“¡Despiadado creador! Me has dado sentimientos y pasiones, pero me has abandonado al desprecio y al asco de la humanidad.”
M. Shelley – Frankenstein

En el museo del antiguo ayuntamiento de BĂ©tera se expone esta semana la primera colecciĂłn pĂşblica de la obra escultĂłrica de Amelia Gabaldoni, bajo el tĂtulo La piel del lobo. El lobo, en cierto modo, es ella, y sus esculturas son apenas la piel del genio cuyas fauces aguardan hambrientas en el interior, amĂ©n de las metáforas que subyacen en su serie ‘Pieles.’ «Lobo no come lobo» es el subtĂtulo de las once piezas de la colecciĂłn que podemos ver expuestas hasta mañana viernes, asĂ lo deja de enigmático, para que vayas a verlas y te dejes sumergir en un diálogo grotesco con un animal monstruoso.

Para mayor asombro, la escultura Searching for… es un autorretrato. A simple vista, uno podrĂa decir que las manos que moldearon la pasta no hicieron justicia al original. Pero cuando entablas conversaciĂłn con ese busto te enreda en sensaciones inquietantes, contradictorias, y emerge una sutil angustia por abandono, la dejadez del autĂłmata que no se reconoce a sĂ mismo, la carne inerte que se columbra al trasluz de tan tierna piel. Como si fueran adjetivos de mal poeta, sin sustancia ni inspiraciĂłn, le salen por la boca nubarrones de ideas condenadas a derramarse en el barro.
El diálogo con las pieles de Amelia es paradĂłjico, por un lado resultan repulsivas, y a la vez te atrapan con un atractivo morboso, como esa cosa que huele muy mal, pero la hueles, para conocerla, o como el tĂşnel del terror, que no puedes dejar de visitar. Su juego con la silicona te invita a bailar sobre el filo de la navaja de lo estĂ©tico, un alarde de textura que emociona hasta las entrañas, buscando el lĂmite de lo agradable. Como pasa con el sexo, que uno no sabe bien dĂłnde está la lĂnea de lo placentero y cuándo empieza a dar asco. La pieza Sin tĂtulo 2 es muestra de ello, la cual tuve la suerte, o la desgracia, de tocar con las manos antes de que fuera expuesta. En realidad, es el negativo de la pieza, y a su vez hija de Madre, otra escultura que podemos ver acurrucada en un pedestal, sobre materiales inauditos. SĂ, ya sĂ© lo que estás pensando, pero para eso tienes que ir a verla al natural.

A partir de un mismo lobo, de una misma piel, de un mismo ser biolĂłgico, el tiempo y las circunstancias moldean la persona, como si fuese una escultura, ramificando de manera casi infinita los posibles horizontes de sucesos, hasta el punto de deformar quienes somos, o incluso de romper nuestra identidad. Las tĂ©cnicas de Amelia coquetean con esa idea en varias de sus obras, elevando el diálogo desde lo más profundo del alma hasta la epistemologĂa artĂstica, creando una especie de metalenguaje escultĂłrico, un diálogo que versa sobre la conversaciĂłn en sĂ.

En ocasiones, la obra final no es más que nuestra simple piel, ligera y frágil, tan poco representativa del interior que hasta nos cuesta reconocerla cuando la vemos colgada de un hilo. Cualquier cosa podrĂa estropearla, un mal aire, un accidente, la mala intenciĂłn, el paso del tiempo… No en vano, la vejez suele terminar por sumir al hombre en la desazĂłn, en la apatĂa, en la desgana de seguir con vida. La piel se repliega en mil arrugas y solo queda esculpir el quejido sordo de esa juventud deformada por la cuarta dimensiĂłn.

DecĂa Mary Shelley, en su obra Frankenstein, que «la escritura es un mal medio para transmitir las emociones.» La referencia es obligada, porque Gabaldoni ha seguido la senda de VĂctor para dar vida a materiales que no la tenĂan, y ha optado por transmitir emociones con ellos. La escritora y el doctor estarĂan orgullosos de su epĂgono. Dice Amelia que el futuro es incierto, pero todo va a salir bien. Seguro que sĂ, es prometedor.
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