Reverte y su acosadora

Ayer Pérez-Reverte describió en Twitter una experiencia propia que le sucedió al mediodía en plena calle. Aquí la fuente. Cuenta, simplemente, que una mujer joven y a su juicio del este de Europa, le insistió con vehemencia y agarrándole del brazo sobre si conocía a alguien interesado en tener relaciones sexuales con ella. La anécdota no debiera tener transcendencia, ni debería ser digna de ser contada, pero el suceso le produjo a Arturo una sensación que quiso compartir en público, lo cual sí es relevante: miedo.

Una persona como Arturo, curtido en guerras y en mujeres, no tiene miedo de que una joven le agarre del brazo, de que le haga daño, ni de que le proponga sexo en las afueras de Madrid a pleno sol. Su miedo tiene otra raíz, y piensa que una reflexión sobre ello podría ser interesante para sus seguidores. Así, con su pluma sin masticar, nos lo cuenta, dejando caer sutilmente los matices para que pensemos nosotros. El asunto tampoco tendría por qué merecer un artículo como este, ya lo ha dicho todo Arturo, sin embargo la repercusión que ha tenido su comentario sí merece tal vez otra reflexión más amplia, ligada a la suya.

Lo que denuncia Pérez-Reverte no es el acoso, aunque el sensacionalismo de algunos periódicos lo titulen de forma grandilocuente: “Pérez-Reverte, acosado por una mujer,” dice EsDiario, “acosado en la calle por una mujer con aviesas intenciones,” exagera Periodista Digital, etc. Se apoyan todos en la frase “acojonado me tenía,” malinterpretando la intención del autor. No van por ahí los tiros. Probablemente la mujer estaba necesitada y buscaba trabajo, primero como asistenta y si no al menos como prostituta. Pero quizá no, y de ahí el miedo de Arturo. Lo que le preocupaba era lo siguiente: una mujer joven del este le propone sexo en plena calle, le agarra del brazo y le insiste con vehemencia, se pregunta si habrá alguien más escondido relacionado con ella, y si el forcejeo para librarse de la mujer le puede traer problemas, “ni siquiera me atrevo a zafarme con brusquedad,” dice. Lo que pasó por su cabeza es que si hubiera alguien más grabando la escena y la mujer pretendiera luego poner una denuncia por acoso sexual, habida cuenta de la fama del autor y de como está la ley de violencia de género, su vida y su prestigio podrían irse por el desagüe en cuestión de días y sin posibilidad de redención: una denuncia, una detención, unas noticias en prensa y una opinión pública que puede condenar a cualquiera para siempre antes de celebrar ningún juicio justo. Lo hemos visto por menos, con la prueba de un testimonio de hace décadas, sin vídeos de forcejeos en mitad de la calle. La reflexión, por tanto, a la que nos invita Arturo es la que versa sobre la ley de violencia de género, la indefensión a la que se enfrentan los hombres ante las denuncias por acoso sexual, sobre todo si son famosos y la prensa y las redes deciden ponerse contra ellos, y la condena social que cae sobre cualquiera omitiendo la presunción de inocencia que vertebra nuestra libertad. Por lo visto, la cosa no era para tanto, y la mujer quizá solo era una persona desesperada dispuesta a muchas cosas por conseguir algún dinero. Pero la duda y el miedo aparecieron, y Arturo consideró que no será inútil meditar sobre sus causas.

Sin embargo, no ha sido bien recibido, y es aquí donde encuentro interesante reflexionar. No solo la ley de violencia de género es peligrosa para la libertad, y no solo la sociedad juzga y condena sin profundizar en los hechos, sino que ante la opinión de una persona que nos invita a pensar sobre ello, además se censura y se carga contra él. No hay que salir del hilo del tweet para verlo. Unos dicen que Arturo es un xenófobo y un clasista, que sus palabras le dejan en mal lugar, que la anécdota no dice nada bueno de él, que debería haberle dado dinero, que es un señoro privilegiado, que la intención del tweet es muy fea, que fomenta el odio, que es un imbécil… Otras, que con la de babosos que tienen que aguantar diariamente, bien está que le toque una pesada a él, millonario de mierda. Los hay que insultan al amigo con el que iba hablando por teléfono, por vaya usted a saber qué asuntos que no vienen al caso. Otros directamente dicen que se lo está inventando con alguna intención deshonesta que no alcanzo a descubrir. Me gusta especialmente el que concluye que es “un puto facha,” como evidencia incontestable. Y me producen ternura esos que se ponen dignos y equilibran el reproche con una alabanza, con cosas como que es mucho mejor escritor que persona, o que por muy bien que escriba no va a tener más razón. Estos últimos demuestran tres cosas: falta de inteligencia para entender el mensaje, no conocen a Arturo y no saben de literatura.

El asunto me lleva a pensar que vivimos en una sociedad infantil sometida al buenismo, extrema en su fanatismo ideológico, incapaz de reflexionar y dispuesta a destruir los fundamentos de la libertad a cambio de no sé bien qué. No todos somos así, pero impera sin embargo esa sensación en la opinión pública, lo cual ahoga cualquier discrepancia al respecto. Si no viviéramos en este contexto, Arturo, o yo, o cualquier otro, podría haber tratado con amabilidad a esa mujer, haberla rechazado con educación, haberle dado algo de dinero, haberle cogido el número de teléfono para darle su referencia a algún conocido o incluso haber aceptado sus servicios sin mayor prejuicio. Pero no se puede, a la reacción natural y humana se opone el miedo de lo que pueda pasar y la tiranía de una parte de la sociedad, que con su opinión puede condenar de hecho cualquier cosa que no encaje en su ideología y que censura previamente a todo el que ponga en duda sus ideales. Ante cosas así, una postura puede ser: ¿por qué tenía miedo Pérez-Reverte? Otra es: puto facha. En nuestras manos está elegir un camino u otro. No será trivial la elección.

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