Vida de John Milton

“Si Paraíso perdido no es el mejor de los poemas épicos, es solo porque no es el primero.”

Samuel Johnson

Muy grande debió ser la figura de Milton cuando Samuel Johnson, el brillante crítico inglés, reconoció que la vida del poeta había sido ya escrita de tantas formas que no era necesario añadir nada más. Apenas medio siglo después de su muerte.

Milton naciĂł en 1608, hijo de una irlandesa y un inglĂ©s desheredado por descreer del Papa. Fue educado en un contexto religioso y se le conoce, a los quince años, una versificaciĂłn de dos salmos bĂ­blicos. Aunque no fue el más precoz de los poetas ingleses, tuvo el honor de ser considerado por algunos el primer inglĂ©s que escribiĂł versos latinos con elegancia clásica, a los dieciocho años. De esta Ă©poca son muchas de sus elegĂ­as. 

Pronto abandonĂł la universidad desilusionado con la instituciĂłn. 

“Nunca admiré a la Universidad, ni siquiera cuando gozaba de mejor salud y mi entendimiento era más joven…”

Me asombra descubrir que yo tardé cuatro siglos, y cuarenta años, en caer en la cuenta. Pero no abjuró del conocimiento, obviamente: propuso un plan educativo para condensar todo el tiempo del que disponen los alumnos y dedicarlo a la literatura. Solo por eso ya merece un lugar a nuestro lado. Cabe señalar que después fue maestro de escuela, con la vocación de ser útil, si bien solo estaba dispuesto a compartir sus conocimientos con los hijos de amigos y conocidos.

DecĂ­a Milton que asistiĂł a la universidad para ingresar en la iglesia, una idea nefasta que abandonĂł: 

porque tenĂ­a que “hacerse esclavo, y añadir un juramento que, a menos que su conciencia diese arcadas, le obligaba a perjurar.” 

Queda claro que la mera idea de la obediencia le encendĂ­a la sangre en las venas. Quizá ese pálpito rebelde le diese carisma y nobleza al Satán que describe en su ParaĂ­so perdido, orgulloso e insubordinable. 

Se cuenta que despuĂ©s de dejar la universidad leyĂł a todos los poetas griegos y latinos. Hay que ver lo que cunde el tiempo cuando no se pierde. Johnson ajusta esa hipĂ©rbole con su habitual humor: 

“Parece difícil calibrar con qué limitaciones asimiló semejante universalidad.”

En Florencia recibiĂł gran aplauso por sus primeras obras poĂ©ticas, lo cual debiĂł apuntalar la confianza que tenĂ­a en sĂ­ mismo, rasgo inconfundible de los talentos geniales: 

“gracias al trabajo y al estudio intenso que son mi obligación en esta vida, pueda dejar algo escrito para la posteridad que los hombres del futuro no dejarán morir.”

En ese año largo por Italia visitó a Galileo cuando era prisionero de la Inquisición. Es posible que algunos no se tomasen bien esa entrevista entre un poeta rebelde y un condenado por herejía. Pero al inglés, según parece, le interesaba el conocimiento y la ciencia por encima de la censura. En 1641 publicó un tratado sobre la Reforma y contra la Iglesia, para que a nadie le cupiesen dudas. Mucho después, en 1659, publicó dos obras más destinadas a satisfacer su inquina contra el clero. En todo caso, no se asoció a ninguna rama protestante, y no se le conoció ningún culto visible.

A los treintaicinco años se casĂł. Tuvo tres mujeres, pero no fue dichoso en el arte conyugal. En 1644 escribiĂł La doctrina y la disciplina del divorcio, y un par de obras más sobre el asunto matrimonial. Podemos intuir hasta quĂ© punto influyĂł esto en su carácter para cristalizar en la misoginia que destilan algunos de sus versos sobre Eva en el gran poema Ă©pico. 

Milton consiguiĂł un empleo pĂşblico cĂłmo Latin Secretary bajo el gobierno de Cromwell, despuĂ©s del asesinato del rey Carlos I. No era poca cosa, pues se encargaba de escribir la correspondencia diplomática en diversas lenguas, aunque la vista y la salud empezaran ya a perder su pujanza. En tĂ©rminos polĂ­ticos era un republicano, no le gustaba la monarquĂ­a, aunque a decir de Johnson sus ideas se fundamentaban en un odio radical a la obediencia y a la subordinaciĂłn, unido a un desdeñoso orgullo de superioridad. 

