La antropología que viene

«Los viajes a la universidad son huelga, perdición de los días y el dinero; y estando en ella, desbaratan todo lo posible de perder.»

Diego de Torres Villarroel – Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la Corte

«Los arqueólogos que un día encuentren tus huesos te asignarán el mismo género que tuviste al nacer. Así pues, con independencia de cuál haya sido tu transición, no puedes escapar del sexo que te asignaron. Déjame que te explique por qué eso es una puta mierda.» Me encantaría haber empezado así una historia, con una frase tan provocativa, retratando al personaje con la arrogancia del que no sabe utilizar la lengua de Quevedo, no ya por juntar mierda y puta en el colofón, que al poeta no le habría disgustado, sino por hacer del conceptismo un disparate y confundir género y sexo sin intención satírica. Pero es que no me atrevo, no parece verosímil semejante personaje, y la literatura de ficción sin verosimilitud es una puta mierda. Ahora bien, no será la primera vez que he dejado anécdotas reales fuera de mis historias porque no resultan verosímiles, haciendo bueno el dicho de que la realidad supera a la ficción. Esa frase, aunque te cueste creerlo, es real, de una estudiante de posgrado en arqueología.

Estoy trabajando en un libro de cuentos sobre la locura. Quiero acercarme al tema desde varias perspectivas, desde la enfermedad diagnosticada por un psiquiatra, nunca exenta de un fondo de sensibilidad interesante, pero también desde el despropósito y el uso de la sinrazón, cuya razón, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la tanta estupidez. Desde este último punto de vista, estaba buscando un escenario distópico en el que, exagerando las ideologías más extravagantes de la sociedad occidental, pudiera exponer el peligro de las tendencias de tales locuras y dejarte a ti el placer de reflexionar sobre ello. Rebotan en mi cabeza con especial interés las palabras relacionadas con el sexo, macho y hembra, transgénero, queer, no binario, fluido, constructo social, cambio de sexo, y he tratado de documentarme y poner en orden todas las heterogéneas ideologías al respecto, entreveradas siempre de cierto rigor, cierta idiotez y cierto interés político y económico, pero oscurecidas por un velo de tabúes que no permite el acercamiento científico. Me interesa porque, más allá del retrato y la reflexión, a mi juicio hacen mucho daño las personas a las que pretenden defender. El caso es que no me siento capaz de describir ese escenario distópico en el que las tendencias actuales hayan degenerado hasta extremos peligrosos, porque cada día que pasa la realidad supera con creces mi imaginación y todo lo que escribo resulta ridículo en comparación con lo que pasa de verdad.

Hace no tanto pensábamos que aceptar la homosexualidad estaba bien, es más, que las inclinaciones sexuales íntimas de cada cual son irrelevantes para la convivencia en sociedad. Luego, que la orientación sexual o la identidad de género de una persona tampoco son motivos suficientes de rechazo o estigma social, que la manera de vestirse, sus niveles hormonales, sus rasgos físicos y cualquier otro aspecto relacionado con el sexo, o el género, también son irrelevantes para la convivencia, pues lo importante son las ideas y el comportamiento humano. En el entorno que yo conozco, la cultura occidental, así es en general, no juzgamos a las personas por el sexo, sino por su manera de ser. Nuestros amigos no lo son por su nombre, ni por su belleza, ni por su inteligencia, ni por su aspecto, ni por lo que tengan entre las piernas o lo que les guste hacer con ello en la intimidad, cosa que por otra parte no nos suele interesar, sino por su personalidad. De hecho, a poco que pensemos en nuestro entorno, conocemos personas de toda inclinación y nos relacionamos con ellas con independencia de sus rasgos sexuales, salvo en el caso de ir a la cama, que ahí somos muy selectivos. Es cierto que hay personas armadas de prejuicios, con quienes es desagradable convivir, y también que el judaísmo y el cristianismo han hecho mucho daño en ese sentido, pero son ellas mismas quienes se retratan en nuestra sociedad y son estigmatizadas, por irrespetuosas. Toda lucha educativa para señalarlos es bienvenida. Sin embargo, hemos pasado de defender la libertad individual de cada persona, es decir, de respetar sin restricciones sus proyectos de vida, a dar cobijo a un sementero de odio y estupidez que engendra multitud de agrupaciones enloquecidas que no tienen otro objetivo que el de medrar en la política y conseguir su parte económica para satisfacer sus miserias. El drama es que así, sin quererlo, señalan por su diferencia a quienes dicen defender, y, tanto si toman partido por una de esas ideologías como si no, se van a sentir ofendidos, bien por la sociedad o bien por sus «defensores».

