Por qué es imposible el liberalismo

«Quienes fundaron la polis ateniense difícilmente se habrían sometido a la igualdad de voto si eso hubiese llevado consigo otorgar poderes de requisa a la mitad más uno.»

Escohotado – Los enemigos del comercio

El liberalismo no puede prosperar en sociedades democráticas legitimadas por sufragio universal. La razón de esta imposibilidad es cruda de aceptar: la especie humana no tiene la inteligencia suficiente. Si bien hay personas extraordinarias y de sobrado intelecto, son escasas, la inmensa mayoría son mediocres, cuando no estúpidas. Esto no significa que las personas inteligentes sean liberales y las demás no, en absoluto, hay tiranos muy inteligentes y liberales completamente idiotas. Sin embargo, la escasez de inteligencia impide el desarrollo de la filosofía liberal. La clave está en el sistema democrático y el sufragio universal. Reflexionar sobre las causas últimas de la imposibilidad del liberalismo puede ayudar a conocer mejor nuestras limitaciones como sociedad.

El liberalismo es una de las corrientes filosóficas peor entendidas por la gente común y una de las más denostadas por todos aquellos que no han profundizado en esa línea de pensamiento. El liberalismo se confunde con el libre mercado, cuando este es solo una consecuencia lógica de los principios de aquel. Los hay que confunden también libre mercado con mercantilismo, y este a su vez con liberalismo, claro, si bien la filosofía liberal detesta el mercantilismo. Mucha gente piensa que el liberalismo es de derechas, o incluso de extrema derecha, pero en rigor está tan lejos de la derecha como de la izquierda, entendidas en el sentido más lato y comúnmente extendido. Con frecuencia se utiliza en su lugar el término neoliberalismo, tiñendo la palabra de una pátina de maldad radical, como pensando en neonazis. Ahora bien, no hay un consenso sobre qué significa eso de neoliberalismo, hasta el punto de que no hay personas que se definan como neoliberales. La RAE da fe de que el común piensa que son personas que abogan por reducir al mínimo la intervención del estado, lo cual demuestra que se puede meter en ese saco a personas tan dispares como un liberal clásico o un anarquista comunista, y ninguno de ellos dirá que es neoliberal. También se confunde liberalismo con capitalismo, y a su vez se interpreta como voracidad insaciable por el dinero. Lo cierto es que tanto el capitalismo como el libre mercado son conceptos muy mal comprendidos por la mayoría de la población, o más bien desconocidos, y se tiene de ellos una idea vulgar que no se ajusta a su definición, una idea peyorativa, abrazada a la maldad inherente al egoísmo, a la explotación laboral, a las desigualdades sociales, una idea que imagina con desprecio oligarquías de ricos y poderosos contra masas ingentes de desposeídos. Es una visión ingenua de esos conceptos, o incluso estúpida, pues después de estudiarlos sin pasión solo se pueden ver de esa manera cuando uno carece de todo entendimiento. Sea como fuere, el liberalismo no es eso, es una corriente de pensamiento, una filosofía si se quiere, que arranca desde unos principios basales muy simples y cuyo objetivo es muy poco ambicioso: la convivencia pacífica.

