Sobre el pin parental de Vox

Murcia está a en la vanguardia de esta pelea, quién me lo iba a decir. Cuesta creer que una de las regiones más conservadoras de España sea la punta de lanza de una discusión que versa, en el fondo, sobre un tema de modernidad y progreso. Pero lo digo sin subterfugios ni recursos orwellianos lingüísticos para retorcer el significado: moderno, contrapuesto a lo antiguo, y progreso, hacia el perfeccionamiento. Bienvenida sea la discusión, que el tema lo requiere y falta nos hace.

El pin parental se ha implantado en Murcia. Sucintamente, es el consentimiento expreso del tutor legal del alumno para que participe en actividades con carga ideológica o moral. No entra en cuestiones de biología, historia, matemáticas… esas materias no les preocupan de momento. Tiene huevos que sea la “ultraderecha” y no la “ultraizquierda” quien lo impulse. Sus detractores, Podemos y PSOE a la cabeza, han montado en cólera y argumentan que los padres no son los dueños de sus hijos, que los derechos del alumno prevalecen sobre la patria potestad, que los niños no se inscriben en el registro de propiedad, sino en el registro civil, etc. Tienen miedo, dicen, de que los padres sometan a sus propios hijos al oscurantismo, al aislamiento social, a la ignorancia, y en el peor de los casos que los adoctrinen con ideologías perniciosas para su desarrollo personal. Sostienen esta postura con argumentos como que si unos padres son homófobos no pueden condenar a su hijo a que no reciba formación al respecto que corrija esa desviación, o que si unos padres son machistas no deben obligar a sus hijos a serlo también, impidiendo que los profesores les enseñen lo que es bueno. Tanto es así que prometen impugnar en los tribunales esta iniciativa. No deja de ser curioso que en este punto no digan nada de “desjudicializar la política”.

Si lo miramos con un poco de perspectiva y sin pasión, algo no encaja en ese discurso. Parece como si estuviéramos defendiendo los valores morales de hace décadas contra unos seres venidos del siglo VXIII. Digo hace décadas porque hace mucho tiempo que superamos esos asuntos, afortunadamente. Al menos en el mundo occidental desarrollado, tenemos ministros, empresarios, artistas y profesionales de toda especie que se desenvuelven con normalidad sin que nadie preste atención a si son mujeres o negros, si llevan corbata o minifalda, si les gusta el gangbang o el misionero. Por el dios del amor, seamos sensatos. Cuando vas al médico no te cuestionas si el doctor es hombre o mujer, cuando lees un poema no piensas si el autor es amarillo o persa, cuando entras en un juzgado no le preguntas al abogado cómo y con quién le gusta acostarse. Esa realidad no existe. No hay gente así. Y si la hay es tan anecdótica y disfuncional que no justifica que condenemos a toda la sociedad por ser machista, homófoba, racista y tonterías por el estilo. No nos engañemos, esas guerras se libraron y se ganaron, son ceniza. Sin embargo, los que se llaman progresistas argumentan que viene el coco, el retrógrado del siglo XVIII, el demonio disfrazado de Abascal, que hay que pertrecharse y temerse lo peor, desenterrar las armas y volver al combate. Sería una insensatez graciosa si no fuera tan dañina para la convivencia y no creara desunión allí donde ya vivíamos en armonía. Veníamos compartiendo despacho hombres y mujeres sin darle importancia al lo que tenemos entre las piernas, sino a la eficiencia en el trabajo, veníamos derramando cervezas juntos sin reprocharle a nadie dónde le gustaba meterla o que se la metieran, y sin preguntarlo, veníamos haciendo negocios libremente sin cuestionar la procedencia, el acento o el color de la otra persona, bastante con que oliera bien. Pero estos desalmados quieren ahora que la gente se sienta ofendida y generar un conflicto entre opresores y oprimidos allá donde se les ocurra. Porque ahí está el nicho de votos, claro, porque no tienen otros argumentos para ganarse nuestra confianza. “Vamos a hacer ruido y crear malestar, así nos votarán los que se sientan perjudicados”. Es de una maldad abominable.

Y a la educación de los niños llegamos, he aquí el hueso de cereza. Qué mal tiene que estar la cosa para que a una parte de la sociedad le preocupe que a los niños se les intente adoctrinar con ideología sospechosa en el colegio y propongan un pin parental para prevenirse. Esa es la cuestión. No seamos ingenuos: ningún padre quiere que su hijo crezca y se eduque en la ignorancia, sin valores morales, sumido en la homofobia, el racismo o la misoginia. Quien piense eso tiene la cabeza hecha un lío, y si lo ha meditado bien y no se le pasa es imbécil. El problema es que hay demasiados casos ya de talleres, charlas y actividades diversas en los que se promueve una ideología con la que uno puede no estar de acuerdo. Y la cuestión moral no es cosa firme y científica. Habida cuenta de que a veces se pretende adoctrinar con ello a los niños, surge la demanda obvia de los padres de solicitar información previa y autorización en todo caso. De tan simple y razonable no necesita defensa. Sirva de ejemplo la educación religosa católica: que sea opcional responde al mismo principio de libertad ideológica, y ahí el consenso es unánime. Lo mismo debe ser para todo, en especial para principios morales. Quien quiera impulsar el catolicismo, el feminismo o el terraplanismo aquí tiene un defensor, pero no me encontrará si obliga a los niños a comulgar con esas hostias.

Lo triste del asunto es que se solicite la autorización expresa en lugar de expurgar completamente del sistema educativo las cuestiones ideológicas. ¿A nadie le espanta? El tema de discusión no está centrado. El colegio debería ser sagrado. La libertad de cátedra de los profesores habría de ser un baluarte inexpugnable. La enseñanza de conocimientos, aptitudes y habilidades es su única razón de ser. Los valores éticos y filosóficos contrastados también han de discutirse en el aula. Pero las cuestiones ideológicas… solo voluntarias y por deseo expreso.

El pin parental protege al alumno del adoctrinamiento, ojalá no hiciera falta. Los “progresistas” de hoy prefieren adoctrinar, aunque lo llamen “defensa de sus derechos”. Léase “los hijos no pertenecen a los padres, pertenecen al Estado, y los padres no pueden quitarnos el poder de inculcarles nuestra ideología”. Una adolescente sensibilizada con el feminismo de moda es un voto más en las próximas elecciones. Con qué demoníaco tamtam resuenan los párrafos de Orwell al pensar en ello.

En estas lides, cuando la decisión es difícil, en la libertad está siempre la solución. Dejémonos de pin parental y de cominos estériles: un sistema educativo libre, con libertad para los colegios de elegir su plan de estudios, con libertad de los profesores para impartir cátedra y, por supuesto, con libertad para los padres de elegir centro. En una generación habríamos extinguido los colegios mediocres y los profesores incompetentes, habríamos abaratado el coste de la enseñanza y elevado la excelencia educativa. A la vuelta de dos décadas tendríamos a los alumnos más diversos y más capacitados para convivir y desarrollarse en una sociedad plural y libre, sin prejuicios y sin complejos. Y si alguien no está de acuerdo con la libertad… en fin.

Estimado lector, cuando el Estado te dice lo que has de aprender tiembla, aunque venga adornado de las mejores intenciones.

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