Panem et circenses

Pocos hay, decía Juvenal, que el bien del mal disciernan, apartando las nieblas del error. Siempre que recuerdo una cita tan antigua, con sus dos mil años viene esta, pienso en lo poco que hemos cambiado, en lo perseverante que es el hombre en su tozudez. Las pasiones que pintaba Sófocles son las mismas que cantaba Shakespeare, y todavía siguen vigentes. Los mismos yerros de Homero los vio Juvenal, pasaron por Quevedo y somos incapaces aún de evitarlos.

Bajo espesos aires, y aun en tierra de idiotas, ven la luz hombres insignes, que pueden dar ejemplos memorables. Eso decía Juvenal, pero no hacemos caso. El pueblo sigue prefiriendo el pasar inopinado de las horas tumbado en la hierba en lugar del consejo de la experiencia y la reflexión. ¿Será acaso que pensar es demasiado esfuerzo para la mayoría? ¿Será que el común prefiere los halagos y las caricias a enfrentar la dureza de la realidad? ¿Será que puede más el carisma de un demagogo que la seriedad de un sabio?

Juvenal lamentaba que desde los tiempos de Sila el pueblo romano hubiera perdido la libertad. Antes, pensaba, los ciudadanos estaban interesados en la política, conocían del arte de la convivencia, elegían a los mejores y les vendían su voto de acuerdo a sus intereses. No debemos verlo hoy como algo negativo: la suma de los intereses individuales es el interés general, y los intereses particulares no tienen por qué ser innobles, a fin de cuentas son siempre los mismos, paz, seguridad, abundancia, justicia… Pero se lamentaba de que los asuntos públicos ya no interesaran, de que el pueblo hubiera perdido el criterio para valorar juiciosamente. Fue entonces cuando empezó la decadencia de Roma. Desde ese momento, el gobernante ha sabido proveer de asistencia mínima a la masa siempre que ha necesitado distraerla de los asuntos políticos importantes. Es la palabra amable, el azucarillo, el vino barato, la caricia fingida, el beso falso que sigue al engaño y que precede al crimen.

Juvenal se lamentaba con su exámetro dactílico exquisito: aquel pueblo que en su día otorgaba imperio, haces, legiones, todo, ahora se contiene y espera solo dos cosas con ansia, pan y circo.

"... nam qui dabat olim
imperium, fasces, legiones, omnia, nunc se
continet atque duas tantum res anxius optat,
panem et circenses."

Sátiras, Libro V, X.

Décimo Junio Juvenal (101 DC).

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