«Quienes fundaron la polis ateniense difĂcilmente se habrĂan sometido a la igualdad de voto si eso hubiese llevado consigo otorgar poderes de requisa a la mitad más uno.»
Escohotado – Los enemigos del comercio.

Imagina un mundo en el que los Estados prohĂben el consumo de algunos alimentos, con el argumento de la defensa del medio ambiente, el respeto a los animales y la protecciĂłn de la salud. Defensa, respeto y protecciĂłn, son palabras que presuponen buena fe, evocan conceptos que sugieren nobleza. Imagina que en ese mundo se prohĂbe de igual modo el consumo de algunos principios activos, bajo el nombre de drogas y venenos, arguyendo la misma bondad, sobre todo la de la salud. Droga y veneno son, por contra, palabras que suscitan temor y peligro. Imagina tambiĂ©n que los Estados no toman esa decisiĂłn de forma unilateral, sino avalados por un referĂ©ndum en el que una mayorĂa amplia de la poblaciĂłn acepta y prefiere tales prohibiciones, democráticamente y sin ninguna duda sobre el proceso. Imagina que, con una mayorĂa igual de incuestionable, y refrendados por la bondad que subyace a la protecciĂłn de la salud, los Estados obligan al consumo de algunos alimentos, de algunas sustancias, o, más allá, a recibir un determinado tratamiento farmacolĂłgico. Imagina que no se requiere ninguna prescripciĂłn mĂ©dica para administrarlo, más bien al contrario: sin anamnesis, sin patologĂa, sin diagnĂłstico, se impone legalmente el tratamiento. Imagina que se aprueban leyes para apartar de la sociedad a quienes prefieran no someterse al tratamiento, mediante internamientos forzosos y arrestos domiciliarios. Imagina que la mayorĂa de la sociedad estigmatiza a esas personas retirándoles el saludo, el trabajo, la amistad, la asistencia, el abrazo. ImagĂnalo… Ahora, abre los ojos.
DecĂa Antonio Escohotado, y ya podemos citarlo con solemnidad, que «de la piel para adentro mando yo.» Por suerte para Ă©l, ya no tendrá que ver cĂłmo el Estado le obliga a tomar determinadas drogas. HabrĂa sido de una ironĂa lacerante, despuĂ©s de luchar media vida por defender el consumo libre y responsable de cualquier cosa, hasta el punto de ennoblecer con sus huesos la cárcel de Cuenca. Libre y responsable son adjetivos loables, uno prĂłximo a la naturaleza y el otro a la virtud, uno que viene dado al nacer y otro que se adquiere con esfuerzo. Y son deseables en tanto que se oponen a unos antĂłnimos que producen rechazo en cualquier persona sensata: esclavo e irresponsable. Sin embargo, y Antonio no se cansaba de sorprenderse por ello, hay personas que prefieren la seguridad y la confianza y rechazan la responsabilidad, renunciando con ello a su autonomĂa. Todos conocemos personas asĂ, que prefieren que les digan lo que tienen que hacer, obedecer Ăłrdenes con disciplina, evitar la responsabilidad de tomar decisiones y dormir con la seguridad del pan de mañana, aunque solo sea pan. A otros, en cambio, les gusta más escalar montañas por el lado difĂcil, donde está el cartel de peligro, sin saber si arriba habrá comida. AsĂ es el mundo real, hay perros cariñosos y obedientes que se complacen con estar junto a la estufa en invierno, a los pies de su amo, felices comiendo de la mano, sin preocupaciones y con la seguridad que proporciona la caricia, pero tambiĂ©n hay tigres salvajes, indĂłciles, que gustan de correr por la selva, aparearse con pasiĂłn y procurarse el alimento en una lucha descarnada. BastarĂa con entenderlo y aceptarlo, no hay necesidad de hacer un referĂ©ndum sobre la justicia o injusticia de ser perro o tigre. Sobra con aceptar la elecciĂłn libre de cada cual. El problema empieza cuando algunas personas con instintos de tirano, eficientes y perseverantes en su trabajo, henchidos por su ideologĂa o por sus intereses, o ambas cosas, se creen con autoridad para decidir cĂłmo tienen que vivir los demás. Y el problema se torna tragedia cuando los perros les obedecen fieles, y ladran y muerden a todo el que se oponga a su dueño.
