Un día sin móvil

Ayer se me apagó el móvil. No le quedaba batería. Cuando lo cargué tampoco tuvo ganas de encenderse. Lo intenté de varias maneras. Hizo un ademán de protesta, el parpadeo de un led rojo. Nada más. Que me tienes trabajando veinticuatro horas al día, me quería decir, tocándome las teclas cada cinco minutos, que ya no sabes ir a los sitios sin el Google Maps, que estoy con la radio puesta, el Ivoox, el Spotify o el Youtube a todas horas, cuando no enchufado a un cable para que no pare, que no dejas de mirarlo todo en internet, con la excusa del trabajo, que si las redes, que si la bolsa, que si el banco, que si las compras… que hablo yo más con tus amigos que tú. Era el móvil de sustitución del Samsung que se precipitó al suelo desde lo alto de la mesa para suicidarse por lo mismo.

En diez segundos sin móvil me invadió el pánico de estar desconectado. Probé a encender alguno de los que había olvidados en el cajón: un Huawai, dos Sony, otro Samsung, un HTC, dos Nokia de la prehistoria, un Motorola que parecía haber vivido la Guerra Civil, dos BQ de última generación con la pantalla hecha añicos, etc. Parecía un yonqui rebuscando silicio entre cargadores y garantías. Se encendió un Sony que di por viejo. Diez minutos tardó en arrancar. Ni se te ocurra instalarme aplicaciones, me dijo. Llamadas, y no muchas, por favor.

No me quedaba alternativa: comprar otro con urgencia. No fue fácil. Descubrí que había 185 marcas de teléfonos móviles en el mercado, muchas de ellas con más de veinte modelos distintos, sin contar versiones anteriores. Busca “teléfonos baratos”, pensé, que luego se rompen enseguida, a lo cual Google me ofreció quince millones de resultados. En fin, elegí uno, eso es lo de menos, uno con NFC, eso sí, Gorilla Glass, para evitar rasguños, nosecuantos gigas para una cosa, tropecientos para otra, unos pocos para no se qué, FHD+, que es más que FHD y mucho más que HD, por no hablar de la D sola, pantalla LCD LTPS, nada que ver con las LCD, que estas llevan Low Temperature PolySilicon para no quemarte las yemas de tanto dale que te pego, Notch Gota, que dicen que es lo último en el tema gotas, un corazón MediaTek Helio P35 MT6765 con 4 Cortex A53 a 2.3GHz y 4 Cortex A53 1.8GHz que corre que se las pela y cuatro cámaras delanteras cuyas especificaciones me ahorro para no poner de rodillas a Steven Spielberg. Una tontería, doscientos euros. No quiero ni pensar los que cuestan mil. Me lo trae Amazon hoy, Dios mediante y si le place a San Cristóbal, patrón de los transportistas.

Un día entero sin notificaciones, sin alertas, pitiditos, vibraciones, mensajes, e-mails, sms ni nada. Me propuse no encender el ordenador, ni la tablet, ni la Surface para llevar la situación al extremo. No poner ninguna foto en Instagram, ningún comentario en Twitter, ninguna publicación en Facebook, no darle a “me gusta” ni a “no me gusta”, ni actualizar las historias del día, ni el estado del Whatsapp, ni la página web, ni el blog… vamos, nada.

Leeré, me dije, pero como suelo utilizar el Kindle y el Play Libros… ¡Ves a la biblioteca, que tienes más de mil obras en papel! Y eso hice. Me gustó la sensación de sostener los lomos de Lino 401 de los cuentos de Poe, acariciar sus hojas de papel Besaya y releer El tonel de amontillado en la tipografía Dante, apoyado en un atril de roble. Qué recuerdos. Escribe, hoy es el día, pero me topé con la sorpresa de que ya no sé escribir con un lápiz. No soy capaz de mantener el estilo de la prosa, tachón, corrección, tachón, flecha, anotación, rectificación, tachón… Después de tres horas había escrito una página con más borrones que texto, y el poco que quedaba limpio era ilegible. Tenía que tirar de memoria para las citas y las referencias, no podía recabar datos, ni cotejarlos, perdía mucho tiempo buscando significados en los dos volúmenes del diccionario de la RAE. Era infructuoso. Me eché la siesta, ¡la siesta! Cuatro horas estuve durmiendo. Lo empalmé con el sueño nocturno poniendo en juego un tomate y una copa de Tondonia.

Esta mañana me he levantado con fuerzas y sin prisas, porque sé que el teléfono no me va a molestar. Me he decidido a arrancar el ordenador, que tampoco hay que llevar las cosas tan al límite, y a escribir esto con ayuda del teclado e internet. Me doy cuenta de que quizá estemos en la pubertad de toda esta tecnología. Puede que nos cueste un poco asumir los granos, templar las hormonas y aprender alguna enseñanza para el futuro, pero hay que hacerlo. Procuraré nutrirme de los usos del pasado y aprovechar lo mejor de las nuevas tendencias, evitando los extremos. A ver si me sale bien. Como decía Aristóteles, y esta la traigo de memoria para que no se diga, en el justo medio está la virtud.

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