Correos

Cuando Garcilaso aún no sabía escribir, Felipe I de Castilla entregó el monopolio postal al lombardo Francisco de Tassis, que ya era Correo Mayor en el Sacro Imperio Romano Germánico, dueño de las rutas de Borgoña y Países Bajos, personaje relevante en la corte papal y a la postre Príncipe de Thurn und Taxis. Hoy Correos es una empresa con el cien por cien del capital estatal, la mayor de todas.

Paco vivía en la montaña, en una casa sencilla rodeada de gatos y algarrobos, a cincuenta metros de una urbanización. No tenía alcantarilla, ni asfalto, ni farola, el agua le venía de un pozo y pagaba una fortuna por una miserable conexión de internet. El cartero tampoco llegaba hasta allí. Se paraba a cincuenta metros, en la puerta de sus vecinos de la urbanización, a despachar el zurrón amarillo con la moto.

―¿No vienes hasta aquí?

―No. Solo hasta aquí.

―¿Por qué?

―Solo zona urbana.

―¿Y por qué?

―Porque Correos solo entrega en zona urbana.

―¿Pero por qué?

Se lo gritaba el cartero a cincuenta metros mientras un peruano muy amable le entregaba la compra de Consum en la puerta de casa, un rumano de Envialia le traía una caja de frutos secos con una sonrisa, un marroquí de Integra2 le descargaba una caja de vino y se la guardaba en el garaje, como siempre, y una chica preciosa de acento indescifrable le traía un perfume de Noruega con la furgoneta de DHL, pedidos del día anterior.

Correos es el responsable de prestar el Servicio Postal Universal en España y el operador de referencia en la materia. Lo es desde 2010 y por quince años, desde que se aprobó la Ley del Servicio Postal Universal, de los derechos de los usuarios y del mercado postal, que tenía por objeto lo mismo que se firmó en Pekín en 1999 con el mismo nombre: garantizar “un servicio postal universal que permita a los clientes enviar y recibir mercaderías y mensajes desde y hacia cualquier parte del mundo.”

Paco debía estar exento de la ley, o de la condición de universal, o su casa estar a las afueras del mundo, porque tuvo que pagarse un apartado de correos en el pueblo, a siete kilómetros, para recibir allí el correo a su nombre.

―¿Y esto cuánto cuesta?

―Setenta euros.

―¡Collons!

―Pero setenta euros al año.

―Menos mal, me había usted asustado, pensaba que era al mes.

―No hombre…

―Setenta al año está genial, es un regalo. ¿Y entonces puedo venir cuando quiera a recoger el correo?

―No. Solamente en horario de oficina, por las mañanas.

―Ah. Vaya… es que yo por las mañanas tengo que trabajar.

―Puede venir los sábados, también abrimos.

―Algunos sábados también me toca trabajar, y los que no trabajo me gusta descansar.

―Pero no se preocupe, cuando tenga algo en el apartado nosotros le enviaremos un mensaje de texto al móvil.

―Ah, qué moderno.

Correos es una empresa moderna: apartado postal electrónico, plataforma virtual, control por radiofrecuencia para el seguimiento de los envíos metro a metro, CityPaq, Black Friday, Ciber Monday… Hasta los carteros van armados con terminales portátiles digitales de última generación ―o penúltima―. Con ellos se firman y se archivan los certificados sin necesidad de usar papel ―aunque luego también haya que utilizar el bolígrafo para duplicar el trabajo―.

―Buenos días. Estoy esperando un paquete de Amazon, lo compré hace dos días, y la entrega era en 24h. He mirado en el apartado de correos y no está.

―¿Tienes número de seguimiento?

―Sí, aquí está.

―Uy, no, ese no. Ese número no es nuestro, será de Amazon.

―Yo qué sé.

―Tendrás que hablar con Amazon.

―Ya he hablado con ellos, dicen que hicieron un intento de entrega ayer.

―¿Con Correos?

―No tengo ni idea.

―¡Ah…! vale, ya me acuerdo. Ayer vino un chico de MRW que quería dejar un paquete en el apartado, pero eso no se puede.

―¿Por qué?

―No era de Correos.

―¿Y qué?

―No aceptamos los paquetes que no son de Correos.

―¿Y por qué?

Después de varias devoluciones, Paco aprendió a descifrar con qué agencia de transporte iba a mandar el paquete cada empresa, y así supo si debía poner la dirección de su casa o la del apartado cuando hacía las compras por internet.

No obstante, Correos es una empresa de referencia, con una oferta transfronteriza, con presencia en organismos supranacionales, con el mote de gran cobertura y calidad en su emblema. Sus servicios son tan amplios y eficientes que incluso tienen una línea especial dedicada a los peregrinos del Camino de Santiago, para transportar mochilas y otros enseres de posta a posta.

―Disculpe, tengo esto en el apartado.

―Eso es un aviso de certificado. Uy, pero esto es de hace quince días…

―Sí, es que el sábado pasado tenía trabajo y no pude venir.

―Pues lo hemos devuelto.

―¿El qué?

―El certificado.

―¿Por qué?

―Porque los devolvemos a los diez días.

―¿Pero por qué?

Paco no podía ir todos los sábados a la oficina, y los que podía no siempre iba, porque le gustaba más atender a las gallinas y a los pepinos que ir al apartado a recoger extractos del banco, propaganda de Consum, revistas del seguro y copias de facturas que ya había recibido por mail. Más de una vez se encontró con avisos de certificados pasados de fecha. En realidad, pocas veces los pillaba a tiempo.

―Pero… ¿ustedes no envían un mensaje de texto al móvil cuando llega algo al apartado?

