Eva desnuda

“Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.”

Génesis 2:9
Acuarela y diseño de Emequia

Mañana es Navidad. Se celebra el mito del nacimiento de Jesucristo. Digo mito porque no se celebra el nacimiento de Jesús de Nazareth, o Jesús de Galilea, sino la leyenda que dejó su persona. Poco de lo que se dice de él es cierto, ni hay evidencias de que naciera el día 25 de diciembre. La obra de Antonio Piñero es elocuente al respecto, no la citaré toda, que es amplísima. Al parecer, se quiso encajar el nacimiento del Salvador con el solsticio de invierno, para solapar los ritos populares de otras culturas, aunque no acertaron del todo, pues sucede sin remedio todos los años entre el 20 y el 23 de diciembre. Hacer coincidir la llegada del hijo de Dios con el renacimiento del sol, después de la noche más larga del año, es ingenioso, los días empiezan a ser más largos, vuelve la luz y la esperanza. La idea de sustituir una fiesta pagana por otra alternativa cristiana fue común en los inicios. Cuando no se podía acabar con la tradición ritual resultaba más eficaz cambiarle el nombre y la razón de ser. Así resulta que ya nadie recuerda que mañana celebramos que las noches no van a comernos, sino que vuelve a lucir el sol, alargando su ciclo, como siempre. Lo mismo pasa con la liturgia de San Juan, en el solsticio de verano, a la que todavía le queda el aliento del fuego para simbolizar el calor abrasador del sol en su punto más cercano a la Tierra. Los antiguos no sabían por qué, pero celebraban que ese ciclo terminara sin convertirlos en ceniza. También la fiesta mayor cristiana, la muerte y resurrección de Cristo, encaja en el equinoccio de primavera, donde todas las culturas de todo tiempo han celebrado el renacer de la naturaleza, de la vida y del amor. El otoño siempre fue menos atractivo porque el camino del sol no alumbra grandes cambios, pero, no obstante, es a mediados de septiembre cuando se ofrecen votos a la Virgen María. Todas las civilizaciones han tenido en cuenta los ciclos solares y sus rigores religiosos inventaron ritos para celebrarlo. La cristiana utiliza los mismos, vestidos de otro sayo. La rama dorada de Frazer es una lectura apasionante para conocerlo en detalle.

Todo empezó con Eva en el paraíso, de cuyo hilo podemos hilvanar un ovillo entero de tergiversaciones. Según el escritor del Génesis, Dios creó a la primera mujer de una costilla de Adán. No la llamó Eva, sino Varona, porque venía del varón. Amén de la falta de rigor científico, en un despiste, tratando de sugestionar al lector, explica que a partir de entonces Dios ordenó que el hombre abandonara a sus padres para unirse a su mujer, cosa insólita para esta pareja que no tenía ombligo al que atar su ascendencia. También nos cuenta que estaban desnudos y no se avergonzaban. Desconoce que nos tapamos los genitales, en origen, por higiene y protección, no por pudor. Dios lo sabe, porque lo sabe todo, pero el escritor no, y se deja llevar por su interés de propaganda, como si hubiese algo de qué avergonzarse entre las piernas. Allí en el paraíso, donde crecen los árboles necesarios para la vida, fluyen los tres ríos y se arriman todas las especies animales, Dios prohibió a Adán comer de uno en concreto: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Sin mayor explicación. Dios lo puso accesible para prohibir su uso, y no era uno cualquiera, nada más y nada menos que el árbol de la ciencia del bien y del mal. Ya es traviesa la argucia.

