Lo que no es ser facha

Ser facha no es ser facha. Con este oxímoron tautológico podría irme a la cama satisfecho, que no necesito cenar ya. Perdóname, sufrido lector, pero no he podido evitarlo, porque ser facha, lo que se dice facha, no es lo que dicen que es vaya, lo he vuelto a hacer.

Una de las mejores cosas que puede aprender alguien es a hablar con propiedad. El lenguaje propio ayuda a ordenar el pensamiento, permite ser claro, preciso y transmitir las ideas que a uno le nacen de las meninges sin que lleguen al destino hechas un asco. Hoy en día, sin embargo, abundan dos maneras de hablar sin propiedad. Una es construir enunciados ininteligibles a base de inventar palabras y juntarlas hasta el pleonasmo, como por ejemplo cuando uno empieza a hablar “del transactivismo inherente del ser no binario y la abstracción de las identidades fluidas respecto a la interseccionalidad de lo queer”. Puedes probar a cambiarlas de orden y verás que significan lo mismo. No sé bien con qué fin se utiliza ese tipo de lenguaje, pero sospecho que su intención está emparentada con la de Protágoras, la sofística del interés. La otra manera de hablar sin propiedad es la opuesta: utilizar palabras sencillas dándoles un sentido que no tienen, vaciándolas así, con el abuso, de contenido semántico. Es el caso de facha, que a fuerza de utilizarla para todo ya no sirve para nada.

En rigor, facha puede significar tres cosas en el contexto que nos interesa, todas ellas con sentido despectivo: una, sinónimo de fascista; dos, excesivamente autoritario; y tres, reaccionario. La primera, obviamente, es siempre absurda, porque simpatizantes de los fasci de Mussolini no se encuentran ya. Hay quienes aseguran que existen muchos más de los que me pienso, pero no confío en que sepan qué son los fasci. La segunda, el autoritario en exceso, no se suele utilizar bien, pues el régimen político cubano, el coreano del norte o el chino, lo son por excelencia, pero cuando a alguien le dicen facha nadie piensa en eso. La tercera, el de ideología reaccionaria, el que se opone a la innovación y al progreso humano, también está desvirtuada de su sentido propio. Reaccionario es el que prefiere un estado evolutivo anterior al presente, el que, por ejemplo, reniega de la tecnología industrial y preferiría volver a un sistema de vida agrario, el que desconfía de las urbes modernas y populosas y prefiere vivir en el campo, sin internet, con sus tomates y sus gallinas y no escuchar el sonido de los motores de combustión. Los amish pueden darnos una imagen aproximada. No obstante, hay que señalarlo, nada de malo tiene preferir ese estilo de vida y ejercerlo en libertad, siempre que no se le obligue a nadie a someterse a él. Por otra parte, el que se opone a una ley sobre el aborto, por decir algo, no es un reaccionario, a lo sumo un conservador, y aún se podría discutir. El que prefiere la sanidad o la educación privada a la pública, por ejemplo, no es un reaccionario, ni tampoco un conservador por ello, pues nada tiene de innovación la gestión estatal de esos servicios. Sin embargo, a esas personas se les dice fachas con frecuencia. Sumando todo, se utiliza la palabra sin propiedad, se abusa y se manosea vaciándola de significado, hasta el punto de que uno ya no sabe qué quiere decir el que la pronuncia. Es algo así como cuando te dicen cabrón, que igual es un insulto que un cumplido, tanto vale para astuto y afortunado como para sinvergüenza e inmoral. Fruto de ese galimatías, se puede interpretar un nuevo uso de la palabra para designar a todo aquél que no es de extrema izquierda, pues son estos últimos los que más la aprovechan para calificar al que está en desacuerdo con sus ideas.