―Sí, sí, siempre.

―Pues no me ha llegado nada.

―¡Qué raro!

―No, no es nada raro, nunca me llega nada.

―¡Qué raro!

Así se le pasaba la cita del cirujano con la fecha de la operación de varices, el aviso de la ITV, el pago del IBI, las reuniones de la comunidad de regantes… Sufría recargos y sanciones habitualmente, y dolores en las piernas.

―A ver, dígame el número de teléfono.

―Pues será el mismo que ya tienen.

―Vamos a comprobarlo.

―Seis, tres, siete…

―Pues sí, es el mismo.

―¿Y entonces?

―Qué raro.

El caso era, en efecto, raro. Pese a la eficiencia de la empresa, el mensaje de texto dependía de la diligencia del que entregaba el paquete, del que lo recibía y del que mandaba el mensaje. Además, Paco pudo comprobar con el tiempo que algunos envíos nunca alertaban del mensaje, dependiendo de su naturaleza, certificado, urgente, express, o incluso del emisor. Era raro en suma, difícil de disfrutar.

―Disculpe, señorita. Estoy esperando unos libros de Madrid. Los enviaron hace ocho días, pero no hay nada en el apartado.

―Qué raro.

―Sí, ¿verdad?

―Sí. Son muchos días. ¿Era un envío ordinario?

―Creo que sí.

―Uy, pues entonces puede tardar.

―¿Por qué?

―Es que son días muy malos.

―¿Malos?

―Sí, mucho trabajo, las Navidades… malas fechas.

―Pero si estamos a mitad de noviembre…

―Por eso… Y además está el blafadei.

―Vaya… Pues es que necesito esos libros para trabajar.

―Pues lo siento mucho, pero como es ordinario…

―¿Pero qué significa ordinario? ¿Que puede tardar varias semanas? Es un paquete que viene de Madrid…

―Sí. Es que estas fechas son muy malas.

―Pero no entiendo. ¿Qué hacen todos estos días con el paquete? ¿Por qué no lo entregan?

―Porque hay mucha faena. Pero no se preocupe, en cuanto lo recibamos le avisaremos.

―Pero no puedo esperar indefinidamente, necesito los libros para hacer mi trabajo. ¿Dónde está el paquete?

―Es lo único que puedo hacer.

―¿Pero dónde está? Yo voy a recogerlo.

―No lo sé.

―Ya me imagino, pero seguro que lo puede averiguar, tienen control de seguimiento por radiofrecuencia, metro a metro.

―¿El qué?

―Madre mía. Alguien debe saber dónde está el paquete.

―No lo sabe nadie.

―¡¿Cómo?!

―Eso no se sabe.

―No me lo creo. ¿No hacen ningún seguimiento?

―Si es ordinario no.

―¿Por qué?

―Porque es ordinario.

―¿Y qué?

―Que no se hace seguimiento de los ordinarios.

―¿Pero por qué?

El diccionario de la RAE se reserva la séptima acepción del lema ordinario para el correo exclusivamente, “despachado por los medios y en los plazos habituales”. Es decir, que esa calidad del servicio postal universal es la norma. En justicia, bien serviría la que usamos de tercera, “bajo, basto, vulgar y de poca estimación”. Paco, seguramente, le propondría a la RAE una revisión.

No obstante, aunque Correos no sepa dónde están los paquetes que se le confían, está al tanto de todos los demás detalles. Por ejemplo, posee la exclusiva de los productos filatélicos, gracias al cielo, innovadores y revolucionarios a tal punto que los hay en braille, en relieve, con estampaciones de oro y con tinta invisible, solo visible con luz ultravioleta. Logros fruto de una inversión en investigación tecnológica admirable, sin la cual no podríamos navegar en este mundo. Creo que mi hijo de trece años no sabe lo que es un sello, y dudo que los haya visto alguna vez.

Los libros de Paco nunca llegaron. Las notas de una oposición andaluza aparecieron en Escandinavia. Una señora de Zamora recibió una carta de amor veinte años después, cuando ya estaba muerta. Lo que sí le llegó al pobre, sin perder los plazos y con todas las garantías, fue un embargo de 1080 euros al banco. Estaba relacionado con el recargo por impago de una multa de 900 euros, que a su vez era sanción de otra de 150 que no había atendido a tiempo. Una cadena de seis o siete cartas certificadas de la DGT que le llegaron al apartado de correos a lo largo de un año y fueron todas devueltas a los diez días sin atender, como tantas otras. La DGT no supo sensibilizarse con el caso de Paco, pese a entrevistarse con ellos un par de veces en horario laboral y pese a la reclamación en que expuso la condición de desinformación en que se encontraba y la injusta desigualdad que sufría con el servicio postal por vivir en el monte sin un buzón. Correos tampoco le ayudó con la reclamación, pese a ser una empresa profundamente sensibilizada con todos los problemas, como demuestra, por ejemplo, su campaña “Correos reparte sonrisas” con Payasos sin fronteras.

Paco perdió su trabajo, en parte por ausentarse demasiadas veces para atender asuntos propios y en parte por no realizarlo eficientemente al carecer de los libros que necesitaba. El embargo se juntó con el desempleo y se le hizo imposible atender la hipoteca. Cuando me contó esta historia estaba viviendo en un piso de alquiler de cuarenta metros, dolorosamente cerca de la oficina de Correos. El nombre les viene de perlas, me decía, correos a gusto, que a mí ya me habéis jodido bien. Trabajaba para una empresa de mensajería cuyo nombre no pudo decirme porque le entraban ganas de llorar.

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