Tu dragón

Cuando era pequeño tenía miedo de los dragones. Para mí eran seres terribles que brotaban, sin amor previo, de un brezal marchito que nadie había visto jamás. Con el tiempo, descubrí que mi magia no era suficiente para derrotarlos, porque eran inmortales, mientras ellos apilaban en la curva de sus vientres los cadáveres de mis amigos. Pero un día me pediste malísima que lo arrasáramos todo, por favor, con tus piernas enredadas en mis alas rojas, el fuego saliendo de mis colmillos, la lengua en llamas y las garras sujetándote por la espalda. Tenías la mano apoyada en las escamas de mi piel, tapando la herida para que no saliera más sangre. Sobrevolábamos un bosque helado, dejando atrás la ciudad quemada, en busca de una cueva donde dormir. Creo que no olvidaré ese día en la vida, en ninguna vida, porque lo he visto tantas veces que no se me puede olvidar. Sin embargo, y por suerte, cada vez que nazco lo olvido todo y vuelvo a temer a los dragones.

Publicado en Editorial Dech.

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