Revisados ya los usos de facha y recogiendo el sentir popular, hay algunos casos concretos que conviene desmitificar para devolverle a la palabra su valor. Por ejemplo, ser católico no es ser facha, es tener fe en Dios y observar los principios morales cristianos, nada que ver con el fascismo, el totalitarismo o la ideología reaccionaria. Los habrá fachas, pero no por creer en la resurrección de Cristo. Que te guste tu país, sus tradiciones, la herencia cultural que tiene, los símbolos de su historia, no te convierte en facha. Uno puede disfrutar con las obras de Calderón, admirar el derecho romano, celebrar la influencia árabe, comer bocadillos de jamón serrano y tener una toledana de cuando el Cid en la pared y no ser facha, incluso si la cuelga sobre una bandera de los Tercios de Flandes. El progreso no es una ruptura con el pasado, sino una evolución desde el pasado, con sus penas y sus glorias. Renegar de las calzadas romanas y de las acequias árabes denotaría solamente falta de inteligencia, lo mismo que derribar la mezquita catedral de Córdoba o quemar las obras de Gracián. Tampoco tiene mucho de fascista Calderón ni de totalitario el jamón, por cierto. Que a alguien le guste ir a su pueblo, calzarse veinte cervezas en la tasca, sacar a la virgen de procesión y correr por la calle delante de un toro tampoco es ser facha, aunque luego termine tocando las campanas de la iglesia al amanecer, harto de vino. De hecho, puedes hacer todo eso y luego votar a Podemos sin remordimientos, que no serás el único. Y ya que estamos, puedes comerte un chuletón, cazar un conejo y montar a caballo sin ser facha, sin oponerte a la innovación, sin ser totalitario y sin tolerar el fascismo. Que haya que recordarlo da un poco de vergüenza. Te puede gustar la lengua castellana, el escudo de Carlos V, las murallas de Ávila y las cuentas del Gran Capitán, eso no te convierte en facha, igual que te pueden gustar los jarrones atenienses, las máquinas de escribir antiguas, el turbante turco, el arameo o la armadura de un samurai.

En el ámbito puramente político, desconfiar de la ideología de extrema izquierda no es ser facha, obviamente. Ya lo he mencionado más arriba, los regímenes cubano, coreano del norte y chino, por citar tres bien conocidos y de extrema izquierda, son muy totalitarios, incluso reaccionarios en ciertos aspectos y hasta cercanos al fascismo de Mussolini en no pocos puntos. Es más, discrepar de la política de izquierda actual, aunque no sea radical, tampoco es síntoma de facha per se. En el mejor de los sentidos, la izquierda propone un cambio político y social de acuerdo con su ideología, que se inspira en la creencia de que hay muchas personas en desventaja debido a la existencia de castas sociales, y abogan por una reforma que iguale a todos los individuos. Ese cambio no es innovación en sí mismo, y además podría llevarse a cabo por cauces totalitarios, pues no hay que olvidar que allí donde triunfó el socialismo y el comunismo inspirados por esa mentalidad se instauraron tiranías. Por tanto, estar en desacuerdo con ese cambio que propone la izquierda no es sinónimo de facha. De hecho, se puede discrepar del punto de partida, la existencia de castas sociales, sin que te guste Mussolini. Voy más lejos, se puede proteger al más débil y luchar por el bien de las personas que están en desventaja social sin abrazar esa ideología ni la contraria. Es decir, proponer políticas sociales y económicas que mejoren la vida de los que menos tienen se puede hacer sin un cambio de régimen que iguale a todos los individuos. Igualar simplemente no es mejorar. Nada hay de fascista, totalitario o involucionista en mejorar la vida de la gente por cauces que no sean de izquierda. Para terminar, y no dejarme nada, ser libertario, ya no digo liberal, ni tan solo neoliberal, tampoco es ser facha. La libertad individual y la igualdad ante la ley no son prerrogativas del facha precisamente. Abogar porque las personas acuerden sus normas de convivencia y no sea el Estado el que las imponga no es ser facha. Desconfiar de la injerencia del Estado en la vida privada no es ser facha. Que una persona pueda conservar el fruto de su trabajo honrado sin que nadie se lo quite no es ser facha. Los regímenes totalitarios, de hecho, permiten, mediante la concesión de derechos, las actividades que los ciudadanos pueden ejercer, prohibiendo todas las demás. En ello basan la seguridad de los individuos, en la imposición forzosa, violenta, de sus leyes a cambio de protección civil. Podríamos llamar fachas a sus seguidores. Los regímenes libertarios, en cambio, parten de la libertad para obrar sin perjudicar la de otros, y se sustentan en unas leyes convenidas por los ciudadanos que protegen al individuo de la violencia arbitraria. En ello basan la seguridad. No podríamos llamar fachas a sus seguidores sin parecer ignorantes. A menudo hay gente que confunde el liberalismo con la ultraderecha, el fascismo, lo facha en suma, dejando sus vergüenzas al aire y demostrando una profunda estupidez.

A tal punto ha llegado el abuso de la palabra que muy mal te tienen que andar las ideas por la cabeza para que no te hayan llamado facha alguna vez. Así pues, estimado lector, al menos tú no olvides que facha es el fascista, o el totalitario, o el reaccionario, y úsalo con propiedad. Recuerda también, como decía mi abuela, que lo puedes utilizar para referirte a la pinta que tiene alguien, a su aspecto, su facha, o para decirle suavemente que es un adefesio. Puede que lo veas escrito también en algún libro antiguo significando hacha, que no te extrañe. En todo caso, con propiedad siempre, que ser facha no es ser facha.

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