El acoso fascista a los Iglesias Montero

Entre sinvergüenza e hijo de puta hay una delgada línea roja que nadie sabe dónde está. Lo primero parece una calificación agresiva y lo segundo un insulto falto de toda simpatía. Pero la línea que los separa es muy fina. Si se franquea la barrera del decoro y los buenos modales llamándole a alguien sinvergüenza o ladrón en medio del Congreso, aunque lo sea, decirle luego hijo de puta y desearle una muerte angustiosa a toda su estirpe es ya solo una cuestión de grado. Pablo e Irene lo saben, pero también saben que ese grito rebelde atrae a la juventud más radical, produce votos, da asientos en el Parlamento. Lo que no pensaban es que jóvenes rebeldes hay muchos y de diverso color, incluso algunos de cincuenta que todavía se sienten jóvenes y dispuestos a dar guerra.

La opinión pública se lo pasa en grande estos días con las molestias que están sufriendo Pablo e Irene. Los del lado más izquierdo y bermellón dicen que eso no son escraches, sino un acoso fascista intolerable. Los del otro extremo se alegran, dicen que ya era hora de que probaran su propio jarabe democrático. Ambos tienen su parte de razón. Los hay tan tiernos que ponen matices a lo que es un escrache y lo que no lo es, apelando a las razones de la causa y a las características comunes de los manifestantes. Sin embargo no hay tal controversia de matices en la definición de escrache, es lo que es: una manifestación popular en protesta contra alguien, en su casa, o allí donde vayan. No obstante, se afanan en detalles para justificar unos y censurar otros, básicamente para ajustarlos a su ideología. Ese es el problema de la delgada línea roja que no hay que franquear: permites unos, según el grado de acoso, la bondad de la causa y la maldad del personaje, y censuras todos los que no te encajan. Es como si estuviera bien visto el acoso a un político si los que acosan son buenas personas, si se sienten perjudicados y si el político es malvado. Pero claro, el grado y la bondad o maldad son detalles subjetivos, no se puede legislar sobre ello. Pablo Iglesias ha defendido con ardor el jarabe democrático, la manifestación violenta, el acoso a los corruptos, hacerle la vida imposible a aquellos que considera que lo merecen por ser hijos de puta. Lo dice él, no me lo invento. Y eso no está bien, porque la perspectiva de quién es un malnacido y cuánto lo es cambia según el espectador. Durante su etapa en la calle de Vallecas no dejaba de alentar esas expresiones de voluntad popular. Consiguió normalizar el acoso a políticos como algo deseable, porque los políticos son despreciables. En el fondo nos gusta ver cómo alguien despreciable sufre. Pero él también es un político, también es despreciable, también está en el Gobierno y también se corrompe. Nadie escapa a esa maldición.

La cuestión es que no se debe saltar la barrera del buen gusto jamás. La política es el arte de la convivencia en sociedad, su propia definición exige decoro y urbanidad. Quien traspasa esa línea se puede ir al infierno voluntariamente, porque tarde o temprano lo quemarán en él, visto está. Además, las consecuencias de fomentar esas actitudes violentas son funestas: se va alimentando un demonio que no permite la reflexión, se da crédito a la ideología, se tolera el insulto, se alienta el escrache, se blanquea el acoso, se queda el debate en que o estás del lado de esos putos fachas o de esos rojos de mierda, y cualquier matiz escapa a la razón y todo vale.

Una manifestación en la calle es un fracaso de la política, no es ningún jarabe democrático. Allí donde está la sede de la soberanía es donde hay que pensar y debatir como personas inteligentes y razonables, y respetuosas, por favor. El grito, la muchedumbre, el contenedor ardiendo, la pintada, el insulto, solo demuestran la inutilidad de sus representantes. El clamor popular es un veneno que levanta ídolos de la nada y los derriba luego con una facilidad asombrosa. Por donde pasa una turba de gente solo queda un secarral lleno de herrumbre, allí no florece nada bueno.

Pablo, Irene, y lo hago extensible a todos los políticos, no gritéis, guardad el decoro, sed amables, no permitáis que la gente salga a la calle por vuestra incompetencia, censurad con firmeza cualquier muestra de violencia, por pequeña que sea, sobre todo si es contra los que no piensan como vosotros, y agradeced las virtudes de vuestros rivales políticos. En estos asuntos nadie tiene toda la razón. Hacedlo por el bien de los ciudadanos a los que decís defender, todo os irá mejor, todo nos irá mejor. En caso contrario sufriréis las consecuencias de una vida miserable y proscrita, porque lo habréis buscado y merecido. Y no olvidéis que las consecuencias, a veces, son irreparables.

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