Sin mediar pasaje de transición, aparece la serpiente, ese maravilloso animal cautivador por su belleza y su poder, símbolo de la fertilidad y de la vida que se renueva cada primavera cambiando la piel para hacer el amor. Bien lo sabían los antiguos, que adornaban a sus dioses fecundos de flores y serpientes. Supongo que era el mejor modo de acabar con las tradiciones rivales, demonizar sus mitos sagrados para cohesionar a los súbditos. La serpiente le ofreció a la mujer el fruto del árbol prohibido, con buena intención: “serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” Le estaba ofreciendo lo más valioso que tiene el ser humano: el conocimiento. Sin embargo, el Dios de la tradición judeocristiana se lo tomó a mal, por lo visto pretendía retener a los hombres en su huerto, dóciles e ignorantes. Enfurecido, maldijo a la serpiente para siempre, de cuya maldición heredamos nuestra antipatía bíblica por el pobre animal, y le dijo a la pareja algunas cosas que solamente podemos creer inventadas por un escritor arrastrado por su interés ideológico: que la mujer sufrirá dolor en el parto, que siempre habrá enemistad entre hombre y mujer, que el varón se enseñoreará de la mujer, que el hombre comerá pan con el sudor de su rostro… Después Dios vistió a la pareja y los expulsó del Edén para que no comieran también del árbol de la vida, que les habría proporcionado eterna juventud, garantizando así la mortalidad de la especie.

Todo encaja. De este modo, la tradición judeocristiana nos deja una enseñanza: la mujer es traviesa y desobediente. De su curiosa incontinencia vienen nuestros más terribles desvelos: un camino espinoso de esfuerzo y trabajo toda la vida hasta alcanzar una muerte irremediable. Por ello sufre cuando da a luz y está condenada a servir al hombre en todos sus deseos, y por su culpa el hombre tiene que trabajar duro todos los días para hacer pan, cuando tenía todo a mano en el paraíso, y a cubrirse el cuerpo con ropas y pieles curtidas con sus propias manos, si bien en el Edén no sentía vergüenza de nada.

Hay que ser muy ingenuo para creer que un Dios omnipotente tuviese tanta inquina contra su propia creación, el mismo Dios que guía nuestros pasos, que conoce todo lo que hacemos y todo lo que sucederá, que nada pasa sin que lo permita y lo procure. Es difícil creer que pueda desearle tanto mal al hombre y que descargue toda la responsabilidad en la mujer, y que él no se arrogue ninguna carga. No obstante, a mí me deja otra lectura, que es de lo que venía a hablarte hoy. Cuando fue expulsado del paraíso, Adán llamó a su mujer Eva, porque sería madre de todos los vivientes. La madre de todos nosotros solo puede inspirarme ternura y veneración. Eva escuchó a la serpiente sin miedo y sin prejuicios, como cualquier persona amable haría con el consejo de otra, con los animales, con la naturaleza que todo lo sabe. Eligió, pese a la prohibición de su señor, abrir los ojos al conocimiento y no vivir en la ignorancia, distinguir el bien del mal para poder obrar con responsabilidad en consecuencia. Prefirió salir del jardín donde todo venía regalado para conocer el mundo, con su dolor y sufrimiento, pero también con sus bellezas, so pena de tener que trabajar duro para poder comer. Escogió la aspereza del camino a cambio de la libertad, la muerte al final incluso, despreciando una vida eterna encadenada en el paraíso. Y tomó la decisión por nosotros, con la ingenuidad de un alma hermosa. Habrá quienes maldigan la mala hora en que lo hizo, obligándonos a madrugar, a responsabilizarnos de nuestros actos, a tener que estudiar para aprender, a mirar a nuestro alrededor sorprendidos porque todo es una aventura, con la amenaza inexorable de la muerte. Preferirían tumbarse en el Edén, mientras caen uvas directamente a la boca, un día tras otro. Yo, en cambio, estoy con Eva. Me gustan las mujeres así, libres, valientes, curiosas, ingenuas, responsables, que no temen al dolor ni a la muerte ni se avergüenzan de lo que son. A Dios gracias.

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BIBLIOGRAFÍA:

Frazer, J. G., (1944), La rama dorada. Magia y Religión, Mexico, D. F.: Fondo de Cultura Económica.

(1960), Reina-Valera 1960 Santa Biblia, Sociedades Bíblicas Unidas. Acceso online.

*Antonio Piñero es una eminencia en el conocimiento de Jesús y el judaísmo previo. Su obra es un fondo de sabiduría sin precio. Dejo aquí el enlace a su web.

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