Análisis del origen arameo de Israel

“Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí…”

Dt 26:5

Presentación

Jacob es el padre de las doce tribus israelitas, también conocido como Israel. Pero su madre era aramea, y sus esposas y concubinas también. Con lo cual, sus descendientes debieron ser muy arameos. Además, en Dt se dice que era arameo. ¿Son entonces arameos los israelitas?

Introducción

Jacob es reconocido como el padre de todos los israelitas. Aunque nació como Jacob, el suplantador que atrapa por el talón, fue bautizado como Israel por un mensajero divino en Gn 32 y rebautizado de nuevo como Israel por elohim en Gn 35. De ahí que todos sus hijos, los descendientes de las doce tribus, sean llamados israelitas, según la tradición bíblica. 

A lo largo de la Torá, la identidad del pueblo israelita se construye por oposición a la del resto de comunidades, con un celo magnífico por ser diferentes y con el mandamiento divino de no mezclarse con nadie que no sea israelita. Los egipcios son tiranos, los moabitas son impíos, los jebuseos son carne de cañón… Los arameos, o sirios, también son un pueblo antagonista. 

Sin embargo, la madre de Jacob es aramea, sus dos esposas son arameas, sus concubinas son arameas y en Dt se le dice a Israel que sus orígenes son arameos. Un testimonio literario deslumbrante que pone patas arriba la genealogía de los patriarcas. 

Dt 26, 5:

“Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí…”

Hoy analizamos ese controvertido origen arameo de Israel. 

El arameo errante.

La mención del arameo errante aparecen en Dt 26 para legitimar la apropiación del diezmo en un contexto litúrgico de ofrenda agrícola de las primicias. El autor apela a los orígenes humildes de los israelitas y a la fuga de Egipto por la gracia de YHVH para justificarlo. Sin embargo, lo hace de una forma muy inesperada. Recordemos el pasaje completo.

Dt 26, 5-9:

“Entonces hablarás y dirás delante de YHVH tu elohim: Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa; y los egipcios nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Y clamamos a YHVH el elohim de nuestros padres; y YHVH oyó nuestra voz, y vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión; y YHVH nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales y con milagros; y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, tierra que fluye leche y miel.”

Atención: un arameo fue mi padre… Como decía, la identidad de los israelitas se construye por oposición a otros pueblos, arameos, egipcios, moabitas… ¡Y de repente y por sorpresa ahora el texto confiesa que los orígenes de Israel son arameos! ¿Esto qué disparate es? 

Recordemos que arameo es un gentilicio que alude a las tierras al norte de Canaán, equivalente a sirio. De acuerdo con el texto bíblico, los israelitas son los hijos de Jacob, descendiente de Abraham, y se menciona que era caldeo, de Mesopotamia. En cuyo caso, no podemos considerarlo arameo. Jacob, por su parte, nació en algún lugar de Canaán, probablemente en Beer-sebá, con lo cual tampoco es arameo. 

¿Entonces? 

Las dos lecturas posibles.

Entonces tenemos una tensión de lo más interesante. ¿A quién se refiere con “mi padre”? Podría aludir a mis ancestros, de manera general, o bien a Jacob concretamente, padre de todos los israelitas. En todo caso, la idea es semejante. 

Si acudimos al masorético, tenemos dos interpretaciones posibles:

  • La primera, la que hemos leído: mi padre era un arameo errante, perdido o a punto de perecer, Aramí ‘oved avi. RV lo traduce como a punto de perecer, y otras interpretaciones prefieren errante. En cualquiera de los casos, se alude a un origen muy, muy humilde.
  • La segunda, algo más creativa: mi padre estuvo estuvo a punto de perecer por un arameo. Esta lectura obliga a interpretar que se refiere concretamente a Jacob, a quien su suegro Labán el arameo humilló laboralmente durante años.

