Historia de la filosofía antigua

Muchos me han preguntado a cerca de un camino para conocer la filosofía antigua. Quizá seas tú uno de ellos, sufrido lector. Un camino donde venga el grano ya separado, que ofrezca una visión general. Un libro, en definitiva, donde se coleccionen los filósofos más representativos, se muestren sus ideas fundamentales y sirva de bibliografía para ahondar en ellos. Si uno es tenaz y gusta de ensuciarse hasta los codos, probablemente la fuente adecuada sean los diez volúmenes de Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, de Diógenes Laercio, así sin anestesia, desde la cercanía del s. III. El trabajo es exhaustivo y ofrece mucho más de lo que uno espera, sazonado como está de anécdotas y detalles biográficos. Dejo al pie* una relación de los tales ilustres a juicio de Diógenes. Pero si uno prefiere algo más ligero y divulgativo, algo que pueda leerse sin pasar la página del calendario, tal vez la Historia de la filosofía antigua de Moris Polanco le encaje bien.

Este libro, publicado en 2016 por Arjé, ordena las corrientes filosóficas más representativas de la antigüedad, apunta las ideas principales de los filósofos y sirve de catálogo para profundizar en sus obras, a través de los extractos literales que aporta de cada una de ellas. A la editorial, el nombre le viene pintiparado: Arjé, o arché, es el principio elemental de todo, el origen, la razón primordial, de acuerdo a los antiguos griegos.

La historia arranca con Tales de Mileto, allá por el 625 a.c., para quien el arjé era el agua. Sin darnos cuenta, nos sumerge en un mundo casi olvidado donde empezaba a descubrirse todo, donde el hombre comenzó a pensar y a hilvanar ideas sugerentes de las cuales deriva la mayor parte de nuestro conocimiento actual. Por ejemplo, con una pincelada, Anaximandro ya pensaba que la tierra era esférica y que la luz de la luna provenía del reflejo solar, con la de gente que ha pasado por la hoguera por sostener eso. Por otra parte, Anaxímenes encontró el arjé en el aire, mientras que Pitágoras lo situó en los números. Pitágoras puede parecernos desde lejos poco sensible, pero pronto se nos pasa cuando descubrimos que creía que el movimiento de los astros se regía según proporciones musicales o que era vegetariano. De Heráclito, fundador de la metafísica, nos llegan retazos misteriosos, “a los hombres les aguarda después de la muerte lo que no esperan ni presumen”, y de Jenófanes una máxima que no supimos aprender bien: “ningún hombre conoció ni conocerá nunca la verdad sobre los dioses.” Entre los pensadores que llamamos presocráticos, la voz de Parménides alumbra con una sencillez que tampoco hemos sabido digerir siempre: “y en el medio de estos, la diosa que todo lo dirige, pues en todas partes rige el doloroso nacimiento y la mezcla, enviando a lo masculino lo femenino para mezclarse y, a su vez, contrariamente, lo masculino a lo femenino.” A Zenón de Elea se le considera el padre de la dialéctica, y se le atribuye el uso por vez primera de la reducción al absurdo. De esa fuente brota toda discusión. La historia nos ayuda a recordar lo trágico de las supersticiones y lo débil de la memoria para algunas cosas, sobre todo cuando Anaxágoras tuvo que exiliarse acusado de impiedad por sostener que el Sol era una masa de hierro candente, como si hubiera ofendido lo más sagrado. Empédocles, el primer retórico, nos retuerce el corazón a su manera cuando sitúa en medio de la discusión científica un concepto intrigante: dos fuerzas cósmicas son las causantes de la unión y separación de los elementos, el amor y el odio. Y el gran Demócrito, famoso por su teoría atomística, se revela en la cima de los presocráticos con más de setenta libros sobre ética, física, matemática, técnica y música. Que el lector me perdone el entusiasmo, pero ya entonces postuló que la luz estaba compuesta de partículas, y dos mil quinientos años no fueron bastantes para corroborarlo. A mayores, Platón detestaba a Demócrito, se cuenta que un día quiso quemar todos sus libros, tal era la diferencia entre el estúpido y el sabio. De los entusiastas de Platón, por cierto, no espero perdón ni aplauso, pues lo mismo no les doy.