La idea seminal del liberalismo es la siguiente: no existen principios morales que sean superiores. Es decir, entendiendo la moral como el comportamiento de las personas en relación a sus ideas sobre el bien y el mal, los principios morales de unos no son superiores a los de otros. O, más concretamente, el ser humano no es capaz de saber con certeza qué principios morales son los mejores. Es obvio que cada cual defiende los suyos, por considerarlos superiores, y también es evidente que existen algunos consensos, pero no es fácil elegir en todos los casos los criterios adecuados sobre el bien y el mal, porque son conceptos relativos y difíciles de definir. Por ejemplo, torturar hasta la muerte a un anciano al que no conoces y sabes que nunca ha hecho daño a nadie puede ser un ejemplo de obrar mal, moralmente mal, que toda persona sensata censuraría. Sin embargo, la edad mínima a la que una persona debe tener libertad sexual no goza de consenso moral, si bien casi todo el mundo tiene una idea propia de cuándo sería adecuado. El liberalismo asume esta limitación del entendimiento humano para discernir entre el bien y el mal. Por tanto, el liberalismo es consciente de que sería imposible para un hombre construir un conjunto doctrinal de principios morales que fuera superior a los de otro hombre, y que todos los demás pudieran valorarlos objetivamente y elegir siempre el mismo como el mejor. De la conciencia de esa imposibilidad nace el principio simple en el que se basa el liberalismo: respetar los proyectos de vida de los demás sin excepciones. No hay nada más en el sombrero, solo eso, el respeto incondicional a los demás y a lo que deseen hacer con su vida. De ese principio tan elemental surge toda la corriente de pensamiento.

No obstante, aun siendo tan simple, muchas personas se confunden y piensan que el liberalismo defiende la libertad del individuo, y se enredan con el individualismo, y se preguntan «libertad para qué», y se dan golpes en el pecho gritando que sin igualdad no hay libertad, y estupideces por el estilo. Es pedirle demasiado a las hojas de ese rábano. Respetar sin condiciones ni excepciones a los demás no tiene nada que ver con todo eso. Es una idea de mínimos muy básica, que tan solo pretende la convivencia pacífica basada en el respeto. No tiene mayores aspiraciones, basta con que cada cual respete a los demás en toda circunstancia. Con ese principio por bandera, uno puede ser individualista o todo lo contrario, el pensamiento liberal no obliga a tomar esa decisión como dogma. El resto de las preguntas de la vida se pueden abordar desde múltiples perspectivas y llegar a conclusiones muy distintas según los principios morales de cada cual, sin faltar al principio germinal del liberalismo: respetar a los demás. No se le puede pedir a una filosofía tan sencilla que resuelva cuestiones morales concretas demasiado complejas, porque basándose en el respeto a los demás, y solo en eso, puede haber soluciones distintas a cada problemas. En definitiva, el liberalismo no propone ninguna doctrina, todo lo contrario, propone un mínimo de respeto para que cada cual pueda vivir la vida a su manera. Por tanto, no se pueden asociar al liberalismo todos los males de que se le acusa, salvo el de respetar a los demás sin restricciones. Si se cumple eso, se garantiza una convivencia pacífica, ausente de violencia. A partir de ahí, se puede organizar la vida en sociedad de muchísimas maneras, unas más amorosas y otras más individualistas, unas más progresistas y otras más tradicionales, pero sin violentar los proyectos de vida de cada persona.

Partiendo de ese principio fundamental, el liberalismo aborda otros aspectos de la convivencia, de la vida política en el sentido aristotélico de la palabra, y así se ramifican las diferentes corrientes liberales. La defensa propiedad privada es uno de los conceptos más conocidos y comunes a todas las corrientes. Entiéndase privada en el sentido de personal de cada uno. Así, la propiedad privada empieza en el mismo cuerpo: respetar el cuerpo de los demás, no lesionarlo, no dañarlo, no violarlo, no esclavizarlo, es la consecuencia inmediata de la defensa de la propiedad privada. Nadie debería tener derecho a violentar el cuerpo de los demás, es personal de cada uno, privado, y se debe respetar. Los frutos del cuerpo también deben ser propiedad privada, derivados del esfuerzo y el trabajo de cada uno. Si se respeta sin restricciones a los demás, todo el mundo tendría la garantía de que ese dibujo que pinta con sus propias manos no vendrá nadie a rompérselo, que ese pan que tanto esfuerzo le ha costado hornear no se lo van a quitar, y podrá alimentarse, que esa chaqueta que ha conseguido tejer con mucho trabajo nadie se la robará, y no morirá de frío. El respeto a la propiedad privada es elemental, en consonancia con el respeto a los demás, de nuevo sin restricciones ni excepciones. Sin embargo, suele estar bien visto limitar ese respeto, considerar malo al que posee más de lo que necesita, y el criterio de lo necesario lo pone el censor que limita el respeto. Las dudas comienzan con la aparición del dinero y esa curiosa animadversión hacia el lucro y el beneficio, fruto quizá de la moral cristiana y su familiaridad con la pobreza. Pero si el que hace la chaqueta llega a un acuerdo con otro y se la cambia por dinero, y así uno se queda con la prenda que necesita y el otro con las monedas, no parece que haya dudas en cómo queda ahora la propiedad de cada cual. Dicho de otro modo, no parece justo que un tercero pueda venir a quitarle el dinero al que vendió la chaqueta. Al contrario, debe respetarlo. ¿Y si hace dos chaquetas y las vende? ¿Y si hace dosmil? ¿Cuándo empieza a ser moralmente aceptable robarle? El liberal es consciente de que no puede saber el límite moral de esa actividad, y por tanto respeta ese proyecto de vida, incluida su propiedad, sin excepciones.