Personalmente, prefiero la primera. La segunda, la de Labán, además de forzar el lenguaje para atarlo a la historia, no encaja bien en el contexto narrativo. El texto es muy esquemático y poco concreto, mi padre era muy humilde, fue a Egipto, prosperó, luego fuimos sometidos, YHVH nos sacó con mano fuerte y nos entregó la tierra prometida. Es decir, pretende resumir la esencia del relato del éxodo en cuatro versículos con una perspectiva general. Resulta difícil aceptar que esa síntesis argumental empiece calzando un detalle muy concreto del suegro de Jacob. Además, no es fácil asumir que Labán maltrató a Jacob hasta un punto límite si atendemos al texto. Esa interpretación parece estar más encaminada a resolver la tensión argumental que a entender lo que el texto quiere contarnos. En definitiva, que la primera lectura es menos espinosa: mi padre era un arameo muy humilde.

¿Son arameos los israelitas?

Si profundizamos en la lectura más probable, hemos de preguntarnos entonces a qué se refiere el texto cuando dice que mi padre fue arameo. El mensaje espiritual es evidente: recuerda que tu padre tuvo unos orígenes muy humildes, que anduvo dando tumbos por la tierra, y ahora esta que se te entrega es una bendición divina. Pero en un análisis crítico tenemos que entender por qué dice arameo. 

Es curioso que Abraham estuvo una temporada en Harán, tierra aramea. Recordemos que partió de Ur de los caldeos para ir a Canaán pero dio un rodeo siguiendo el cauce del Tigris y residió en Harán. Sin embargo, ni Abraham es el padre de los israelitas, ni es arameo, ni tenemos constancia de que sus aventuras en Harán fuesen relevantes como para adoptar esa procedencia. De hecho, nunca se menciona que Abraham sea arameo ni nada remotamente parecido. Pero no podemos olvidar que Abraham tenía un hermano que se llamaba Harán, precisamente igual que esa ciudad aramea, el cual murió en Ur antes de que Abraham partiese hacia Harán. Nada sabemos de ese hermano, solo que nació y murió en Ur. Resulta enigmático.

También es curioso que Isaac fue a Padam-Aram para encontrar mujer, territorio arameo, y se desposó con Rebeca, aramea. Fruto de ese enlace nació Jacob, al que debemos atribuirle la sangre aramea de su madre, aunque naciese en Beer-sebá. No es menos curioso que más tarde, cuando Jacob ha de procurarse mujer, acude a Labán, el arameo, hermano de su madre Rebeca, y allí se aparea con cuatro mujeres: Lea, Raquel, Bilha y Zilpa. Las dos primeras son hermanas, las hijas de su tío Labán, arameas. Las dos concubinas hemos de sospechar que también son arameas, el contexto no induce a pensar otra cosa. Así pues, los descendientes de Jacob tienen una importante genética aramea, digamos que tres cuartas partes, de acuerdo con el texto.

Como decía al principio, resulta chocante que en la Biblia la identidad del pueblo israelita se construya por oposición a otras naciones, y sin embargo tengan un origen arameo tan evidente, de acuerdo con el propio texto bíblico.

Algunos datos históricos.

Llegados a este punto cabe hacerse una pregunta: ¿acaso estamos ante una tradición aramea que ha sido modificada paulatinamente hasta constituirse en el relato heroico del origen de la nación israelita? No sería nada descabellado, pues el pueblo de Israel no surge de la nada, sino que toma carta de naturaleza a partir de la descendencia de Jacob, cuyos orígenes arameos están confesados a través de su linaje en el libro de Gn. 

Repasemos algunos datos antes de intentar atar los cabos.

Sabemos que el nombre de Jacob es de origen arameo, derivado del teofórico Ya’kub-El, que significa algo así como “el protegido por el dios El”. Recordemos que la etimología de suplantador o el que atrapa por el talón es de índole etiológica, inventada para satisfacer poéticamente la narración, utilizando raíces hebreas que no concuerdan con la etimología aramea. Tenemos constancia de una distribución importante de ese nombre, Ya’kub-El, en territorio arameo, con testimonios desde el segundo milenio a. C. 

Por otra parte, en la Edad del Hierro, época en la que podemos ubicar la acción, los pueblos hebreos y arameos eran grupos culturales muy próximos. Sus lenguas son del mismo subgrupo, noroccidental semítico. Además, los arameos se expandieron hacia la región de Palestina por ese entonces, con la consiguiente mezcla cultural. En el ámbito religioso, aunque pueda resultar paradójico, ambos compartían el culto al dios El y un marco de creencias sobrenaturales semejantes. Recordemos que, aunque el texto se esmera en enfatizar el culto a YHVH y en ubicar la historia de Moisés en aquellos tiempos remotos, fue redactado en época mucho más reciente, imaginando un recuerdo idealizado que no coincide con las evidencias antropológicas de que disponemos. En definitiva, es posible que las tradiciones arameas permeasen entre los hebreos a finales del segundo milenio.