Existen muchas razones por las cuales no debe ser obligatoria una vacuna, pero no hace falta entrar en detalles y ensuciarlo todo, basta con quedarnos en el zaguán de la más elemental: una persona en pleno uso de sus facultades deberĂa poder elegir si se somete a un tratamiento farmacolĂłgico o no, máxime cuando los efectos beneficiosos no son seguros al cien por cien, ni pueden descartarse completamente los adversos, y más aĂşn cuando no hay una prescripciĂłn mĂ©dica que lo indique, y, sobre todo, cuando la persona está sana. Si superamos la barrera de considerar enfermos a los sanos, si omitimos la necesidad de una prescripciĂłn mĂ©dica individual, previa anamnesis del paciente, si no exigimos pruebas estadĂsticas contrastadas con el paso del tiempo y de los casos, tan necesarias en los fármacos, que no entienden de matemáticas infalibles, sino que obedecen a una suma infinita de excepciones particulares, si no aceptamos que una persona es libre de la piel para adentro… todo lo demás no importa. De nada servirá luchar en ningĂşn ámbito por la libertad y los derechos de los ciudadanos, porque la piel es el Ăşnico sostĂ©n que tenemos para no derramarnos por el suelo, y, perforada la epidermis, cualquier agente externo puede entrar y matarnos desde dentro.
La cuestiĂłn no es susceptible de referĂ©ndum, nadie está legitimado para votar sobre quĂ© debe entrar en el cuerpo de otra persona. Tener que recordarlo resulta aberrante. Tampoco es caso que se pueda fiscalizar. Nadie tiene autoridad para exigir informaciĂłn sobre quĂ© ha entrado en tu cuerpo o quĂ© no. QuĂ© has comido, quĂ© drogas has tomado, quĂ© vacunas no, con quiĂ©n te has acostado, son asuntos reservados de la más Ăntima privacidad. La excusa de que puedes ser contagioso es insuficiente: todos podemos ser contagiosos de millones de patologĂas y estamos expuestos a un sinfĂn de agentes mortĂferos, asĂ es la naturaleza y hemos de convivir con ello. SegĂşn los Ăşltimos doscientosmil años, no se nos ha dado tan mal.
Imagina un mundo donde se eligiera por votaciĂłn quĂ© fármacos debes tomar y donde tuvieras que demostrar que los has tomado, so pena de aislamiento forzoso, en aras de la protecciĂłn de la salud. Imagina a los fieles medicados reunidos en un restaurante, compartiendo su libertad, pero infectados y contagiándose unos a otros. E imagĂnate tĂş solo, sin amor, encerrado y sano. Ahora abre los ojos, y dime que ese mundo no puede ser real.
El problema, decĂa, empieza con el tirano, y se agudiza con los perros fieles ladrando. Pero el tirano olvida que al perro le riñes, le pegas y aun asĂ te respeta y te adora como a un Dios, tal vez incluso más. Pero el tigre… el tigre no. Y somos muchos tigres.
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La interpretaciĂłn de la democracia como dictadura de la mayorĂa es uno de los grandes problemas del presente. Se supone que la democracia buscaba controlar el poder, no multiplicarlo en el nombre de los muchos. Un gusto leerte siempre, saludos!
Estoy de acuerdo contigo, teniendo en cuenta que la democracia, en origen, era una simple degeneraciĂłn de la repĂşblica, etimolĂłgica y conceptualmente. Me remito a AristĂłteles. Gracias siempre.
Pues Javier, un aplauso. Suscribo el 98% de lo que has expresado tan intensamente en este fantástico artĂculo. Te espero por #Freenoticias donde llevamos pasando consulta, mi gato y yo, ya casi dos años.
Agradecido quedo. Nos vemos por allĂ.