, con un estilo relajado y extenso, pero sin altura poĂ©tica y sin valor para la trama. Es conocido que el exceso de adjetivaciĂłn, o incluso la adjetivaciĂłn en sĂ misma, es un defecto literario, del mismo modo que el abuso de los adverbios. Ambas figuras, adjetivos y adverbios, sirven para matizar nombres y acciones, pero su uso imprudente rellena las páginas de huecos huĂ©rfanos de contenido. La forma elegante de matizar es mediante los hechos de la narraciĂłn, que sea el lector el que pueda deducir cĂłmo es el personaje por cĂłmo se comporta, o cĂłmo es el lugar por las sensaciones que transmite a los personajes. Es más elegante porque es más efectivo: en muchos casos, los adjetivos solo ponen ruido a la narraciĂłn, engolan la dicciĂłn y dificultan el desarrollo de la trama. El adjetivo bien puesto es aquel, y solo aquel que en su ausencia no permite que se entienda el mensaje por completo. Pongamos un ejemplo:
“Era la esfera de un mundo, parcialmente en las sombras, girando bajo el impulso de una gruesa mano llena de brillantes anillos. La esfera estaba sujeta a un soporte articulado fijo a una pared…”
Como ves, en ese fragmento hay seis elementos de matiz, adverbios y adjetivos, y once con sustancia, verbos y sustantivos, o solo diez si no contamos el verbo ser, que no tiene sustancia, no revela acciĂłn, es meramente descriptivo. A simple vista parecen demasiados, pero veamos si son relevantes o prescindibles. El primero, un mundo, parcialmente en las sombras. Si se extrae el adverbio, el sentido es casi idĂ©ntico, un mundo en las sombras, pues salvo que estĂ© completamente en las sombras lo está parcialmente. En todo caso, es innecesario el matiz, el sentido sombrĂo es el mismo. El segundo, gruesa mano, observamos que tambiĂ©n es innecesario, pues sabemos del párrafo anterior que es la mano de un personaje muy obeso. Brillantes anillos es meramente redundante: salvo que los anillos estĂ©n matizados u oscurecidos por algĂşn hecho, son joyas relucientes y brillantes por lo comĂşn, y en este caso no es que tengan un brillo especial. La Ăşltima frase es toda ella prescindible desde la perspectiva de la economĂa del lenguaje, la esfera estaba sujeta a un soporte articulado fijo a una pared, pero además está cargada con tres adjetivos más, sujeta, articulado y fijo. HabrĂa sido más limpio decir que la esfera estaba sujeta a la pared mediante un soporte, dejando un solo adjetivo y manteniendo el sentido, pues que el soporte sea articulado no va a tener trascendencia en la trama, y que estĂ© fijo a la pared tampoco. Incluso se podrĂa haber dicho con mayor economĂa la esfera estaba sujeta a la pared, omitiendo el soporte, que no tendrá ningĂşn protagonismo. Y si elevamos el listĂłn del estilo podemos omitir toda la frase, porque el hecho de que la esfera estĂ© sujeta a la pared no tiene ninguna importancia, la acciĂłn no va por ahĂ. Como decĂa más arriba, el abuso de los adjetivos y adverbios en las descripciones de Herbert es una huella de estilo que se repite demasiado en la obra sin ninguna finalidad narrativa, con una relajaciĂłn de la dicciĂłn y una ralentizaciĂłn de los acontecimientos que no aporta nada positivo. Pero este defecto tiene una faceta todavĂa más censurable, a la cual ya he aludido más arriba por otros motivos: la de causar fatiga, frustraciĂłn y decepciĂłn. A mi juicio, es uno de los peores errores en los que puede caer el autor, despuĂ©s de los errores gramaticales. En principio, el autor elige lo que quiere contar y omite lo irrelevante. Pero en realidad se inventa solo lo relevante. No se inventa, por ejemplo, el color de la ropa interior si no va a aparecer en la historia. Lo intrascendente no debe inventarse, o si se inventa debe ser eliminado de la versiĂłn final en alguna de las sucesivas etapas de reelaboraciĂłn del texto. En apariencia, si se cuela algo irrelevante no tiene importancia se puede pensar que quedará como un mero adorno, pero no es asĂ. El elemento irrelevante desorienta al lector, le confunde y le lleva por un camino equivocado hacia la fatiga, la frustraciĂłn y, finalmente, la decepciĂłn. Pongamos un ejemplo sencillo para explicarme:
“El reloj no estaba aún correctamente ajustado al tiempo local, y tuvo que restar veintiún minutos para determinar que eran alrededor de las dos de la madrugada.”