El libro de Polanco nos lleva después por el controvertido mundo de los sofistas, encabezado por Sócrates, a cual más disparatado e indeseable. Se dice de Sócrates con frecuencia que fue el más grande, cuando solo tenemos la seguridad de que no sabía nada. También se le considera el padre de la ética, aunque no dejó ningún escrito. Recordad, Demócrito más de setenta. Se sospecha que tenía en poco lo de escribir, porque estaba muy por encima de tal pequeñez. Sin embargo, Diógenes Laercio nos advierte de forma sibilina que “compuso una fábula como las de Esopo, no muy elegante.” A ver si era por eso. Se le atribuye la frase “se debe estudiar la geometría hasta que uno sepa recibir y dar tierra medida”, y ante tal simpleza no merece más nuestra atención. El resto de sofistas tampoco deberíamos llamarlos ilustres, pero la lectura que nos ofrece el libro nos deja detalles para reír. A Protágoras no le añadiré más que lo que ya dije aquí, pobre. Gorgias, el infame, soltaba perlas como esta: “el arte oratoria no necesita en absoluto tener un conocimiento profundo de las cosas; le basta con haber encontrado un medio de persuasión que le permita aparecer ante los ignorantes como más sabio que los realmente sabios.” Calicles, por su parte, sostenía que la cuna era bastante para ser inmoderado, injusto o cruel, y así sostenía que “la molicie, la intemperancia y el libertinaje, si están defendidos, constituyen la virtud y la felicidad.” Trasímaco andaba por el mismo precipicio: “la justicia y lo justo en realidad son un bien ajeno, conveniente para el más fuerte y gobernante, pero perjuicio propio del obediente y sirviente.” Pródico de Ceos era famoso por su debilidad por el dinero y los placeres, por eso y no por sus ideas, que no tuvo. Antifonte de Atenas, como no podía ser de otra manera, presumía de que la transgresión de la ley humana en secreto no comporta pena, ese es su gran aporte a la humanidad. Y Critias, el primo de Platón, político para más señas, fue uno de los Treinta Tiranos. Entre los filósofos se cuenta, pero yo no sé por qué. Jenofonte decía que era un tirano despiadado y sin moral. Platón, en cambio, lo describe como un modelo de moderación. Una vez más, ahí tenemos la diferencia entre el sabio y el estúpido, amén de interesado. Así lucen los sofistas, con Sócrates de paladín, recordémoslo.

Una parte importante del libro está dedicada a Platón. El lector ya habrá descubierto que no es mi preferido, pero su estudio es necesario, tanto como conocer la Biblia o el Corán. Descargo las tintas pues para otra ocasión en la que pueda despacharme in extenso. La otra importante corresponde a Aristóteles, de quien cualquier resumen sería insuficiente, el de Polanco también, aunque es muy acertado. Hasta el s. XIX los hallazgos en torno a la lógica aristotélica no fueron superados. Estudió todas las ramas del saber, desde la botánica hasta la geometría o la poética, y fue el primer filósofo en estructurar el conocimiento en toda su amplitud. Podemos destacar dos curiosidades que no todo el mundo conoce: se cortaba la barba y el pelo, lo cual era extraño, y decía que “soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad.”

El camino nos lleva hasta el estoicismo, fundado por Zenón de Citio, que proponía una filosofía de salvación basada en vivir conforme a la naturaleza. Con tal sencillez y humildad resolvían la angustia humana: ante lo que no podemos cambiar, debemos ser indiferentes, lo que sí podemos hacer es cambiar nuestra opinión sobre los acontecimientos y nuestra actitud hacia ellos. Epicteto y Marco Aurelio, de cuyas obras ya dije algo bueno, ponen el acento más tierno a esta corriente filosófica, que encuentra probablemente en Séneca su colofón. Del cordobés nos llegan ecos que resuenan con una poesía magnífica: “¿Qué es, pues, el bien? La ciencia. ¿Qué es el mal? La ignorancia.” “Cuando los dioses nos eran propicios eran de arcilla.” “La risa delata al malvado.” “Nada como el amor para las fáciles recidivas.”

