La marciana y el lunático

Ilustración de Vanessa Estefa

Era una mujer muy rara y era de noche cuando la conocí. No supe la hora, porque llevo un reloj parado, pero debía ser tarde. ¿Tarde para qué…? Antes de mediar palabra me hizo un dibujo de Edipo. Luego dijo que había olvidado lo que tenía que decirme, pero que yo ya lo sabía.

– Nada, olvídalo.

– Te doy mi palabra.

Una marciana, pensé.

– ¿Por qué Edipo?

– No es Edipo. Eres tú.

Era enigmática. Hablaba como si ya nos conociéramos y yo entendiese lo que me decía.

– Ah. Y tú debes ser la Esfinge, ¿no?

– No. Claro que no.

– Claro.

Me preguntaba de dónde había salido. Estaba callada, mirando al cielo como si hubiese perdido allí algo o le estuviera buscando la cara oculta a la luna.

– ¿Qué haces?

– Pincelo palabras.

– ¿Mirando al cielo?

– Claro. ¿Dónde si no?

El caso es que dibujaba bien, le ponía imagen al poeta.

– Tú no eres de aquí, ¿verdad?

– No. Soy de Marte.

Lo dijo con tal naturalidad que me dio miedo. Miré al cielo yo también, a ver si estaban allí las respuestas.

– ¿De Nigeria?

– No, no, del planeta.

– Me lo figuraba. Y… ¿cómo has llegado hasta aquí?

– Pues en un cohete.

– Claro.

Me dieron ganas de salir corriendo. Y las acepté. Le dije que tenía prisa, yo, que llevo mi reloj así para que nunca sea tarde. Pero al día siguiente volví a verla en el mismo sitio. Me pilló desprevenido, flirteando con la luna. Me dio un dibujo de un reloj.

– ¿Qué es esto?

– Un reloj parado.

– Y… ¿cómo sé que está parado?

– Porque siempre marca la misma hora.

– Ya… Claro.

– Dicen que un reloj parado da la hora bien dos veces al día.

– Esa no es la cuestión: un reloj atrasado la da siempre mal. Mejor parado.

Miró de nuevo a la luna, yo también, buscando allí lo que fuera que se me perdía.

– ¿Eres un lunático?

– … Claro.

– Se te nota. Voy a dibujar la luna. ¿Me la cuentas?

– No voy a poder cumplir mi palabra.

– ¿Qué palabra?

– La que te di ayer.

– ¿Por qué?

– No consigo olvidarme de lo que tenía que olvidar.

– No importa, ya no me acordaba.

– ¿Me la pintas?

– ¿El qué?

– Mi palabra.

– Ah. Claro.

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