Para empezar hace un uso impropio de los dos adverbios: en correctamente ajustado el adverbio es superfluo, la misma informaciĂłn se puede transmitir omitiĂ©ndolo, el reloj no estaba aĂşn ajustado; y en alrededor de las dos el uso del adverbio es muy desafortunado, dejando ver un manejo nefasto del lenguaje, pues despuĂ©s de ajustar veintiĂşn minutos exactos el reloj no se puede tener una informaciĂłn aproximada de la hora. Con independencia de ese uso ridĂculo de los adverbios, la frase contiene una informaciĂłn tan precisa que debe significar una de estas dos cosas: o bien es un adorno innecesario, o bien esos veintiĂşn minutos tendrán una importancia capital en el desarrollo de los acontecimientos. El lector sospechará de lo segundo y mantendrá la informaciĂłn fresca en su memoria hasta que se resuelva el enigma y reciba asĂ el placer de descubrir algo que intuĂa. Pero, en este caso, solo encontrará frustraciĂłn, porque los veintiĂşn minutos y las dos de la madrugada no sirven de nada. Hay un cierto intento por parte del autor de coordinar con detalle los sucesos de los siguientes tres capĂtulos, entre los que se incluye la analepsis, para que la traiciĂłn se produzca de manera sincronizada: un veneno para dormir, el cálculo preciso de cuándo se van a despertar, cuándo se producen las muertes, cuándo llegarán los malos, cuándo se atrapará a los protagonistas… Eso es cierto, pero solo de forma aproximada se consigue dejar la sensaciĂłn en el lector de que los tiempos están bien calculados por el traidor. En todo caso, aunque el lector se esfuerce en releer y buscarle sentido a esos veintiĂşn minutos descubre que no intervienen en la traiciĂłn, tan meticulosamente calculada, sino que suceden en otro espacio temporal. De hecho, si suprimimos ese dato todo lo demás encaja igual, incluso si quitamos todas las referencias temporales se mantiene coherente la Ăşnica informaciĂłn que resulta relevante: la traiciĂłn ha sido bien calculada. En definitiva, ese dato tan preciso genera en el lector la sospecha de su importancia, y asĂ trata de buscarle en la trama un encaje que no tiene. El resultado es la confusiĂłn de no haberlo entendido o el hastĂo de haber perdido el tiempo. Cuando el lector, si tiene la paciencia de releer y rebuscar la importancia de ese dato, concluye que es un matiz innecesario, y comprueba que esta forma de proceder se repite en exceso en la obra, termina por perder la fe en el autor y por desconfiar del valor de los detalles de sus descripciones, hasta el punto de pasarlos por alto en una lectura cada vez más rápida y superficial. Entonces, no solo el lector se frustra por leer demasiado deprisa fragmentos que intuye que no serán relevantes, sino que el autor pierde la oportunidad de dejarle caer con sutileza detalles que sĂ lo son. Podemos comparar ese fragmento de los veintiĂşn minutos con el siguiente:
“El duque era alto, de piel olivácea. Su rostro largo y delgado estaba tallado en ángulos duros, suavizados tan solo por los profundos ojos grises. Llevaba un uniforme de trabajo negro, con el halcĂłn heráldico rojo bordado en el pecho. Un cinturĂłn con escudo de plata, patinada por el uso, ceñĂa su delgada cintura.”
