El 31 de julio

Desde hace veinte años el 31 de julio ha sido un día especial para mí, el día en que celebro el amor por excelencia, con toda la pompa y el ornato que me trae la ilusión y la imaginación. Sostiene uno, desde la medianoche del día anterior hasta la del día siguiente, una emoción enorme, una liturgia contenida en ese tiempo, como si empezara algo que se acaba en veinticuatro horas.

Y ahí es nada lo dicho: 31 de julio, veinte años, medianoche, veinticuatro horas… Hoy lo descubro demasiado concreto. Las veinticuatro horas son solo el tiempo que tarda la tierra en girar sobre sí misma. Pero eso carece de interés, a mí siempre me ha gustado más la luna. La luna gira con más calma. Preferiría contar así los días, de suerte que el 31 de julio lunar duraría 27 días, 7 horas, 40 minutos y casi 5 segundos. Dónde va a parar…

Por otra parte, la emoción empieza a medianoche. Pero qué poco importa eso. Si hubiese estado en Alabama ese instante me habría traído sin cuidado, todavía faltarían muchas horas para la medianoche, y sin embargo en mi cama, donde duerme el amor, ya sería 31 de julio.

Veinte años decía, así de perfectos y redondos, como una gran cosa. Pero nada, solo veinte vueltas de la tierra alrededor del sol, no significan nada más. Es mejor la referencia de Júpiter, el gran planeta, padre de todos los hombres. Si me dejara llevar por la cuenta jupiterina hoy celebraría un año y 250 días, sin entrar en el debate de horas, minutos y pequeñeces, porque no está claro en qué momento es medianoche en Júpiter.

Y por último el 31 de julio, el duocentésimo duodécimo día del año, colocado así ordinalmente con una arbitrariedad que haría sonrojar al más gregoriano. Porque el año empieza entonces, el 1 de enero, ni más ni menos, cuando la tierra se halla en un punto cualquiera del universo. Además, se divide en doce partes, como no podía ser de otra manera, y a cada una se le da el tamaño que Dios quiso. Por no hablar de los diferentes calendarios que existen, que nos da la risa.

Nada de eso me importa hoy. He mirado siempre las estrellas con reverencia, viendo en su ordenamiento la explicación de nuestras vidas. He consultado a los oráculos el significado de las casualidades y me han dado las respuestas que ocultaba mi destino. He dominado la alquimia hasta rozar la piedra filosofal. He sido mago para evitar y para provocar la muerte. He sido un soñador fantástico. Pero no sé bien para qué. Hoy descubro que he vencido a esa Esfinge. Me quedo solamente con su mirada de leona y con su pecho desnudo. Prefiero ya la ilusión por lo posible, el tacto de lo real. El mundo de verdad es un continuo de sombra y luz, muchísimo más complejo y apasionante que el mundo de la fantasía y de los sueños. El mundo de la magia se agota. Este, en cambio no deja de sorprenderme. Así que hoy, y todos los días, pueden ser 31 de julio. Solo tengo que buscar la referencia astral adecuada para conseguirlo. Digo más: siempre es hoy. Y la referencia, claro, es el amor.

1 comentario en “El 31 de julio

  1. Siempre es hoy y hoy es siempre todavía.
    Y bien mirado, la luna se pasa sus vueltas tomando el sol.
    Texto para reflexionar mucho.
    Qué va a agotarse la magia.

    Me gusta

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