Hemos de añadir aquí la controvertida teoría, pero no por ello menos plausible, de que los reinos de Israel y Judá nunca estuvieron unidos bajo una monarquía unificada. Es decir, que los gloriosos tiempos de David y Salomón son una recreación literaria con intención política que no se ajusta a los hechos históricos. En el reino del norte estaba más extendida la leyenda de Jacob, y en el reino del sur tenían más peso identitario las leyendas de Abraham y David. Casualmente, los nombres teofóricos acabados con la partícula El, como Israel, Ya’kub-El, Samuel, eran más frecuentes en el norte. Obviamente, hacen referencia al dios El. En la otra cara de la moneda, los acabados en Yahu eran más frecuentes en el sur. Cuesta identificarlos en español, porque fueron traducidos de otro modo: Isaías, Yesha‘yahu, Jeremías, Yirmeyahu, Ezequías, Jizqiyahu. Sus significados aluden con elocuencia a YHVH: YHVH es salvación, YHVH exalta, YHVH fortalece. Con ese aroma seguro que te suena Netanyahu, muy común en Judá. En resumen, los teofóricos del dios El son más comunes en el norte y los de YHVH en el sur. Jacob es de los primeros, del norte, Ya’kub-El. Resultará innecesario explicar que el reino del norte, por proximidad, compartía nexos con las tierras arameas y podemos intuir hasta qué punto pudieron estrecharse las relaciones en algunos casos.

Ya comenté en otro lugar que existe la creencia de que las historias de Abraham, Isaac y Jacob son en cierto modo un cruce de tradiciones distintas que han cristalizado en un linaje literario que nunca fue. Finkelstein y Römer argumentan, y nosotros también lo hemos mencionado en nuestro Resumen de la Biblia, que las de Abraham e Isaac parecen dos ramas gemelas del mismo árbol narrativo del sur, las cuales vampirizaron, el verbo es suyo, las leyendas de Jacob provenientes del norte hasta convertirlo en su descendiente. Me refiero a Comments on the Historical Background of the Abraham Narrative, un ensayo publicado en 2014. Lo importante ahora no es dilucidar si aciertan con esa hipótesis en su conjunto, sino aceptar la procedencia septentrional del mito de Jacob, independiente de las tradiciones judaítas sureñas. No sé si es necesario recordar que Jacob muta el nombre a Israel en Gn, en una metamorfosis sorprendente que fuerza la conexión del linaje patriarcal construido con el pueblo israelita. 

Para terminar, aunque no es lo último, pero en algún punto hay siempre que rendir etapa en el camino, podemos mencionar que el fragmento de Dt 26:5-9 tiene aroma de mucha antigüedad. Tenemos una fórmula narrativa muy esquemática y sin detalles, propia de cuentos y leyendas antiguos: padre errante, opresión en Egipto, liberación, tierra prometida. No hay mención de nombres propios, sugiriendo un relato genérico y arcaico en el que la tradición todavía no había consolidado el linaje patriarcal que conocemos hoy. La alusión a la entrega de las primicias agrícolas resuena como un credo tribal primitivo, quizá anterior a los israelitas. Es decir, en conjunto, el germen narrativo de ese fragmento es probable que sea más antiguo que los israelitas en Canaán. 

Una hipótesis interpretativa.

