A hostias en las escuelas de Florida por los niños LGTB

«-¿Qué son, pues, vuestras preñeces

y siniestras reticencias?

-Temblad si son sentencias:

reídlas si son sandeces.«

Zorrilla – Traidor, inconfeso y mártir, 1849.

Los republicanos de Florida proponen un proyecto de ley que ataca al colectivo LGTBIQ+, concretamente a los niños. Los demócratas, y Biden personalmente, se oponen, porque prometieron proteger a esos niños. Con una lectura superficial de la prensa uno podría posicionarse rápido: es mejor proteger a los niños que atacarlos. ¿Son siniestras leyes de odio? ¿Hemos de preocuparnos o, por el contrario, reírnos como decía el personaje de Zorrilla? Una vez más, el uso malintencionado del lenguaje nos invita a tener una idea sesgada sobre el tema. Analicemos qué hay detrás de esas noticias para comprobar que no se trata de los niños ni del LGTB, sino de una tragedia que camina hacia nosotros sin que nos demos cuenta.

Por un lado, Biden dejó un mensaje en Twitter muy inteligente, nos sirve para arrancar: «Quiero que todos los miembros de la comunidad LGTBIQ+, especialmente los niños que se verán afectados por este proyecto de ley de odio, sepan que son amados y aceptados tal como son.» Reconozco que el mensaje que llega es brillante: los demócratas, yo, y por tanto todos los americanos, queremos y aceptamos a las personas tal y como son, especialmente a los niños LGTB, por lo que nos oponemos a cualquier propuesta de ley que incite al odio contra ellos, como la de los republicanos. Habría que ser muy mala persona para no estar de acuerdo con Biden. Es de lo que trata el juego lingüístico de la política, de lanzar una idea que alcance los sentimientos de los votantes y se posicionen de tu lado. Añaden los demócratas que continuarán «luchando por la protección y seguridad» de esos niños, y que los republicanos proponen «una legislación diseñada para apuntar y atacar a los niños» LGTB. O, mi preferida, que «a lo largo del país estamos viendo a los republicanos regular lo que los estudiantes pueden leer, lo que pueden aprender y, más preocupante todavía, lo que pueden ser.» Es difícil no estar de acuerdo: proteger a los niños, evitar leyes que los ataquen, dejarles libertad para que lean y aprendan y para que se desarrollen como deseen. Un mensaje impecable.

No obstante, los del otro lado tienen un mensaje que no es contradictorio con este, sino simplemente distinto. Probablemente también estén de acuerdo con esas ideas, pero sus intenciones son otras. El gobernador de Florida, republicano, Ron DeSantis, piensa que es inapropiado que los maestros de escuela tengan conversaciones de orientación sexual con los alumnos, cree que «las escuelas deben enseñar a los niños a leer y escribir» y que esos temas no son apropiados para los alumnos de primaria, por su juventud. Veremos qué llega definitivamente al Senado, pero la idea es que no se permita que los maestros orienten sobre asuntos sexuales en primaria y que los padres puedan pedir indemnizaciones si sucede contra su voluntad.

Como vemos, ambas tesis apuntan hacia la misma fragilidad: proteger a los niños. Los demócratas, en abstracto, quieren proteger la libertad de los niños para aprender y desarrollarse, y los republicanos, en concreto, los quieren proteger del adoctrinamiento de los maestros. Podemos estar de acuerdo con lo primero, los niños deben ser libres de leer y de aprender, deben desarrollarse de acuerdo a su idiosincrasia, y su pertenencia al colectivo LBTG no ha de ser un obstáculo para que se integren en la sociedad igual que los demás. Prohibirles este aprendizaje es atroz. Pero también podemos estar de acuerdo, al mismo tiempo, con lo segundo, los niños no deben ser adoctrinados en el colegio en ninguna ideología, sobre todo en primaria, y su orientación sexual, si ya la tienen, o su condición de sexo no son asuntos que deban interesar a los maestros, ni a sus compañeros, sino que deben ser tratados con respeto e igualdad, como niños sin más, que van a la escuela a aprender a leer y a escribir, que no es poca cosa en los tiempos que corren.

Así andan en florida a hostias en las escuelas, los «progresistas» defensores de las charlas de orientación sexual y los «retrógrados» defensores de la escuela sin ideología. Si miramos con más detalle, el conflicto viene contaminado lingüísticamente en varios aspectos. Para empezar, el colectivo LGTB, o mejor, LGTBIQ+, no es tal cosa, no es ningún colectivo. Ahí se quiere mezclar un hombre que le gusta acostarse con otro hombre, con una mujer que tiene pene desde que nació, pero también vagina y tetas, con un hombre que le gusta vestirse de mujer y acostarse con mujeres, con una mujer que le gusta meterse en la cama con personas de distinto sexo, con individuos que eso del sexo les parece demasiado encorsetado y pasan de clasificaciones y estereotipos, los cuales son mis preferidos. Es obvio que se mezclan cosas dispares, trastornos mentales, apetitos sexuales, condiciones biológicas… No es sensato juntarlo todo y llamarlo colectivo, porque la personalidad y las circunstancias de cada persona son irrepetibles. Nada tiene que ver un niño varón que siente atracción sexual por los varones con una niña con pene y vagina, son asuntos de una idiosincrasia incomparable. En el colegio, y en el resto de ámbitos, bastaría con dejar esos asuntos para la intimidad de cada uno y no ver más que una persona con ganas de aprender.