El lector que ya ha perdido la fe en el autor percibirá en ese texto el exceso de adjetivos habitual, nada más y nada menos que quince, e intuirá una nueva descripción irrelevante, pues sospechará que la piel olivácea es un mero adorno, que la dureza de los ángulos de su cara no aportará nada a la trama, que da igual si lleva uniforme o no, si es de trabajo o de paseo, o si es negro o marrón, y pasará por alto si el cinturón es de plata o de bronce, aburrido de tantos detalles intrascendentes y olvidará si la cintura del duque era estrecha o normal, porque tanto da. Y estará en lo cierto, pues de nada sirven todos esos datos para la definición del personaje, ni de su carácter, ni de sus principios, ni condicionan los hechos de la trama, ni influyen en ningún aspecto narrativo. Tampoco son brillantes desde un punto de vista poético, por cierto, sino todo lo contrario. Y es entonces cuando se perderá el único matiz relevante de ese párrafo: la plata del cinturón está matizada por el uso. Fatigado de tantos datos innecesarios y molesto con la decepción de que no sirvan de nada, el lector se persuadirá de que tampoco importa si la plata está matizada o no por el uso. Sin embargo, esos cinturones se usan como escudos protectores a lo largo de toda la novela, y ese detalle descriptivo sà aporta información relevante sobre el personaje, descubriendo que el duque debe haber peleado en innumerables ocasiones con éxito para poder seguir vivo y tener un cinturón cuya plata está desgastada de tanto usarla. En conclusión, si como autor maltratas al lector con información irrelevante de relleno perderá la fe en el valor de tu narración y después no tendrás la oportunidad de sembrar con sutileza pequeños detalles en la historia que enriquezcan la trama, porque no les prestará atención. Herbert demuestra no tener presente este riesgo con innumerables ejemplos.
Otro matiz de estilo es la forma en la que omite al lector información trascendente para sorprenderle más adelante con su revelación. Este matiz, que puede producir efectos narrativos brillantes, debe manejarse con honestidad hacia el lector y con coherencia interna. Herbert no siempre lo consigue, en cuyo caso el efecto es decepcionante. Pongamos un ejemplo:
“… con la lĂnea de la frente del abuelo materno, aquel que no puede ser nombrado…”
Se trata de una descripciĂłn del narrador en la que omite deliberadamente el nombre del abuelo materno del protagonista, sugiriendo que tiene una ascendencia asombrosa y que no se puede pronunciar su nombre por algĂşn motivo, ya sea por su enorme maldad o su magnĂfico poder. Sin embargo, «el que no puede ser nombrado» se cita unas quinientas veces en la obra, no es un decir, por boca del narrador y de todos los personajes que aparecen en ella. Puede ser nombrado y se nombra sin parar. AsĂ, el autor siembra en el lector una sospecha acerca de la ascendencia del protagonista de forma incoherente y deshonesta, para que cuando se revele su parentesco con «el que no puede ser nombrado» sobrevenga la sorpresa entre los lectores menos exigentes. Pero como el planteamiento inicial es incoherente, la sorpresa es decepcionante. Lo peor es que los hechos habrĂan sucedido igual sin ese detalle de parentesco, es decir, que no tiene trascendencia en la trama, con lo cual esa omisiĂłn deliberada sobre su parentesco y la revelaciĂłn posterior solo sirven para enredar un poco la historia y adornarla con una fingida complejidad deshonesta con el lector. No es, por desgracia, el Ăşnico ejemplo.