El libre comercio, o el libre mercado, es otro de los lugares comunes. Es una consecuencia de la existencia de la propiedad privada. Las personas necesitamos relacionarnos e intercambiar bienes y servicios. Hay dos maneras de hacerlo, de forma voluntaria y pacífica, o de forma violenta y por la fuerza. El libre mercado no es otra cosa que el intercambio de la propiedad privada de forma voluntaria y pacífica, de mutuo acuerdo entre las personas, siendo dueño cada uno de su propiedad y aceptando los términos pactados, ya sea esta propiedad el cuerpo, el esfuerzo, el pan o la chaqueta. La otra manera de intercambiar, si no es de mutuo acuerdo voluntario, es mediante la coacción con ejercicio de la fuerza contra una de las partes, ya sea por mandato de una ley, por el robo de un extraño o por imposición del poderoso. En todos los casos con uso de la violencia física: si no cumples una ley te sancionan, si no cumples la sanción te embargan, y si no te dejas embargar te encarcelan; si te resistes a un robo puedes acabar lesionado o muerto; si no obedeces al poderoso, ay de ti. Aun así, aun siendo el libre mercado nada más que el sistema por el cual las personas intercambian voluntaria y pacíficamente bienes y servicios, se tiende a pensar que es un lugar inhóspito y deshumanizado, donde reina el caos y la avaricia, la ley de la selva. Pero lo cierto es que en ausencia de libre mercado, lo menos malo que puede haber es una persona o conjunto de ellas que decidan qué y cómo se puede intercambiar, contra la voluntad de los demás, violando su propiedad en caso de resistencia. Algunos pensarán que es mejor que una persona decida con buen criterio qué se debe hacer con la propiedad de otra, pero eso deja lo de respetar a los demás fuera de la partida. Uno de los ejemplos más sangrantes es el de las regulaciones laborales: un conjunto de burócratas, con la mejor de sus intenciones, si se quiere, deciden los términos en los que dos personas pueden intercambiar esfuerzo y dinero. Desde una perspectiva liberal, se debe respetar sin restricciones que ambos lleguen a un acuerdo pacífico y voluntario, siendo que el cuerpo y el esfuerzo de uno es su propiedad privada, y el dinero la del otro, supuesto que haya sido conseguido legítimamente a través de su propio trabajo. Sin embargo, está bien visto que los burócratas determinen los criterios morales por los cuales se considera que ciertos intercambios son malos, indignos, abusivos o explotadores. De este modo, el respeto a que cada cual tome sus propias decisiones se violenta, bajo el supuesto de que una de las partes es incapaz de tomar decisiones moralmente justas en su propio beneficio, es decir, dando por hecho que es idiota.

