La serpiente de bronce: el vestigio arcaico de un taumaturgo

“y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”

Nm 21:9

Presentación.

Hay algo que no encaja con nada. Israel se queja, aparecen serpientes venenosas… y Moisés hace justo lo que está prohibido: fabrica una serpiente de bronce, la alza sobre una vara, y cura. ¡Un ídolo que sana!

Hoy analizamos por qué Nm 21 es tan incómodo para la Torá, por qué contradice todo el proyecto teológico que lo rodea y por qué, precisamente por eso, podría conservar el recuerdo más antiguo de Moisés.

Introducción.

En el último ensayo dejamos palpitando la serpiente de bronce de Moisés. Si acabas de aterrizar no te preocupes, puedes seguir este análisis y aprovechar su esencia. No obstante, conviene recordar el marco de investigación en el que se inscribe, ahora que estamos llegando al final.

Empezamos estudiando la historia de Aarón, y conseguimos aislar un estrato literario primitivo en el cual se inspira el texto de la Torá. Descubrimos que parece ser independiente de la historia de Moisés, aunque ambas se encuentren fundidas en el texto bíblico. Continuamos estudiando la historia de Moisés, y no conseguimos apenas encontrar rastro de ninguna tradición mosaica previa a la redacción deuteronomista del s. VII a. C: nada en Ex, nada en Lv, nada en Nm. Dt, por su parte, ya es deuteronomista.

La búsqueda no es caprichosa, porque de ello depende entender el mensaje bíblico. En ausencia de tradición mosaica previa al s. VII cabría sospechar que el personaje es una construcción literaria ex nihilo de esa época, lo cual volaría por los aires todo el andamiaje teológico. Ya no se trata de si Moisés existió realmente o si el éxodo sucedió como lo cuenta la Biblia, sino que de no encontrar ningún rastro previo al s. VII tendríamos que aceptar la posibilidad manifiesta de que el personaje se creara entonces. Y tal cosa, como puedes imaginar, obliga a interpretar la Biblia con otra perspectiva.

Sin embargo, encontramos un fósil extraño relativo a la tribu de Dan en Lv 24, una misteriosa mujer cusita en Nm 12 y una inquietante serpiente de bronce en Nm 21. Hoy analizamos esa serpiente. A mi juicio, la huella más nítida y reveladora de la existencia de un Moisés arcaico.

La serpiente de bronce.

En Nm 21 se incluye un pasaje muy extraño. Después de derrotar al rey de Arad en Horma y antes de partir hacia Obot, los israelitas vuelven a quejarse en los términos de costumbre: pasamos hambre y sed, vamos a morir en el desierto, para qué nos sacaste de Egipto… El cliché de protesta y castigo, tan desgastado a lo largo del libro, vuelve a repetirse una vez más de forma inexplicable. 

De acuerdo con el texto, los israelitas llevan cuarenta años vagando por el desierto, han visto todo tipo de prodigios y han sido saciados milagrosamente con maná que cae del cielo por las noches, codornices del mar que llegan por las mañanas y agua que brota de las rocas a toque de vara. Durante muchos años han vivido así, gobernados por Moisés y sujetos a la ley divina. No hay modo de conciliar que ahora vuelvan a quejarse por lo mismo, contra YHVH y contra Moisés. Por tanto, hemos de sospechar que este fragmento no pertenece al contexto narrativo.

Y así parece, con solo atender a lo que se cuenta. YHVH toma la decisión de castigar a los israelitas por su reproche enviado serpientes ardientes que mordían con veneno. El pueblo, atormentado y arrepentido, confiesa su pecado y suplica perdón a Moisés. En consecuencia, Moisés pone una serpiente de bronce en su vara, de tal suerte que todo el que la mira se cura de las mordeduras.

El relato es asombroso en este contexto, inexplicable, absolutamente incoherente con la historia. Veamos por qué.

Un fragmento inconexo.

Repasemos el texto. Resumo la cita para destacar lo más interesante.

Nm 21, 4-9:

“Después partieron del monte de Hor […] habló el pueblo contra elohim y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua […] YHVH envió entre el pueblo serpientes ardientes […] Hemos pecado por haber hablado contra YHVH, y contra ti […] YHVH dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre un asta; […] Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”

Observamos que el texto tiene la función narrativa que esperamos de un nuevo caso de reproche y castigo: consolidar la legitimidad de Moisés y la autoridad de YHVH, así como proyectar en el pueblo de Israel el arrepentimiento y la sumisión. Sin embargo, el propio fragmento es incoherente consigo mismo. YHVH tiene el poder de enviar serpientes ardientes, ¿por qué no tiene el poder de retirarlas? También es inconsistente con la historia previa: no es posible que los hebreos se quejen de lo mismo después de cuarenta años viviendo milagrosamente, no es coherente que duden del líder y de la divinidad. No estamos ante una psicología humana verosímil, sino ante un patrón literario reutilizado fuera de lugar. Pero lo más llamativo es que se proponga como solución un ídolo de metal, justo eso que la ley se esfuerza en prohibir desde la primera instrucción. No es una imagen decorativa ni pedagógica: es un objeto eficaz, portador de poder, exactamente lo que la ley combate. Y no es poca cosa: como ya hemos explicado otras veces, el fundamento principal de los mandamientos es no adorar ídolos, solo se permite, y se exige, adorar a YHVH de forma inmaterial. Ese y no otro es el gran proyecto teológico de la Torá. Y por si fuera poca cosa, se elige a una serpiente como ídolo sanador. Lo último que faltaba por escuchar. 