Otra nota del estilo de Herbert es lo que yo llamo narraciĂłn cinematográfica. Me refiero a esa manera de contar que nunca existiĂł antes de la apariciĂłn del cine y que consiste en detallar la acciĂłn tal y como se verĂa en una pantalla. La literatura asienta sus virtudes narrativas en un lugar distinto al cine, tienen gramáticas distintas, y su excelencia, desde un punto de vista artĂstico, responde a motivos distintos. Por ejemplo, del mismo modo que en una pelĂcula no aceptarĂamos una voz en off que estuviera relatando todo el texto que le corresponde al narrador en una novela, en la novela no encaja bien la explicaciĂłn de todo lo que verĂa el espectador en una pelĂcula. En la pantalla puedes ver cĂłmo un personaje se levanta de una silla, con todos sus matices de expresiĂłn, su ropa, el decorado, el gesto que hace al despedirse, cĂłmo se alisa una arruga del vestido al levantarse, y ello puede servir para interpretar lo que piensa, lo que siente y justificar los hechos de la trama. En una novela, en cambio, la descripciĂłn meticulosa de esa visiĂłn tiene una dudosa funciĂłn narrativa y produce problemas de ritmo. El cine explica con imágenes, la literatura lo hace con acciones y conceptos. Si bien en ocasiones puede ser un arma brillante en la novela, describir la acciĂłn como una sucesiĂłn de imágenes suele ser aburrido y huella de un estilo pobre y desconocedor de la gramática literaria. ÂżQuĂ© interĂ©s podrĂa tener, me pregunto, describir cĂłmo el personaje se levanta de la silla y se alisa la arruga del vestido? Pues eso es lo que hace Frank Herbert:
“El joven de la mirada triste se agitĂł en su silla, alisándose una arruga de sus medias negras. DespuĂ©s se enderezĂł, al oĂr una discreta llamada en la puerta, a sus espaldas.”
Estaba tenso, vale, pero no estoy seguro de que sea la mejor manera de decirlo, sobre todo cuando en el capĂtulo siguiente vuelve a reproducir la misma imagen en otro contexto sin aparente utilidad narrativa:
“La reverenda madre se alzó, alisando un pliegue de su vestido.”
Y, por si no fuera bastante, poco después vuelve a describir algo similar:
“Entonces la vieja mujer salió de la estancia con un suave roce de sus ropas.”
A lo largo de toda la obra, Herbert abusa de la descripciĂłn visual de las acciones de los personajes, con ese estilo que llamo cinematográfico. El caso extremo de esta huella quizá sea una escena cerca del final, que podrĂamos llamar secuencia, en la que se describe con detalle un combate, con la intenciĂłn de que el lector lo vea tal y como el autor lo está imaginando. El resultado es a mi juicio muy pobre en tĂ©rminos literarios. Sospecho que para muchos lectores resultará interesante, es para ellos para quienes está escrito.
Otro matiz del estilo descuidado del autor es la redundancia innecesaria de las acotaciones en los diálogos. Entiendo que no todo escritor ha de ser tan escrupuloso como yo a la hora de las acotaciones, que no las utilizo nunca, dejando que sea la narración y el propio diálogo los que permitan interpretar a quién corresponde cada intervención, pero el caso de Herbert es demasiado obvio y deja entrever una escritura apresurada y sin esmero. Un ejemplo será suficiente:
“—Feyd lo recuerda —dijo el barón—. Continúa.
—No os gustan mucho los detalles, barón —dijo Piter.
—¡Continúa, te lo ordeno! —rugió el barón.”
Como puedes ver, las tres acotaciones son innecesarias, si se prescinde de ellas el texto queda mucho más fluido y limpio sin perder ninguna información.
“—Feyd lo recuerda. Continúa.
—No os gustan mucho los detalles, barón.
—¡Continúa, te lo ordeno!”
Sabemos del párrafo anterior que dialogan Piter y el barón, no cabe duda de a quién pertenece cada diálogo, y por el tono expeditivo de la última frase con la exclamación sabemos cuál es la actitud del personaje, no necesitamos leer que rugió. La novela está repleta de estas acotaciones redundantes que entorpecen la lectura, enredándose además en muchas ocasiones con los pensamientos interiores en primera persona, esos que están escritos en cursiva, dando como resultado un texto deslucido.