El liberal se enfrenta a muchas otras cuestiones morales y toma partido en cada caso asumiendo el principio director: respetar a los demás sin condiciones. Así, ante la eutanasia, por poner algún ejemplo controvertido, la decisión es obvia: respetar el proyecto de vida de los demás, aunque consista en darse muerte, y no permitir que nadie imponga a otro sus criterios morales. Ante las relaciones homosexuales igual: respetarlas, sin restricciones, por más que haya quien pueda pensar que son inmorales, son relaciones personales privadas que no le incumben. De forma análoga se puede profundizar en muchísimos otros aspectos morales, pero no es la intención de este texto, sino tan solo ofrecer una pincelada que ayude a resolver algunas confusiones de bulto, y permita argumentar las razones de la tesis primera: el liberalismo es imposible.

Decía al principio que la causa de tal imposibilidad el que ser humano no tiene inteligencia suficiente. Como sabes, tenemos sesgos cognitivos, es decir, desviaciones en el proceso de razonamiento que conducen a conclusiones irracionales e interpretaciones ilógicas. Esto nos lleva a tener una percepción distorsionada de la realidad. Es tarea de cada uno luchar contra este defecto, porque al parecer es un rasgo adaptativo que hemos adquirido con la evolución, pues nos permite tomar decisiones rápidas ante problemas complejos sin necesidad de valorar concienzudamente y en detalle todas las circunstancias que intervienen. Para algunas cosas nos viene muy bien, por ejemplo, a la hora de comprar un paquete de arroz: uno se deja llevar por la marca o el aspecto y lo echa al carro sin dedicarle más de diez segundos de reflexión, y no juzga con perfecto conocimiento todos los detalles de todos los arroces disponibles, pues le llevaría una cantidad de tiempo injustificable elegir el mejor de acuerdo a sus preferencias. A fin de cuentas, es arroz. También pasa lo mismo a la hora de votar en unas elecciones democráticas: nadie puede dedicar el tiempo de análisis y estudio que requiere un voto perfectamente juicioso, y además no compensa el valor que tiene un simple voto. Tanto en un caso como en otro, obran en nuestro razonamiento sesgos cognitivos que nos ayudan a tomar la decisión con mayor rapidez. Me imagino la urgencia de un antepasado nuestro ante el ataque de un oso hambriento en la puerta de la cueva donde duerme su familia, y la necesidad de tomar una decisión rápida, y me siento heredero de sus sesgos sin rencor.

Uno de los sesgos más interesantes es el de autoevaluación. Al parecer, no sabemos estimar bien nuestras capacidades y limitaciones, pero de un modo curioso: los menos capaces tienden a pensar que son mucho más hábiles e inteligentes de lo que en realidad son, y al contrario, los más inteligentes tienden a pensar que están mucho más limitados de lo que en realidad están. Se conoce como efecto Dunning-Kruger, en honor a los investigadores que empezaron a estudiarlo, prestando atención al razonamiento lógico, a la gramática y a las habilidades sociales. Aunque resulte difícil de creer, los ensayos no dejan mucho sitio para la duda. Se ofrecen cuestionarios con respuestas objetivamente evaluables a muchas personas. Después se les pregunta cómo creen que lo han hecho. Sin entrar en los detalles del procedimiento, los que peor lo han hecho creen que son de los mejores, son quienes más equivocados están entre lo que creen que han contestado bien y lo que realmente han contestado bien. Y lo que es más asombroso todavía, solo entre los mejores se da el efecto opuesto, que piensan que lo han hecho peor de lo que realmente lo han hecho. A grosso modo, esto viene a decir que el diez por cien más inteligente considera que tiene menos capacidades de las que tiene. Por contra, el noventa por cien restante considera que tiene más capacidades de las que tiene. Lo más doloroso de aceptar es que el veinticinco por cien más estúpido es el menos consciente de su estupidez, el que mejor valora sus capacidades. Hay que ver.

Ahora bien, ¿cómo está distribuida la inteligencia? Decía Descartes que debe ser la cosa mejor repartida del mundo, pues nadie se queja de tener poca. Sin embargo, de acuerdo con el sesgo de autoevaluación, podemos sospechar que no es así. A poco que uno sepa cómo se distribuye la probabilidad de una variable continua intuirá que la inteligencia debe estar distribuida de ese modo entre las personas, formando una campana de Gauss.