Epicuro tiene un alto en el viaje señalado expresamente. Las Vidas de Diógenes Laercio terminan ahí, con un volumen dedicado para él solo. Su Jardín era una escuela en la que no solo podían entrar sabios y aristócratas, sino también mendigos y mujeres. La lectura del libro de Polanco nos ayuda a deshacer el equívoco sobre el hedonismo que ha envuelto la figura del filósofo hasta hoy: el placer es el único bien intrínseco. Hay que leer con más detenimiento su postura, a poco que se le escuche es suficiente: “Cuando decimos que el placer es el soberano bien, no hablamos de los placeres de los pervertidos, ni de los placeres sensuales, como pretenden algunos ignorantes que nos atacan y desfiguran nuestro pensamiento. Hablamos de la ausencia de sufrimiento para el cuerpo y de la ausencia de inquietud para el alma. Porque no son ni las borracheras ni los banquetes continuos, ni el goce de los jóvenes o de las mujeres, ni los pescados y las carnes con que se colman las mesas suntuosas, los que proporcionan una vida feliz, sino la razón, buscando sin cesar los motivos legítimos de elección o de aversión, y apartando las opiniones que pueden aportar al alma la mayor inquietud. Por tanto, el principio de todo esto, y a la vez el mayor bien, es la sabiduría.” Pero la filosofía de Epicuro no se detiene ahí, abarca también la física y la gnoseología, aunque subordinadas a la ética. La lectura de su Carta a Herodoto nos recuerda a Copérnico, a la gravitación universal de Newton, a la relatividad de Einstein, a la cuántica de Plank, a la teoría atómica de Bohr, al Big Bang… Su intuición física fue increíble. La autoridad y la sencillez de Epicuro no ha tenido igual: “los cuerpos celestes brillantes no son más que masas de fuego y nunca debemos creer que estas masas poseen divinidad.” Sobra decir que el maestro despreciaba la doctrina platónica, faltaría más.

Después de Epicuro, el escepticismo toma las riendas del caballo y se dirige hacia la ataraxia, la suspensión del juicio, porque estima que no podemos saber nada con certeza. Esta escuela nos ha dejado la huella de la duda para todo, que tanto bien nos hace. Arcesilao, desde su escepticismo académico, añadía a la famosa sentencia de Sócrates un punto más de perplejidad: “ni aun sé de cierto que no sé nada.” Pirrón era todavía más estricto, elevando la duda hasta un punto casi ridículo: si el académico afirmaba que las cosas son incomprensibles por naturaleza, el pirrónico no se atreve ni a afirmarlo siquiera. La lectura de los textos pirronianos es asombrosa.

El libro acaba con el neoplatonismo, que, como el lector supone, me merece el mismo aprecio que Platón, y aún menos. El manantial de toda esa insensatez es el Enéadas de Plotino, de quien ya di cuenta en otro sitio y no me gustaría aburrir a nadie. Los extractos que nos brinda Polanco son dinamita del absurdo, si bien el autor no es tan duro con ellos como yo. Termina el libro con un brote de esperanza para la humanidad, y es que cuando murió Porfirio, el discípulo de Plotino, la escuela neoplatónica fue incorporando conceptos aristotélicos y estoicos, evolucionando así hacia la filosofía de verdad.

Se podría echar en falta la mención de Euclides, o algún filósofo de la escuela cínica o de la escuela jónica, así como los discípulos platónicos y aristotélicos, pero el resumen de Moris Polanco es legítimo, ayuda a comprender con sencillez, a tener una perspectiva general ordenada, y anima a profundizar en los más brillantes con su selección de textos. Las pistas de este libro le dan a uno para empezar a leer filosofía y no acabar nunca.

*Existe una versión electrónica del libro aquí.

*Relación de Vidas de Diógenes Laercio, según el orden de aparición en la obra:

  • Tales de Mileto.
  • Solón.
  • Quilón
  • Pítaco
  • Bías
  • Cleóbulo de Lindos
  • Periandro
  • Anacarsis
  • Misón
  • Epiménides
  • Ferécides
  • Anaximandro
  • Anaxímenes
  • Anaxágoras
  • Arquelao
  • Sócrates
  • Jenofonte
  • Esquines
  • Aristipo
  • Fedón
  • Euclides
  • Diodoro
  • Estilpón
  • Critón
  • Simón
  • Glauco
  • Simias
  • Cebete
  • Menedemo
  • Platón
  • Espeusipo
  • Jenócrates
  • Polemón
  • Crates de Triasio
  • Crantor
  • Arcesilao
  • Bión de Borístenes
  • Lacides
  • Carnéades
  • Clitómaco
  • Aristóteles
  • Teofrasto
  • Estratón
  • Licón de Tróade
  • Demetrio de Falero
  • Heráclides Póntico
  • Antístenes
  • Diógenes de Sinope
  • Mónimo
  • Onesicrito
  • Crates de Tebas
  • Metrocles
  • Hiparquía
  • Menipo
  • Menedemo
  • Zenón de Citio
  • Cleantes
  • Esfero
  • Crisipo
  • Pitágoras
  • Empédocles
  • Epicarmo
  • Arquitas
  • Alcmeón
  • Hipaso de Metaponto
  • Filolao
  • Eudoxo
  • Heráclito
  • Jenófanes
  • Parménides
  • Meliso
  • Zenón de Elea
  • Leucipo
  • Demócrito
  • Protágoras
  • Diógenes Apoloniata
  • Anaxarco
  • Pirrón
  • Timón
  • Epicuro

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