Un aspecto molesto del estilo de Herbert es la forma ingenua en la que pretende asombrar al lector con palabras maravillosas para tratar de sumergirle en un ambiente fantástico y emocionante. Para intentarlo, retuerce las palabras e inventa detalles que a mi juicio resultan infantiles y que no producen el efecto deseado, generan confusiĂłn y enfatizan conceptos vacĂos. Por ejemplo:
“Pienso que la especia vale actualmente seiscientos veinte mil solaris el decagramo, en el mercado libre. Es una riqueza que puede comprar tantas cosas.”
AquĂ la intenciĂłn del autor es dejar constancia de que la especia es muy valiosa. El matiz del mercado libre, este sĂ interesante, ayuda a entender que debe haber regulaciones gubernamentales para tan preciada sustancia. La moneda solaris aporta ya ese aspecto maravilloso que requiere un mundo futurista. Hasta ahĂ, bien. Sin embargo, la tasaciĂłn es ingenua, utilizando una cantidad sonoramente enorme sobre una unidad de medida pintoresca. HabrĂa sido más limpio decir que costaba sesentaidosmil solaris el gramo, o sesentaidĂłs millones el kilo, sin generar ruido con el decagramo, que es una unidad de medida que no se utiliza. Con ello pretende generar extrañeza y sorpresa en el lector, como dejando ver que este mundo fantástico tiene hábitos diferentes a los nuestros, más evolucionados, pero no está justificado: el decagramo no vuelve a aparecer en toda la historia, no es una unidad de medida frecuente y no es apropiada para medir el valor de la especia. Si hubiese dicho sesentaidĂłs solaris el miligramo, habrĂa utilizado una unidad de medida apropiada al orden de magnitud del precio, y entonces la extrañeza sobre esa unidad de medida habrĂa estado justificada, pero claro, perderĂa el sonido campanudo de los seiscientos veintemil, que suena a muchĂsimo. Sea como fuere, es una estrategia infantil de enrevesar el texto de forma poco honesta con el lector, sin aportar valor literario. Como puedes imaginar, la abundancia de estos detalles en la descripciĂłn de su mundo de ciencia ficciĂłn es excesiva.
En lĂnea con lo anterior, otra muestra del estilo enrevesado del autor es la inserciĂłn en el texto de ideas inexplicables y contradictorias con el mundo real que conocemos, conceptos que chocan con nuestro conocimiento y pretenden producir de nuevo esa sensaciĂłn de extrañeza y sorpresa, pero que no están justificadas a lo largo de la novela y se muestran finalmente como conceptos vacĂos y malintencionados. Veamos unos ejemplos:
“A la edad de quince años, habĂa aprendido ya el silencio.”
No habĂa aprendido a callarse, ni el valor del silencio, sino el silencio en sĂ, cosa inexplicable. Cuando concluye la obra el lector no ha podido interpretar a quĂ© se referĂa con ello.
“Cuando dudes del terreno, permanece descalzo.”
Resulta contradictorio que cuando temes que pueda haber trampas en el suelo, un terreno resbaladizo, pinchos o temperaturas extremas que causen dolor, cuando dudes del terreno, lo mejor sea permanecer descalzo, sobre todo a la hora de combatir, que es el contexto de la cita. Se olvida que los soldados en la guerra no dudan en robarle las botas al enemigo derrotado, o quitárselas al compañero caĂdo, cuando las propias no son tan buenas. Se pretende, de nuevo, sembrar en el lector una sensaciĂłn de extrañeza que no se puede justificar, por lo contradictorio con la realidad.
“Mi madre es mi enemiga.”