Esta gráfica representa la distribución de la población según su cociente intelectual. Si bien la inteligencia y el cociente intelectual no son la misma cosa, puede servirnos como aproximación, pues podemos intuir del mismo modo que así como quiera que se mida la inteligencia tendrá una distribución gaussiana similar. Según esto, el 2% de la población es superdotada, y también el 2% es retrasada. El 13% tiene una inteligencia brillante y el 28% está por debajo de la media, en el límite del retraso. El resto, el 45%, tiene una inteligencia alrededor de la media. Insisto en que es solo una aproximación, pero, de acuerdo con esto, solo al 15% de la población la podríamos considerar muy inteligente, y al resto, el 85%, no. Si pensamos en el efecto Dunning-Kruger, podemos inferir que será ese 15% más inteligente, aproximadamente, el único que sea consciente de sus limitaciones reales, incluso que subestime sus capacidades. El resto de la población, el 85%, piensa que es más inteligente de lo que es en realidad, y ni siquiera es consciente de que está en ese 85%. Eso sin contar con que los más limitados, aquellos que están por debajo de la media, cerca del retraso o con discapacidades cognitivas, en torno al 25% que coincide con el porcentaje del efecto Dunning-Kruger, piensan que son mucho más inteligentes aún y son menos conscientes todavía de sus limitaciones.

Así pues, tomando con cautela la evidencia del sesgo cognitivo de autoevaluación, y aceptando como aproximación de la distribución de la inteligencia los datos que ofrece el cociente intelectual, creo que no es muy arriesgado asegurar que una parte muy pequeña de la población debe ser consciente de sus limitaciones intelectuales, y viceversa, una gran mayoría debe creer que su intelecto es superior a lo que realmente es.

En este punto es donde la democracia, sostenida sobre el sufragio universal, juega su as de espadas de forma implacable contra el liberalismo. De acuerdo con el razonamiento anterior, muy pocas personas deben ser conscientes de sus limitaciones para observar que sus valores morales, la justicia de sus argumentos en relación al bien y al mal, quizá no sean tan buenos como creen y, en consecuencia, no se atrevan a proponer como dogma su opinión moral. Y, al contrario, la inmensa mayoría no es consciente de las limitaciones intelectuales que tiene para asignar la superioridad moral de unos valores sobre otros, y, muy probablemente, estará persuadida de que son sus criterios de justicia y de bondad los mejores, muy lejos de la realidad, con la tentación de pretender, por tanto, imponerlos como dogma. Y no se trata de que la moral de los más inteligentes sea mejor que la de los menos inteligentes, no: el quid de la cuestión es que solo los más inteligentes son conscientes de que sus valores morales quizá no sean los mejores. Como hemos dicho al principio, el pensamiento liberal tiene su semilla en la asunción de que el ser humano no es capaz, por falta de inteligencia, de elegir los valores morales superiores y, por tanto, respeta la vida de los demás, sea como fuere que la quiera vivir. Por tanto, si muy pocas personas son conscientes de sus limitaciones intelectuales, muy pocas lo serán de sus limitaciones a la hora de elegir con justicia valores morales superiores, y por tanto pocas estarán dispuestas a respetar la vida de los demás sin restricciones, es decir, a asumir el principio filosófico liberal. Y al contrario, la mayoría creerá que tiene razones bien fundadas, aunque yerre, para imponer a los demás el estilo de vida que debe llevar. Si todo el mundo puede votar, y cada voto vale lo mismo, con independencia de la conciencia que cada uno tenga de su propia estupidez, en democracia no puede prosperar el liberalismo. Dicho de otro modo: nunca habrá una mayoría dispuesta a respetar a los demás, consciente de sus propias limitaciones intelectuales y morales.

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