El origen de la discordia

“El arte oratoria no necesita en absoluto tener un conocimiento profundo de las cosas; le basta con haber encontrado un medio de persuasión que le permita aparecer ante los ignorantes como más sabio que los realmente sabios.”

Gorgias, 483-375 a. C.

El debate de la SER de la semana pasada, en relación a las elecciones de Madrid, se violentó mucho entre Pablo Iglesias y Rocío Monasterio. También, aunque sonroje reconocerlo, colaboró a ello la moderadora Àngels Barceló. Caben muchos análisis al respecto, de no poca enjundia, pues se pusieron en juego valores tan exquisitos como la sinceridad, la condena de la violencia, la imparcialidad periodística o la ética en general. Sin embargo, no he visto ningún análisis que enjuicie el origen lógico del conflicto, la falacia de partida que desató la gresca.

Cabe recordar que una falacia es un enunciado falso, con apariencia de verdad, en el cual el razonamiento que lleva de las premisas a las conclusiones no es lógico. No es lo mismo que mentir, puesto que las premisas y las conclusiones pueden ser ciertas: simplemente se utiliza un razonamiento no lógico para persuadir a la audiencia. Tampoco será en vano recordar que el fin del discurso, sobre todo del político, es sugestionar al oyente para que confíe en que uno tiene razón, se haga o no con nobleza.

Al parecer, Iglesias y otros altos cargos recibieron unas amenazas de muerte por correo, con balas incluidas, y Barceló cambió el orden del debate para darle protagonismo a los hechos, cediendo el primer turno de palabra al aludido, que lo había ganado por sorteo previamente, según la moderadora. Monasterio puso en duda la veracidad de los hechos, aludiendo a un posible ataque de falsa bandera, poniendo de relieve la experiencia de Correos en detección de paquetes bomba y misivas peligrosas, entre otros aspectos que llevan a sospechar que hay indicios de teatro. No es nuestro objetivo analizar eso hoy, sino las falacias que vinieron a continuación para llevar el debate a un terreno interesado. Así empezó Iglesias:

“No es aceptable que cuando […] hemos sido amenazados de muerte con cuatro balas, la candidata de la ultraderecha ponga en duda la veracidad de esas amenazas. Si no se retracta, y vosotros permitís que siga en este debate sin retractarse, nosotros lo vamos a abandonar.”

El primer enunciado está envuelto en la sutileza de tres falacias. La más evidente es el argumento ad personam, con el cual se desacredita la opinión de Monasterio por tener una dudosa reputación, ser de ultraderecha. En buena lógica, la veracidad de unos hechos debe corroborarse por ellos mismos, con independencia de que la persona que los cuestione sea más o menos respetable. Lo que Pablo quería sugerir es que no es aceptable que una persona de moral despreciable ponga en duda algo que él dice. Sin embargo, nada importa que Monasterio sea el demonio para que los hechos sean dudosos. La segunda falacia es menos evidente, porque el enunciado lleva oculta una petición de principio muy sutil, esto es, la conclusión lleva implícita la aceptación de una de las premisas que, sin embargo, no ha sido probada. Me explico: “no es aceptable que alguien despreciable lo ponga en duda, y es despreciable porque es de ultraderecha.” El razonamiento da por hecho que eso es verdad, cuando en rigor Monasterio no es de ultraderecha, de acuerdo con la definición, y cuando ser de ultraderecha solamente es despreciable desde ciertas perspectivas ideológicas. Sin entrar a valorar la ética de tales o cuales ideologías políticas, es obvio que Iglesias pretende validar la petición de principio en su enunciado, Monasterio es despreciable, sin que pueda deducirse esto lógicamente de sus palabras. La tercera falacia es la del hombre de paja, tan bien escondida y revuelta con las otras dos que cuesta detectarla. Se trata de centrar la argumentación en un punto desviado del tema central, construyendo un hombre de paja, una tesis que es más vulnerable y fácil de atacar, sobre la que existe un consenso más o menos extendido entre la audiencia. No hay que olvidar que la audiencia de la SER está inclinada hacia la ideología de Iglesias, con lo que términos como “ultraderecha” resuenan como tambores de guerra. El hombre de paja en este caso es que la candidata es de ultraderecha, algo obviamente ignominioso. La fuerza del enunciado, a nadie se le escapa, está en cómo suenan las palabras que llevan el acento de la oración: no es aceptable, candidata de la ultraderecha, amenazas. Con ese argumento, la cuestión para los oyentes radica en si es aceptable que la ultraderecha no condene las amenazas, cuando en realidad el tema central versaba sobre si las amenazas eran dudosas o no.

El segundo enunciado reconozco que es brillante desde el punto de vista retórico: “si no se retracta, abandono.” Aquí la sutileza de la petición de principio es aplastante. Con suma sencillez, Iglesias propone un argumento que implica que Monasterio es despreciable y que las amenazas son ciertas. De un plumazo y sin admitir debate al respecto, la cuestión central de si las amenazas son veraces o son un montaje queda orillada por el gran hombre de paja que representa la caricatura de Monasterio, una mujer de ultraderecha cuya moral es despreciable a todas luces. Si la candidata se retracta, asume que las amenazas son ciertas y que es una ultraderechista nauseabunda, pero arrepentida. Si no se retracta, asume lo mismo, y además deja ver que está a favor de que se amenace de muerte a sus rivales políticos. No tenía escapatoria.

Lo más triste es que ni Rocío Monasterio ni ninguno de los presentes, incluida la moderadora, advirtieran las falacias de las que se servía Iglesias para poner dinamita al debate y llevárselo al barro, allí donde las propuestas políticas y el arte de la convivencia ya no tienen protagonismo y todo queda en si uno es un fascista de ultraderecha o está a favor de la democracia y la libertad, es decir, si me votas a mí o permites que una señora despreciable llegue al parlamento. La cuestión era bien sencilla de resolver: los autores de las amenazas deben estar en la cárcel, tanto si son veraces como si no, en un caso los malvados agresores y en otro los taimados falsarios, los jueces sabrán determinarlo, no era asunto del debate electoral. Sin embargo, la moderadora puso carne a los pies de los caballos y al demagogo en lo alto de la palestra para arengar a sus oyentes, un público que necesitaba un puñetazo en las tripas para moverse del sofá y elegir al candidato adecuado.

Habrá quienes pongan en duda ahora la validez de un voto por correo. Y, teniendo en cuenta quién gobierna Correos, dirán que son los fanáticos despreciables de la ultraderecha. Pero ahí estará la duda sin resolver.

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1 comentario en “El origen de la discordia

  1. Buen análisis, aquí también prosperan las falacias en los debates políticos. Saludos!

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