Esta es una de mis preferidas, que deja en el lector la sospecha de que algo va a pasar con su madre, la cual se demuestra siempre buena y protectora durante toda la novela, como solo pueden serlo las madres. La obra termina sin atisbos de que sea su enemiga en modo alguno, humillando al lector una vez más con una falsa tensiĂłn que no conduce a ningĂşn sitio. Este detalle enlaza con los cabos sueltos de la trama que quedan sin resolver, o mal resueltos. No son huella del estilo del autor, pero sĂ son una caracterĂstica de su literatura. Hay muchos a lo largo de la novela, ampliamente censurados incluso por sus aficionados, y reconocidos por Ă©l mismo. No es momento de tratarlos, porque tendrĂa que desvelar toda la trama, pero sĂ cabe señalar que tienen esa intenciĂłn de infiltrar en el lector una sospecha, una pista falsa, para generarle una tensiĂłn incoherente con la trama que resulte en un giro inesperado de los acontecimientos, en una sorpresa. La sorpresa, sin embargo, resulta ser que los hechos no suceden con coherencia interna en demasiados casos. El más decepcionante de todos a mi juicio es cuando el autor revela que el protagonista va a morir, cuando se acercan los Ăşltimos pasajes del libro, pero no muere.Â
ConclusiĂłn.
En conclusiĂłn, lo mejor de la novela no es su aspecto literario, sino el ambiente que crea el autor, ese mundo ficticio en el que puede desarrollar su perspectiva de la vida y sus valores morales, en el que podemos ver reflejados los retos de la humanidad, sus virtudes y sus vicios. La nobleza de los Atreides y tambiĂ©n su lamentable destino, metáfora griega de la casa de Atreo, la escasez del petrĂłleo, representada por la especia, la ecologĂa, asociada a esa intenciĂłn de revitalizar un desierto, la avaricia de los hombres malos, representada por el egoĂsta Harkonnen y su obesidad mĂłrbida, las intrigas diplomáticas y palaciegas, revoloteando alrededor del poder polĂtico, casi indistinguible de los gobiernos actuales, las conexiones religiosas, participadas de un sincretismo en el que pueden intuirse las creencias del autor, el poder de la mente para sanarse uno mismo. Son muchas lĂneas temáticas las que destellan en la obra, que con mejor o peor estilo literario dejan un mundo complejo y atractivo por explorar. Rescato algunas citas interesantes:
“El misterio de la vida no es un problema que hay que resolver, sino una realidad que hay que experimentar.”
Una cita hermosa que nos recuerda que el camino es lo importante, y no el destino.
“Puesto que has resultado un combatiente tan poco capacitado, es mejor enseñarte un poco de música a fin de que no malgastes completamente tu vida.”
Una cita tierna y alegre, que insiste en el valor intrĂnseco del arte.
“Soy un frutal bien cuidado, pensó. Lleno de buenos sentimientos y de habilidades y de todas esas hermosas cosas que crecen en mÅ para que algún otro pueda recolectarlas.”
Una idea generosa sobre la vida, explicada en el amor.
“Demasiada poca individualidad, y el pueblo se convierte en una turba.”
Una que recuerda la importancia de las personas, de los individuos dentro del colectivo, sin cuya personalidad y voz propia el conjunto se convierte en una masa autodestructiva.
El hallazgo poĂ©tico más bonito que rescato de la obra, poĂ©tico en el sentido de arte literario, es cuando el protagonista le explica a su amada cĂłmo es el planeta del que viene, retratando el nuestro. En Dune, solo hay desierto, nunca llueve. La ausencia de agua no es ya el problema, sino la ausencia misma de humedad. Apenas hay animales, ni plantas. Vivir asĂ resulta imposible, rebuscando entre los muertos la poca humedad que destilan sus cadáveres. Ella no ha conocido otro lugar. Él le explica que en el planeta de donde viene hay prados verdes y ocĂ©anos de agua, se bañan en ella, y es tan abundante que incluso cae del cielo.Â
En la introducciĂłn citamos a Tolkien junto a Frank Herbert, por la similitud en el Ă©xito y difusiĂłn de sus mundos fantásticos, aunque con estilos tan diferentes. Me despido con una frase de Tolkien que dejĂł escrita en una carta a John Bush, en la que respondĂa acerca de su opiniĂłn sobre la obra del estadounidense: «De hecho me desagrada Dune con cierta intensidad, y en este desafortunado caso, es mucho mejor y más justo para el otro autor mantenerse en silencio y rehusar cualquier comentario.” A Frank Herbert no creo que le importe ya lo que digamos de su obra.