Esa locura nos conduce a disparates legales inconcebibles hace poco tiempo, como que uno pueda poner en su DNI «hombre» o «mujer» según se levante ese día, o ni una cosa ni la otra, o todo lo contrario, y echar adelante con todo lo que ello lleva aparejado. Nos lleva a que en las escuelas se filtre la ideología con fin de adoctrinamiento. Nos deja las universidades huérfanas de conocimiento crítico, de debate, de investigación, intolerantes con todo aquel que no esté alineado. Y hasta tal punto llega ya el despropósito que en la práctica científica, en el conocimiento teórico y en la búsqueda de la verdad, se criminaliza al que no se ajusta a la ideología, aunque estudie las evidencias por el mero interés de saber. Y en esa pesadilla distópica en que nos encontramos se me congela la imaginación y no consigo intuir el destino de nuestras tendencias como sociedad, porque me temo que de algún modo ya estamos en ese futuro aterrador.

Es inverosímil que un antropólogo, con estudios de posgrado en arqueología, piense que es una puta mierda que el análisis de los huesos de nuestros antepasados ayuden a identificar el sexo que tuvo una persona cuando vivía, porque, claro, ello no dice nada de su transición sexual ni de cómo se sentía, no tiene en cuenta que pudiera ser transgénero, y perpetúa el concepto de macho y hembra impuesto por el cristianismo. Pero en esas estamos, por increíble que parezca. Por no añadir que los criterios científicos actuales para identificar nuestros ancestros, así como los criterios forenses, contribuyen a sostener la supremacía de la raza blanca. No lo quería decir, para no mezclar las cosas, pero es que las mezclan. Es decir, que los conocimientos genéticos que tenemos son una puta mierda para estimar si un fémur pertenecía a una mujer del creciente fértil o a un hombre ibérico, entendiendo por hombre y mujer aquello que nos dice el dimorfismo sexual de nuestra especie, sin profundizar en grises, simplemente para interpretar rasgos biológicos, culturales y sociales de nuestros antepasados y acrecentar el conocimiento humano. Pues no, eso está mal, y no lo dice una loca antropóloga, sino una muchedumbre ruidosa de académicos que exigen a los investigadores que paren ya de identificar por edad, sexo y raza los restos humanos, porque quizá no todos encajen en el género binario y porque el racismo y porque el cristianismo. Jonathan Turley nos dejó hace tres días un artículo preñado de referencias inverosímiles en su web, por ejemplo, la cita del principio. Otro caso increíble: una antropóloga ha demandado a la universidad San Jose State porque su departamento la calificó de racista y le retiró la colección de restos humanos de la que estaba a cargo. Su falta fue publicar una foto en Twitter con una calavera en la que decía «contenta de volver con algunos viejos amigos», pues se alegraba de volver al trabajo después de los confinamientos. Al parecer, la foto provocó la indignación de comunidades indígenas de alguna cosa. Había un cierto rencor detrás, porque anteriormente la investigadora había publicado un libro sobre la repatriación de restos donde argumentaba que la ideología no debe triunfar sobre la ciencia. Menudo descaro. Otro: una profesora de la universidad de Kansas escribe un best seller donde arguye que no «hay diferencias netas, ni físicas ni genéticas, entre individuos ‘machos’ o ‘hembras’.» Y otro: dos profesores de la universidad de Florida del Sur publican un estudio en el que sostienen que «la estimación de los ancestros contribuye a la supremacía blanca.» Y la letanía de disparates no tiene fin.

Pueden parecer unas anécdotas graciosas sobre lo loco que está el mundo, pero hay mucho en juego: el trabajo científico desapasionado se censura, las universidades proscriben al que no defiende la ideología, se destinan recursos a quien sí lo hace, se niega la evidencia empírica y se pierde el respeto por la verdad. El amor por el conocimiento va desapareciendo sin darnos cuenta, y en esa distopía solo queda un desierto de calamidad.

Podría imaginar una historia sobre una antropólogue no binarie que estudia la transexualidad de unas momias egipcias, pero… me temo que para cuando salga el libro ya habrán publicado algo así.

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