Por otra parte, se insiste en la necesidad de proteger a los niños de esto y aquello. No debería ser necesario tampoco. Nos puede el sentimentalismo de cuidar y preservar la ternura de los niños, pero en el colegio basta con darles los instrumentos para aprender y no señalarlos por ninguna condición, tampoco la sexual. No hay nada de peligroso en enseñarles el abecedario, una lengua extranjera, las ecuaciones lineales, el interés compuesto, las técnicas de acuarela, los ríos y montañas de Florida o a tocar la flauta. Si los maestros se ciñen a eso no hay nada que temer, nada de lo que protegerlos, y basta con dejar fuera del aula las intimidades de cada uno. Por muy atípica que sea la condición sexual de un niño, si se desenvuelve en un entorno en el que nadie valore ese aspecto, sino su inteligencia, su amabilidad, su carisma o su memoria, se desarrollará sin miedos ni prejuicios sobre ello. En la vida real, no en esos escenarios fantásticos que imaginan los políticos, a mí me importa un cuerno si al panadero le gusta acostarse con este o aquella, o si la peluquera tiene pene o no, o si a un amigo le gusta ponerse lencería femenina para jugar en la cama o si a mi editora le sobran los estereotipos sexuales y se siente un ser fluido y maravilloso. Y al resto de la gente también, con algunas excepciones propias de los prejuicios de cada cual, imposibles de erradicar con leyes estúpidas.

Lo que sucede por debajo es que los demócratas, y en general los socialdemócratas de todas partes, se afanan en construir colectivos que no existen a los que hay que proteger, y con discursos de una belleza literaria envidiable nos conmueven el corazón para estar «a favor de los niños LGTB,» y también «contra las leyes de odio,» y rechazar así al rival político porque es retrógrado, reaccionario, fascista, ultraderechista y turbocapitalista, que busca el mal para todo el mundo y están anclados en el pleistoceno. Con este discurso promueven todo tipo de iniciativas, en concreto educativas, que son las que nos interesan en este caso, para infiltrar su ideología en la sociedad. Los republicanos, y en general todos los que no son socialdemócratas en cualquier rincón del mundo, recelan de esa estrategia de adoctrinamiento y, preocupados por la educación de los niños y del futuro de la sociedad, ponen trabas legislativas cuando pueden para evitarlo.

Pero el problema filosófico permanece en todo caso: ¿libertad para aprender, libertad de cátedra, o prohibiciones de según qué contenidos en la escuela? Y no tiene solución. Esa es la tragedia que camina hacia nosotros sin darnos cuenta. La educación estatal es el principal vehículo de propaganda a largo plazo. Los estados, a través de sus gobiernos, se han arrogado esa potestad y controlan los planes educativos, incluso en los colegios privados, sabedores de que es la principal arma ideológica y su sustento. La educación es obligatoria, los planes están diseñados por los gobiernos y es el estado el que emite los certificados. No puedes escapar. Ya sean unos u otros, no quieren prescindir de ese poder, y así adoctrinan en la religión, en el nacionalismo o en las políticas identitarias, cada uno según sea católico, fascista, comunista o la imbecilidad que más le guste. Ahí está el problema, que los colegios se han convertido en un lugar de adoctrinamiento que de nada sirve para aprender y desarrollarse libremente en la vida. Y no puedes salir de ahí, porque la enseñanza está regulada, no puedes ser médico o abogado sin transitar por todo ese camino de zarzas y espinas, no puedes ser electricista sin tu título de formación profesional, ni tener el certificado de secundaria que dice que sabes leer.

Y como sentimos y vemos cada día que la educación está podrida como institución, la tragedia nos deslumbra cuando comprobamos que hemos perdido la confianza en que los maestros sean honestos con los niños. Tememos que utilicen las aulas para extender su propaganda, inexorablemente. Bastaría con que el estado quitase sus sucias manos de la educación, que cada maestro o colegio hiciera lo que quisiera en conciencia, ya fuera ser aséptico y honesto o adoctrinador en el comunismo o en el fascismo, aunque nos pareciera repugnante, porque cada uno podría elegir a dónde llevar a sus hijos, lo cual elimina de raíz cualquier estupidez, porque siempre buscamos lo mejor para los niños. Elegiríamos el lugar en el que no se adoctrina, porque queremos hijos libres y sanos de prejuicios. Así, los maestros podrían centrar todos sus esfuerzos en darles los instrumentos para aprender a leer y a escribir, que no es nada fácil. Es decir, para pensar.

Quizá ese sea el problema último, que piensen.

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