Resumamos los detalles que hemos mencionado para concretar una hipótesis. Jacob es un nombre teofórico de origen arameo, “el protegido por el dios El”, más utilizado por los israelitas en el norte que en el del sur. Los dos reinos nunca estuvieron unidos políticamente, y tenían creencias religiosas diferentes, más afines a El en el norte y a Yahu en el sur. En los últimos siglos del segundo milenio, cuando sucede la acción de la historia de la conquista, los israelitas del norte y los arameos eran dos grupos culturales estrechamente emparentados. Las leyendas de Jacob eran propias de este contexto, mientras que las de Abraham y David representaban mejor la identidad del reino del sur. Es muy posible que tras la caída de Israel, el reino del norte, se construyese el linaje literario de los patriarcas y las leyendas de Jacob quedasen absorbidas dentro del mito abrahámico. El testimonio del arameo errante de Dt 26:5 aparenta ser muy antiguo, anterior a la redacción del Dt, eco de una tradición septentrional que todavía recordaba sus influencias arameas. 

Añadamos ahora que el capítulo 26 en conjunto tiene como tres capas literarias, si prescindimos de detalles menores: un primer núcleo muy antiguo, al que nos estamos refiriendo con los vv. 5-9, una ampliación y contextualización de los autores deuteronomistas, que arranca en el s. VII en la corte de Josías, y una relectura sacerdotal postexílica, en torno al s. V-IV, que adorna el conjunto con toda la liturgia habitual y lo armoniza con el relato del resto de la Torá. 

Pues bien, ese núcleo antiguo del arameo errante es posible que fuese redactado en un periodo temprano de la monarquía de Israel, s. X-IX, y que bebiese de una fuente tradicional aún más antigua, quizá del s. XII-XI, que podríamos considerar incluso proto-israelita. Subrayemos esa redacción en Israel, es decir, en el reino del norte, no en el sur. En todo caso, es posible que alrededor del s. X circulase ese credo antiguo ritual de las primicias y todavía perviviese una leyenda de Jacob con orígenes arameos. Esto es verosímil si aceptamos un marco histórico en el que la figura de Jacob proviene de las tradiciones israelitas del norte y que estas tenían una evidente influencia aramea derivada de la proximidad geográfica y la afinidad cultural. Obviamente, el reino del norte no debía avergonzarse de reconocerlo si lo escribió. 

Es probable que los autores deuteronomistas del periodo de Josías rescatasen esa reliquia venerable y la mantuviesen en el núcleo de redacción del Dt. Es decir, no sería extraño que esa fórmula litúrgica de “mi padre fue un arameo errante” estuviese muy arraigada en el folclore del reino del norte y hubiese pasado a la redacción josiánica en el reino del sur como un tesoro antiguo muy oportuno, apropiado para sus intereses políticos, pues enfatiza los orígenes humildes y extranjeros del pueblo elegido, en sintonía con el mito del éxodo de Egipto.

Después del exilio, los escribas sacerdotales reordenaron el conjunto bíblico para conformar la Torá y darle un sentido concluyente al libro de Dt, sin borrar el detalle del arameo errante, por más incómodo que pudiera resultar para algunas interpretaciones. 

En resumen, es posible que el mito de Jacob tenga un origen arameo que ha sabido maquillarse con buena pluma a excepción de este hápax. Creemos que las historias de Jacob fueron tejidas en el reino del norte en un contexto israelita de afinidad cultural con los arameos, y que pasaron al reino del sur adaptándose al relato yahvista y a la tradición patriarcal. La construcción literaria del linaje de Abraham, Isaac y Jacob conserva un curioso perfume arameo: Abraham tiene un hermano que se llama Harán; visita una tierra que se llama igual, Harán; envía a su hijo Isaac a buscarse esposa aramea, Rebeca; sospechosamente se repite la misma anécdota con Jacob, va a buscarse esposa aramea al mismo lugar y de entre la misma familia.

Conclusión.

En conclusión, quizá el personaje de Jacob fue un arameo errante en su origen, y ahí están sus ruinas literarias para creerlo así.

El arameo errante de Dt 26:5 constituye un recuerdo de los orígenes ambiguos y seminómadas de Israel, una huella de humildad que apunta hacia sus antepasados del norte como extranjeros en Canaán. Subrayar ese matiz en el entorno de conquista del periodo de Josías, enlazándolo con el mito del éxodo de Egipto, pudo ser una maniobra de propaganda muy útil para promover entre el pueblo hebreo un sentimiento servil de deuda con la gracia de YHVH. 

Sea como fuere, hemos de agradecer a Josías y a sus epígonos sacerdotes que no borrasen del todo la memoria de ese insólito testimonio.

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