A los cuarentaisiete años, ya ciego, se decidió a abordar sus tres grandes planes literarios: un poema épico, un diccionario inglés y una historia de su país. El diccionario y la historia resultaron imposibles para alguien privado del sentido de la vista, así que dedicó sus esfuerzos al poema. Entre dos temas se debatía: el rey Arturo o la caída bíblica del hombre. Se decidió por el más grande. En un principio pensó en una obra dramática. Sin embargo, casualidades del destino, eso de representar obras teatrales estaba pasando de moda, y se decidió por una estructura épica en verso blanco inglés para su obra maestra. No obstante, sentía que era tarde para esa empresa. Recojamos una cita de Johnson:

“Prevalecía en su tiempo la opinión de que el mundo estaba en deterioro, y que hemos tenido la mala fortuna de ser gestados en una fase de decrepitud natural. Se sospechaba que toda la creación languidecía, que ni árboles ni los animales tenían la altura o el volumen de sus predecesores, y que cada cosa se hundía a diario en una disminución gradual. Milton parece sospechar que las almas participan en esta degeneración general, y se siente temeroso de estar escribiendo en una época demasiado tardía para la poesía heroica.”

Esa “época demasiado tardĂ­a” aparece en ParaĂ­so perdido 9:44. 

En 1667, Milton vendió por quince libras las tres primeras ediciones de su poema, apenas trescientas copias de cada una. La venta fue lenta y también su reputación. Su viuda vendió los derechos sobre la obra por ocho libras. Sin embargo, a la vuelta de una década se habían vendido tresmíl copias, una cantidad notable en ese contexto tan poco acostumbrado a la lectura íntima. Cuando el rey protestante William de Orange tomó el trono en 1689, las opiniones sobre Paraíso perdido, ahora libres de censura y sin temor de represalias, fueron elogiosas y la obra consiguió pronto una amable recepción que multiplicó las ventas y disparó su precio. No deja de sorprender la frecuencia con la que las mejores obras de la literatura no suscitan el interés de sus contemporáneos. Tampoco la importancia de la libertad de opinión que nuestro poeta defendía con tanta vehemencia.

Milton, seguro ya en sus últimos años de vida, dio rienda suelta a la polémica con un Tratado de la verdadera religión, herejía, cisma, tolerancia y los mejores medios para prevenir el crecimiento del papado. Defendía que la mejor protección contra el Papa era un elixir milagroso: el estudio diligente de las Escrituras. Hay que ver.

Como corresponde a un rebelde de genio, Milton era guapo de joven, vigoroso y activo, y se ejercitĂł en la esgrima, no con florete, sino con alfanje. Se cuenta que leĂ­a un capĂ­tulo de la Biblia hebrea por la mañana, antes de estudiar hasta el mediodĂ­a. HacĂ­a ejercicio por la tarde, tocaba el Ăłrgano, cantaba y entretenĂ­a a sus amigos hasta las ocho. DespuĂ©s de una pipa se iba a dormir. 

Su talento literario fue sublime. Leía hebreo, latín, griego, italiano, francés y español, y más no porque no había más lenguas de prestigio. Se sabía de memoria pasajes enteros de Homero y disfrutaba especialmente con Ovidio y Eurípides, según cuentan sus allegados. De sus compatriotas, admiró a Spencer, le gustaba Shakespeare y aprobaba a Cowley.

En su gran obra, el Paraíso perdido, nos habla sobre los designios divinos y sobre la desobediencia, alrededor de la caída del hombre del paraíso y la de Satán del cielo. Milton, consciente de su genio, agota en ese contexto sublime toda su imaginación poética, que habría quedado apretada en un marco terrenal más estrecho. Por suerte, no por desgracia, impregna los versos de su propia perspectiva filosófica, por más que desagrade a la mayoría. No otra cosa puede hacer el poeta, sino ser sincero. Ahorrarse no puede el pensamiento incómodo sin perder la condición de poeta. Recuerda que estudiamos su obra el próximo domingo en directo.

En el uso del lenguaje fue único. Utilizaba el inglés como si de un dialecto babilónico se tratase, con voces y estilos que habrían sido condenados en un poeta de menor altura. Sobra el Paraíso perdido para entender el arte de la poesía inglesa. Aunque pueden rastrearse sus fuentes e influencias, su talento brilla sin apoyo de sus predecesores y sin la ayuda de sus contemporáneos. Debió ser difícil convivir con él. Me despido con el cierre de Johnson a su biografía:

“Escribió sus grandes obras ciego y repudiado, pero las dificultades se desvanecieron ante el toque de su talento; nació para abordar todo lo que fuese difícil; y si Paraíso perdido no es el mejor de los poemas épicos, es solo porque no es el primero.”

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