En apariencia, este asunto no tiene ningún anclaje con el contexto narrativo, y es tan insólito que debemos interpretarlo como un cuerpo extraño, un fragmento que no pertenece a esta historia. En apariencia…

Las serpientes bíblicas.

La serpiente en sí ya deja una sensación incómoda. En Gn 3 aparece el nāḥāš, la famosa serpiente del Edén, con un rol tan atractivo que ha dado juego a multitud de interpretaciones creativas. No vuelve a aparecer hasta Ex 4-7, ese ciclo en el que Moisés aprende a convertir la vara en serpiente y después Aarón realiza el milagro delante del faraón, al igual que sus hechiceros. Todas esas también son neḥāšîm.

En Nm 21 YHVH envía concretamente ha-neḥāšîm ha-śĕrāfîm, es decir, serpientes ardientes, venenosas, por asociación del veneno con la quemazón de la mordedura. Sin embargo Moisés construye una neḥāš neḥōšet, una serpiente de bronce. Fijémonos en que el adjetivo neḥōšet tiene, no por casualidad, la misma raíz triliteral que la serpiente N-Ḥ-Š (נ (nun), ח (ḥet), ש (shin)). Existe un juego de palabras y de significados difícil de desentrañar, pero muy atractivo: YHVH le dice a Moisés que haga una serpiente ardiente para la vara, pero él hace una serpiente de bronce. ¡Y funciona! Esa tensión conceptual no se explica, no se aclara, no se matiza, y está muy bien escrita, con lo que debemos sospechar que encierra el mensaje que el autor pretendía trasladar.

No es tarea de hoy llegar hasta el fondo del mínimo detalle, baste con observar que el texto, aunque parezca extraño en su contexto, encierra algún sentido con intención.

Al fin Moisés como protagonista.

Lo más atractivo de este fragmento es que Moisés es el protagonista indiscutible, algo que venimos buscando con ilusión desde Ex 1, prácticamente sin éxito. Aquí, en cambio, Moisés actúa directamente, fabrica un objeto, obra un milagro sin ritual, sin ofrendas, sin Aarón, sin sacerdocio, sin leyes, sin dogmas, sin palabra revelada, sin expiación… Es un Moisés distinto, carismático, taumaturgo, que utiliza un ídolo de bronce para sanar, al uso de las culturas antiguas del Levante. Y el objeto cura de forma automática, sin mediación divina, como un instrumento apotropaico que utiliza el símbolo del mal para curar el mal: una serpiente para curar el veneno de serpiente.

Que me aspen si esto no es magia antigua y choca frontalmente con el mensaje teológico de la Torá. Aunque refinado por los autores, esto no es un yahvismo deuteronomista, sino justo lo contrario: es el recuerdo de una religión arcaica. 

El Moisés iconoclasta, legislador, mediador divino, no es este. Aquí hay un fósil que no pertenece al estrato literario en el que se encuentra. 

El Moisés arcaico.

Si atendemos a argumentos literarios, los criterios de dificultad garantizan la verosimilitud de este pasaje de forma asombrosa. La serpiente de bronce es literariamente incómoda, porque contradice los mandamientos y muestra un Moisés incompatible con el descrito. Es inútil para la teología, porque no refuerza el sistema legal ni el sacerdotal. Por no decir que es directamente contrario a ellos, sosteniendo en un ídolo de bronce el poder de sanar, sin mediación ritual ni sacerdotal, justo lo que YHVH ha prohibido expresamente. El aislamiento editorial del pasaje dentro de su contexto narrativo es una piedra en el zapato, porque destaca aún más su incomodidad y sus características anómalas.

En cuanto al mensaje teológico, es claro que hay varios ejes arriman a su sardina el ascua del texto: la centralización deuteronomista eleva a Moisés como autócrata y legislador supremo, la corriente sacerdotal subraya el valor del ritual, de los símbolos y de la tradición, etc. Este pasaje, en cambio, dinamita todo eso: recuerda que Moisés podía sanar con una serpiente de bronce en lo alto de su vara.

Ninguna escuela literaria de las que predominan en la Torá habría inventado ese pasaje en contra de sus intereses, un pasaje por lo demás prescindible. No explica una ley, no legitima un linaje, no refuerza un ritual, no funda una institución… no le sirve a nadie. Y en especial no podría haberlo escrito la tradición deuteronomista, puesto que sería absurdo construir un ídolo de bronce para después tener que destruirlo.

