“CrĂ©eme, reducido a torrente no serás vĂctima del odio que te persiga, si se sabe que has detenido los pasos de un amante.”
Ovidio – Ars amandi, III – 2 d. C.

Ayer Arturo publicĂł esa cita en Twitter y se generĂł un revuelo asombroso en respuesta. Incluso ABC y ESdiario se hicieron eco, Ă©ste festoneando el mensaje de crueldad y aquĂ©l cubriĂ©ndolo de enigma. El aroma que ha quedado en Twitter es de repulsa. En el mejor de los casos, se dijo en resumen, la pluma de Arturo es exquisita, pero su alma está llena de ponzoña. No deja de ser curioso que haya tanto experto en las redes acerca de los dĂsticos elegĂacos latinos, y que opinen que traerlos a la memoria es tan mezquino como desenterrar un santo. Que Arturo me perdone por meterme donde no me llaman, pero cuando veo envuelto en heces el trabajo de un poeta me siento impelido a protestar.
Conviene recordar que la cita pertenece a la sexta elegĂa del libro tercero de Ars amandi, probablemente publicada en el año 2 d. C. Los dos primeros libros pretendĂan orientar a los hombres en el arte de amar. El tercero, en cambio, lo destinĂł a las mujeres, consejos para seducir a un varĂłn. Cabe destacar que al sector más conservador de la sociedad de su tiempo no le gustĂł el contenido, se puede intuir por quĂ©. Contrasta que hoy sea el sector menos conservador quien repudia la cita, haciendo de ella una lectura ideolĂłgica que pretende dejar al que la nombra en mal lugar. La interpretaciĂłn es, cuanto menos, arriesgada. Si ponemos la cita de Arturo en relaciĂłn con las más recientes que ha publicado en Twitter, encontramos alrededor de Ovidio a Juvenal, a Salustio y a Marcial, sin ir muy lejos. CabrĂa pensar, no hace falta ser un brillante exĂ©geta, que el escritor está leyendo obras latinas de los albores de nuestra era, bien como documentaciĂłn para su nuevo libro, o bien como me pasa a mĂ, que despuĂ©s de andar tantos años por autopistas asfaltadas me vuelvo a los caminos antiguos de tierra para encontrarme con la naturaleza. Pero no, el análisis hermenĂ©utico de los revolucionarios de Twitter les ha llevado a concluir que la cita de Ovidio era un dardo dirigido a Pablo Iglesias tras su despedida de la polĂtica, deseándole infortunio.
La magia que encierra una cita subyace en conocer al autor y el contexto de la obra en que se halla. AsĂ, de una pincelada, se evoca todo lo que querĂa decir, sin ser prolijo. No estará de más, por tanto, entenderla en el contexto de Amores. En la elegĂa VI, el poeta interpela a un rĂo, uno de esos pequeños, sin nombre, cuyos manantiales nadie conoce. Henchido por el deshielo de las Ăşltimas nieves, el rĂo está ahora desatado, revuelve un lecho cenagoso y se precipita con estruendo. Ovidio le confiesa que tiene prisa por ver a su amada y le implora que se detenga un instante para dejarle pasar, «asĂ sea eterno tu curso,» le dice con dulzura, pero que vuelva a sus antiguos cauces. «CrĂ©eme, reducido a torrente no serás vĂctima del odio que te persiga, si se sabe que has detenido los pasos de un amante.» DespuĂ©s de la sĂşplica, el poeta recuerda, en contraste, a los grandes rĂos que han sido amantes legendarios. Termina la elegĂa con la cita que nos recuerda Arturo, con la cual Ovidio le desea a ese torrente, desbordado y lleno de agua turbia, que mengĂĽe hasta lo que un dĂa fue, un riachuelo, mediante veranos calurosos e inviernos sin lluvia, para que no vuelva a interponerse entre dos amantes.
El amor es lo más importante, si no lo Ăşnico. Nada debiera impedir la uniĂłn de dos personas que se aman. Cabe interpretar el plectro de Ovidio en el entorno de esa idea, cada uno aventurándose a intuir metáforas a su gusto, sĂmbolos de su propia vida y de los torrentes que le complican el camino. Sin embargo, ese tipo de personas de piel tan sensible a la ofensa han creĂdo ver en el tweet de Arturo un insulto a Iglesias. Ahora que se despide de la polĂtica, leen que el escritor le desea la muerte, a travĂ©s de la sed y el sol abrasador. Para ese tipo de personas todo hay que interpretarlo en clave polĂtica, todo lo es, la vida Ăntima es polĂtica, el amor tambiĂ©n lo debe ser. Si hilamos fino en esa lĂnea, la sentencia podrĂa estar dirigida con mejor tino a Ayuso, ganadora de las elecciones, henchida por circunstancias y convertida en torrente caudaloso cuyas aguas revueltas se desbordan del cauce que le corresponde. A ella le viene pintiparada, deseándole que la crudeza del sol y la sequĂa invernal la devuelvan a su sitio, al de una persona pequeña e insignificante, que no ha de tener poder para dificultar la uniĂłn de dos amantes, esto es, la vida en paz de los ciudadanos. Dirigida a Iglesias no serĂa igual de pertinente, ahora que se marcha y nos deja en libertad para amarnos, sin fuerza ni caudal para impedirlo. Sea como fuere, no creo que el modo adecuado de leer a Ovidio vaya por ahĂ. Tampoco creo que se pueda interpretar con tanta finura una cita de Arturo sin otro contexto. Hay que ser muy arrojado para sostenerlo con vehemencia y concluir que el espĂritu del escritor anda por lo mezquino y ruin, por la pobreza del alma y la bajeza moral, asĂ, tan fácilmente, sin conocerlo. En ese escalĂłn estamos, a punto de alcanzar la cima de la estupidez.
Lo más interesante, sin embargo, es la lectura que podemos hacer de esos comentarios. Los ofendidos, si conocieran la obra, estarĂan interpretando que Iglesias ha sido un pequeño riachuelo, ensoberbecido por las circunstancias de un invierno bienaventurado, unas elecciones afortunadas, quizá un instante de gloria. El torrente, con su raudal turbulento, se ha opuesto a que los amantes se quieran en libertad, o, dicho de otro modo, ha dificultado que las personas sean felices de acuerdo a sus deseos, imponiĂ©ndoles los dogmas que el lĂder considera correctos. Ese rĂo turbio y revuelto, con más caudal del que deberĂa tener, o más poder si se quiere, ha de volver a su cauce, a su insignificancia, y dejar de molestar a los amantes. Que el sol le sacuda y la lluvia no vuelva a desbordarlo. SerĂa una interpretaciĂłn digna de encomio, pero nadie la ha hecho. Los ofendidos, pasando por alto que no han sabido leer la cita de Ovidio, concluyen con seguridad que se estaba dirigiendo a Pablo Iglesias. Es ahĂ donde radica el interĂ©s. Sin que nadie les ponga en esa pista, están aceptando tácitamente que la persona más turbia y menos clara que conocen, sin dudarlo, es Iglesias. Con la de polĂticos infames que hay en la palestra, están seguros de que se dirigĂa a Ă©l. Esa interpretaciĂłn disparatada, en la que creen leer un deseo de infortunio y mala suerte que Ovidio nunca escribiĂł, confiesa sin querer que Iglesias es el merecedor más adecuado de tales destinos. Y, para más enjundia, esa lectura no la hacen sus detractores.
Es tan elocuente como si alguien, en medio de un millón de personas, gritara «¡que se vaya el malo!» y todo el mundo diera por hecho a quién se refiere.
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