Resumen.
Dejo anexo para el final un resumen de la obra, por si te pudiera ser de alguna utilidad. En Ă©l se revela la trama y el desenlace. AsĂ que si no te interesa, nos despedimos aquĂ. En caso contrario…
Parte 1: Dune.
Presentación del protagonista, Paul Atreides, de su madre Jessica y de una vieja bruja, ambas Bene Gesserit. La vieja somete al joven de quince años a una prueba para comprobar si es quien parece ser.
PresentaciĂłn de los malos, encabezados por el barĂłn Harkonnen, fĂsicamente asqueroso, y sus planes de engaño y traiciĂłn a los Atreides.
PresentaciĂłn de Gurney Halleck, fiel maestro de combate de Paul, y alusiĂłn al viaje a Arrakis, el planeta Dune, lleno de peligros.
PresentaciĂłn de Yueh, una especie de sanador y futuro traidor. Se citan los fremen, los gusanos y otros detalles de Arrakis.
PresentaciĂłn de su padre, el Duque Leto. Se introduce la melange, la especia, y los retos que presenta el viaje.
Ya en Arrakis, se presentan los fremen a travĂ©s del ama de llaves de Jessica, envueltos de misticismo y profecĂas. Se introduce el tema del agua en Arrakis y la especia.
Intento de asesinato a Paul. Jessica descubre una nota que la advierte de la posible traiciĂłn de uno de los suyos. El Duque piensa que los fremen pueden ser sus aliados.
Se enreda la sospecha de que la traidora sea Jessica y se descubre la posibilidad de que Paul sea el mesĂas.
Se vislumbra la posibilidad de que el Duque muera y Paul herede.
PresentaciĂłn de los gusanos y demostraciĂłn de que el Duque es muy protector de sus hombres.
Se insiste en la importancia del agua y se atisba la posibilidad de promover un cambio climático.
Yueh ejecuta la traición de forma ambigua, pues el objetivo final es que, entregando al Duque, este mate al barón Harkonnen mediante un engaño venenoso.
El barĂłn toma el planeta, ejecuta al traidor y muere el Duque, pero Jessica y Paul escapan al desierto.
Paul tiene visiones de futuro, revela a su madre que es hija del barĂłn Harkonnen y sugiere refugiarse con los fremen.
Parte 2: Muad’Dib.
Jessica está embarazada de una niña. Paul se postula como futuro emperador. Viven aventuras de transición en el desierto y empiezan a conocer a los fremen.
Paul se revela como un guerrero asombroso. Toma el nombre de Muad’Dib y se enamora de una fremen.
Se deja ver una tensa alianza entre Emperador y Barón, cada vez más cruel.
Jessica se somete a un ritual que le otorga un gran poder.
Parte 3: El profeta.
Han pasado dos años, Paul ha tenido un hijo y una hermana.
Paul cabalga un gusano y se revela como un lĂder majestuoso que pretende asaltar todo el planeta.
De manera asombrosa, Paul se convierte en ese superhombre mesiánico, con el don de la ubicuidad y la clarividencia. Descubre que el Emperador está en Dune.
Los fremen, dirigidos por Paul, atacan y toman el palacio. En la batalla muere su hijo, matan al BarĂłn y capturan al Emperador.
Tras vencer en un duelo ritual al heredero Harkonnen, Paul propone al Emperador un acuerdo de paz: casarse con su hija y postularse como futuro Emperador.
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