La destrucción de la serpiente.

Por fortuna tenemos dos puntos de apoyo en los que se sostiene la verosimilitud del pasaje. 


Dt 8, 15:

“… te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua… ”

La tradición deuteronomista conserva ese recuerdo una vez más, un recuerdo de las neḥāšîm śĕrāfîm que, en apariencia, podrían haber omitido sin que nadie se ofendiese. Dt es el texto que menos necesita recordar esa anécdota, sus autores deberían ser los más interesados en enterrarla. Pero no pudieron.

2 R 18,  4:

“Él quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó nehustán.”

La neḥāš neḥōšet pasó a ser simplemente nehustán, una cosa de bronce, descabalgándola de la simbólica vara sanadora y destituyéndola de todos sus poderes. Y, ojo, no de cualquier manera, sino en paralelo a la destrucción de los lugares altos, de los ídolos y de los símbolos de Asera. Es decir, erradicando todo vestigio de religiones antiguas. Los reformadores deuteronomistas confiesan, quizá sin pretenderlo, que los israelitas todavía rendían culto a la serpiente de bronce, recuerdo de una religión antigua que necesitaban destruir.

¿Con qué intención esos escribas podrían haber creado la serpiente de bronce para tener que destruirla después? Solo cabe una lectura sensata: había un recuerdo de ese Moisés taumaturgo, un recuerdo demasiado incómodo para ser integrado en la Torá, pero demasiado sólido para ser borrado. Y así vive el pasaje en el texto, aislado, marginado, incomprendido.

Pero, ¿por qué se ubica ahí?

Moisés sin Aarón.

Si has seguido nuestros últimos ensayos, recordarás que llegamos a la conclusión de que las historias de Aarón y de Moisés se inspiran en tradiciones independientes. Cuando nos preguntamos por la ubicación de este fragmento de la serpiente de bronce en la Torá salta una alarma sorprendente. Las serpientes ardientes aparecen cuando parten del monte Hor, en el cual han dejado el cadáver desnudo de Aarón. 

Aarón ha muerto con ritual, con herencia, con continuidad del sumo sacerdocio, con transmisión de vestiduras y poderes. De forma ignominiosa, lo reconozco, tal vez forzada por el autor, pero de manera institucional. En ese punto el foco se traslada a Moisés como mediador, le protestan, aparecen serpientes venenosas y fabrica un tótem para salir del apuro.

Este Moisés taumaturgo, tan distinto al legislador divino e iconoclasta que describe la Torá, aparece cuando muere Aarón, cura al pueblo y desaparece para siempre. Quizá el fragmento no esté ubicado en ese punto por casualidad, sino porque alguna tradición recuerda que fue en Hor, después de morir Aarón, cuando Moisés fabricó una serpiente de bronce para curar al pueblo. 

Si el Moisés canónico parece una construcción literaria no anterior al s. VII a. C., independiente de la tradición antigua aaronita, este, en cambio, parece un recuerdo arcaico concomitante a la muerte del sumo sacerdote, quizá asumiendo el liderazgo en ausencia de Aaron. 

Conclusión.

No podemos aceptar el pasaje de la serpiente de bronce, pese a su brevedad, su aislamiento y su controversia, como un descuido o una anécdota pintoresca. Su extravagancia y su incomodidad teológica, abrazada por el recuerdo que persiste en Dt y 2 R y los criterios de dificultad que hemos mencionado, obligan a pensar que es un recuerdo sólido de una tradición antigua previa a las reformas deuteronomistas del s. VII a. C. Ha de ser previo porque dinamita los intereses deuteronomistas. Y por eso mismo es legítimo.

Cabe preguntarse por qué no se omitió, siendo tan breve y anecdótico, y a la vez problemático para todos. Pues no es fácil saberlo, pero debió resultar imposible de borrar debido a su persistencia nítida en la memoria tradicional.

Esto abre un camino de investigación apasionante. El Moisés canónico, ese Moisés que la escuela deuteronomista se esfuerza por enfatizar y envolver en legitimidad divina a lo largo de la Torá, no es simplemente una construcción literaria que arranca en el s. VII y se desarrolla durante varios siglos, como cabría sospechar, sino más bien un personaje que se inspira en un recuerdo primitivo más antiguo del cual apenas quedan vestigios en la literatura hebrea. 

Después de mucho esfuerzo podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que existe un sustrato literario primitivo de Moisés del cual bebe la historia que leemos en la Torá. Sus huellas son mínimas: una serpiente de bronce, una mujer de Cus y un sacerdocio en Dan. Solo esas tres. Si son restos de un Moisés arcaico… ¿deberían conservar alguna relación?

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1 comentario en “La serpiente de bronce: el vestigio arcaico de un taumaturgo

  1. Avatar de enthusiasticallyluminousf3d280444e
    enthusiasticallyluminousf3d280444e 2 febrero, 2026 — 9:15 pm

    javie

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